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Maná Plaza de Toros de Las Ventas. 30 de junio Evidentemente éste no era mi día de suerte. Primero porque, por lo que sea, ya se me están hinchando las narices con el recinto taurino de Las Ventas. Puede que para los amantes de matar animales sea un sitio acogedor y simpático, pero para disfrutar un concierto es como una verdadera cárcel. Si algún día hicieran que el histórico edificio cumpliera las mínimas normas de seguridad que se exigen a cualquier sala de conciertos (o estadio, o bar, o lo que sea) es probable que se tuvieran que hacer obras de readaptación durante dos años seguidos. Asientos de veinticinco centímetros, escaleras que parecen de juguete, vomitorios rebosando de gente que no puede ver el espectáculo, precios desaforados en bebidas alcohólicas, un espacio para los pies pensado para enanos... y a eso se añade la tan bien recibida moda en los últimos dos años de crear la "entrada preferente", una manera de cobrar más caras ciertas localidades que, en teoría, tienen mejor visión. Al principio era unas cuantas localidades, pero ahora es casi la mitad del aforo de asiento. Aparte de esto, no era mi día de suerte porque el concierto me pareció, además, de lo más vulgar. Menos mal que el público, que colmó el recinto, no lo recibió así y se lo pasó pipa, porque si no estaríamos hablando de uno de los pufos de la temporada. Maná me dio la sensación que te dan los concursos de televisión, un lujo de efectos tópicos, unas manifestaciones propias de campaña electoral y un populismo tan simplista que ponía a prueba el nivel de encefalograma de la audiencia. El repertorio no ha cambiado demasiado de lo que ofrecieron en su anterior visita en el Palacio de los Deportes y eso colaboró también a que todo me supiera un poco ajado y ya explotado. Los mexicanos prescinden ya de toda capacidad interpretativa y se limitan a soltar sus canciones sabiendo que tienen ante sí a un público de karaoke. Da lo mismo que las letras de sus piezas sean historias tristes para sacar lágrimas; ellos sueltan allá donde les caiga eso de "¡Que bien Madrid!", animan al público a dar palmas y se olvidan de que, en medio del estribillo, habían dejando al personaje de la canción medio muerto de pena. No faltó tampoco la referencia (constante) al tequila, la demagogia de reivindicar a Chiapas (¿hacen lo mismo en México o allí dicen que la canción se la dedican a las madres de la plaza de Mayo?), el cagarse en Franco (muerto hace un montón de tiempo) o en Pinochet (¿también dicen eso en Chile o allí les va mejor lo de Chiapas?) y, por supuesto, dedicar una canción a las jóvenes de ojos negros o subir al escenario a la chica más maciza de la primera fila. Como eso, todo lo demás: la camiseta del Barça para provocar y la del Atlético y el Madrid para sacar el aplauso, el numerito de las banderas entrelazadas o los vídeos de la tele para recordar imágenes. Flojo, muy flojo me pareció todo aunque, ya digo que puede que no fuera mi mejor día. La gente, en otra postura, dio palmas hasta echar humo, coreó cada gracia del quinteto y demostró su algarabía tras la lluvia de confeti que cerró el show. Ellos se lo pasaron estupendamente y cantaron cada rima de las canciones de Maná, especialmente cuando cantante y guitarra se quedaron solos en el escenario y tiraron de ranchera tipo "El rey". En fin... Igual fue sólo impresión mía. E.P.
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