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La Riviera. 2 de abril. Es, ante todo, una cuestión de estilo y de saber hacer. Estilo porque si hay algo que impone de Maceo Parker cuando se presenta en directo es su elegancia: diez músicos perfectamente vestidos y con un look propio de quien va a realizar un espectáculo. Nada de pantalones rotos, pelos sucios o playeras de skate. Americanas, corbatas, una presencia impecable y una colocación escénica propia de una big band. Lo del saber hacer es por la mezcla entre el equilibrio y la profesionalidad. Maceo se marca siempre shows de más de tres horas y, si hubiera salido con la potencia con la que se expone en su último álbum ("Dial: Maceo"), aquello habría saltado por los aires en menos de la mitad de tiempo por el cansancio que habría tenido que soportar cualquier cuerpo humano de los que estaban en La Riviera. Para que todo siguiera su curso, el saxofonista hizo evidente sus tablas. Comenzó poquito a poquito, desperezó a la gente, la puso a bailar y mantuvo continuamente la tensión suficiente como para que nadie perdiera ripia. Maceo y su grupo se tiraron todo el concierto en segunda marcha, teniendo a la gente cogida esperando más, que llegara la explosión, teniendo que frenar sus pies ante la dosificación que el grupo hacía del repertorio. Así se tiraron más de dos horas y, cuando salieron del escenario, el público les reclamó ruidosamente sabiendo que aún quedaba lo mejor. Nadie estaba agotado y era difícil que las cabezas se hubieran saturado de música. Maceo Parker no sacó su artillería de primeras y supo aliñarlo todo con tiempo para lo sutil, para lo meramente rítmico, para lo popular, para el jazz... Se apoyó continuamente en una banda de lo más solvente y en un bajista de cien kilos elegante y extraordinario. Y, cuando el público le pidió más, él se marcó una balada con su saxo en primer plano, olvidándose de la faringitis que le golpeaba ese día y dando pie a otro nuevo set que se prolongaría otra hora y media. Fue entonces cuando vino el funk de peso, cuando dejó a sus músicos jugar y explayarse haciendo que los temas durasen hasta la eternidad. Era en ese momento cuando se trataba de agotar al personal, de dejarle planchado para que sus cuerpos recordaran la experiencia como una de ésas que no son nada normales. Tiró de sus músicos, involucró al público en coreos y ballets de manos alzadas, arrancó un par de versiones estupendas y metió la directa. Ya no había motivo para contenerse y lo único que quedaba era preparar a la gente para que se fueran a la cama con el funk metido en la médula espinal. Lo consiguió y lo hizo sin aspavientos, sin saltos y sin luces cegadoras. Mantuvo la elegancia hasta el último minuto y, sobre todo, tuvo el control en todo su ser. Maceo Parker recuperó en Madrid esa figura tan "soulera" y funky que es el maestro de ceremonias. E.P.
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