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Joe Satriani

La Riviera. 3 de julio

Hay cosas que son muy fáciles de definir: el concierto de Satriani en Madrid fue, simple y llanamente, magnífico. Sin más. Puede uno liarse a hablar de su capacidad como instrumentista, se pueden dedicar loas a su nivel de composición, puede alabarse hasta la saciedad su magnífico criterio para elegir a sus acompañantes... da lo mismo: hasta que no lo ves no puedes hacerte una idea del talento que tiene este hombre para extraer música de una guitarra.

Otros compañeros de instrumento suelen recurrir al efecto, a la velocidad de digitación, al juego malabarístico de colocarse la guitarra en el sitio más insospechado para tocarla apoyando los pies sobre un vaso... Satriani raramente necesita tales subterfugios porque controla con facilidad lo más importante. Su universo musical no se limita a carreritas heavies, a escalas jazzísticas o a sonidos mixtos encuadrados en la fusión; abarca todo eso, más, y lo lleva a un punto álgido en el que la construcción es la base de todo. Este hombre calvo, con aspecto de mosca gracias a las gafas que luce ahora, crea primero y toca después. La mayoría de los guitarristas de la escena actual hacen justamente lo contrario: primero buscan los fuegos artificiales y luego trabajan en el modo de ponerlos dentro de un disco.

Y es que este hombre puede presumir de mejorar día a día, tanto en sus discos como en sus directos. En estos últimos muestra un criterio sutil y elegante a la hora de elegir el material mientras que en los primeros no ceja por dar un paso adelante en cada entrega. En Madrid presentó un extensísimo (tres horas) repertorio en el que repasó sus melodías más emblemáticas y en las que dejó hueco para la improvisación siempre y cuando el cuerpo se lo pidiese. Si bien sus dos primeros temas ("Time" y "Devil's slide") parecían indicar que el concierto iba a moverse en torno a sus dos últimos álbumes ("Crystal planet" y "Engines of creation", ambos del 98), lo cierto es que Joe no dejó la miel en los labios a su numeroso público. Retrocedió hasta el 87 para ofrecer "Satch boogie", "Ice 9" o "Circles" de su fantástico "Surfing with the alien", álbum del que también dejó dos notas brillantes con el tema que da título al disco (que cerró el show) y con ese alucinógeno "Always with me, always with you" que puso la carne de gallina. Del "Flying in a blue dream" escogió la pieza principal, "Mystical potato head groove thing", y el "Big bad moon", donde se aplicó como vocalista demostrando que eso no es precisamente lo suyo.

También dejó pinceladas de "The extremist" ("Summer song, Friends" y el tema de título), "Joe Satriani" ("Down, down, down") y, fundamentalmente, de su música más actual. Su nuevo disco se recreó en "Borg sex", "Until we say goodbye" y "Clouds race across the sky?", mientras que de "Crystal planet" interpretó "Ceremony", "Raspberry jam delta-V" y "Love thing".

Tan extenso repertorio sólo podía tener el defecto de su amplitud, pero eso no pareció molestar en absoluto a un público que iba animándose más y más según caían las piezas de recuerdo. Por otro lado, ni Satriani ni sus acompañantes (curioso y espectacular el solo de Stuart Hamm con el bajo) parecieron sufrir las inclemencias del paso del tiempo. Les bastó un descanso de veinte minutos en medio del show para volver a cargar pilas y continuar ensalzando la música.

Sencillamente, magnífico.

E.P.

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