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Plaza de Toros de las Ventas. 8 de septiembre Esta es de las ocasiones en las que me encanta escribir sobre un concierto. ¿Por qué? Fácil: fue maravilloso, extraordinario... Se dio esa química especial en la que todo (o casi todo) sale bien y donde disfrutas como un chaval en una pastelería. Resulta que Sabina ha llegado a un nivel en directo al que nunca pensé que pudiera acercarse. Y no sólo eso. Además, y por si fuera poco, todo lo que rodea a un concierto y se convierte en atrezzo indispensable para que salgas de las Ventas con la sonrisa cruzándote la cara ocurrió como si una conjunción astral así lo hubiera decidido. El bueno de Sabina se encuentra ahora mismo en uno de sus mejores momentos no sólo a nivel creativo, algo demostrado con un disco como "19 días y 500 noches", sino también a nivel interpretativo. Casi todos los conciertos que he visto de este hombre (y son unos cuantos) siempre me habían dejado el sinsabor del repertorio (que abundaba siempre en el disco a promocionar), la desilusión de un espectáculo casi cutre (aquello de la simplicidad y la sencillez) y la pena que da el ver que un artista no se entrega. En Las Ventas, sin embargo, todo eso pasó a la historia y asistí, como otras quince mil personas, a uno de esos espectáculos que no sólo colma tus expectativas, sino que se convierte en un firmísimo candidato como para que quede recordado a final de año como uno de los mejores del 2000. Ahora Sabina se rodea de una escenografía que hace del concierto un viaje por nuestras propias vidas. Pasa de la estación a la calle, de Madrid a Argentina, del pasado al futuro y de lo popular a lo personal, todo apoyado en un repertorio en el que no sobra una sola canción. Sí es cierto que cualquier fan echará en falta sus piezas más antiguas (aquel canalla "Qué demasiado" o el melancólico "Calle melancolía", el etílico "Whisky sin soda" o el libertino "Juana la Loca"...), pero no es menos verdad que en su actual set list Sabina repasa muchísimas piezas que han aguantado el tirón del tiempo y que las actualiza para lavarlas la cara con buen jabón y para adecuarlas a su actual tesitura de voz. Además, se reúne de un elenco de músicos que ya le conocen como si le hubieran parido, protagonistas de las mismas historias y compañeros en todo tipo de juegos. Es, en conjunto, una combinación fantástica que se completa con un público entregado a cada una de las canciones, con un sonido que sabe enriquecerlo todo y con un universo particular que genera complicidad desde el primer momento. Desde que todo empezara con "Yo me bajo en Atocha" (la pieza que Sabina ha elegido como sustituta de su abandonado "Pongamos que hablo de Madrid") y terminara con "Y nos dieron las diez" (con mariachi incluido), por el escenario fueron pasando otras treinta canciones, cada una de ellas con una novedad escénica y, sobre todo, con un remozamiento que afecta a los textos y a su presentación. No faltaron tampoco "piezas dentro de piezas", como capítulos dentro de una misma novela: temas con dinámica similar se enriquecen con el contacto de una compañera e historias contadas desde un punto de vista obtienen inmediatamente la respuesta del lado contrario. Canciones tan emblemáticas como "Princesa" han sido arregladas con un acierto asombroso mientras que otras que siempre contuvieron poco resultado a la hora de ofrecerlas en público ("Que se llama Soledad", "Pastillas para no soñar", "Conductores suicidas"...) han tomado un cuerpo considerable con el nuevo lavado de cara. No habituales en los repertorios sabinianos --dado que fueron escritas para otros artistas ("A la sombra de un león", "Corazón de neón")-- quedan ahora en manos de una banda que se ofrece en el espectáculo como parte igual de importante que el propio Sabina. Ellos (Pancho Varona, Tony Carmona, Antonio García de Diego y Olga Román esencialmente) se encargan también de "Esta boca es mía", "Cristina" o una parte importante de "Pastillas para no soñar". Las canciones de "19 días..." abundaron (hasta ocho hizo), si bien, curiosamente, sin empachar, dejando claro que tienen suficiente empaque como para entrar en el repertorio sin temor al paso de los días. Puede que el rapeado "Como te digo una co" o la humorística "Pero que hermosas eran" no se muestren a la altura del resto, pero, cuanto menos, son interpretadas como descanso a la intensidad y con un agradable sketch encima del escenario. Junto a ello, un desfile de ripios divertidos para presentar al grupo, la colaboración de la tanguera Adriana Varela (realmente desafortunada), introducciones de versos ajenos dentro de canciones propias, discursos sentidos sin sabor a mitin, olor a la añoranza republicana y un sentido del humor nada vulgar ("antes me hacía pajas y ahora me hago páginas web. Lo bueno es que te puedes hacer más, lo malo es que son virtuales"), todo especias de aliño que iban haciendo corto el período de tres horas que Sabina y sus compañeros necesitaron para tocar el cielo. Fue, simple y llanamente, estupendo y servirá como contenido para el próximo disco del de Ubeda, previsto para noviembre. El disco, en el que no sería deseable que se incluyera demasiado material del "19 días..", servirá como actualización de un enorme repertorio cuya única pega a la hora de ser recibido en directo es que no coincide (es natural) con lo que el público canta aprendido de los discos. El hecho genera, en algunas situaciones, curiosos contrapuntos dado que el sonido agrupa la versión antigua coreada por quince mil gargantas y el nuevo arreglo ofrecido desde el escenario. E.P.
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