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Julio del 2000

Numerosos festivales de Jazz cubren la geografía española en verano

Una oferta muy interesante

Si bien los festivales veraniegos de rock han obtenido este año un serio revés no puede decirse lo mismo de los que se centran en la música de jazz. Estos van consolidándose cada año en numerosas poblaciones, adaptan sus precios al bolsillo de la audiencia, se plantean con unas comodidades lógicas para poder disfrutar de la música y, en numerosas ocasiones, cuentan con el patrocinio público y obtienen fácilmente colaboradores privados.

No es mala idea la de que proliferen los festivales de jazz por toda nuestra geografía. El jazz es una música que ya está asumida como cultura por la mayoría de los políticos de este país y eso facilita la posibilidad de subvenciones para promotores privados o, en el mejor de los casos, que abundantes ayuntamientos aparten una parte de su presupuesto y su personal a fin de dar forma a un festival local.

Dichos festivales, sobre todo los organizados en terreno costero, sirven como atractivo turístico a quienes buscan en sus vacaciones algo más que playa y chiringuito y, al mismo tiempo, promocionan a artistas nacionales que, en festivales con mayor entidad y solvencia, apenas cuentan con presencia.

Otro punto a favor con el que cuentan estas organizaciones es la de crear un circuito español que favorece la contratación de músicos de alto nivel. En muchas ocasiones, tal y como pasa ahora mismo en el terreno del rock, figuras internacionales pasan de largo en sus giras europeas por la poca rentabilidad que supone a músicos y promotores la organización de un único concierto o de un par de ellos. Ahora, sin embargo, empieza a resultar posible que un artista de renombre se haga siete fechas en algo más de una semana gracias a este tipo de festivales, algo que abarata su caché y que permite al público disfrutar de su oferta sin tener que frustrarse o buscar sus actuaciones en el extranjero.

Algunos de los festivales de jazz que están proliferando siguen la tónica desarrollada por los muy consolidados festivales vascos, los cuales agrupan toda la programación en una semana más o menos. Otros prefieren diseminar la oferta buscando fechas más asequibles al público ocasional y, de ese modo, suelen programar los fines de semana de cada mes. Muchos, aun, apenas alargan su programación tres o cuatro días a lo sumo, aunque eso no supone más que un comienzo que permite ir acostumbrando a la gente a una oferta nueva y no lanzarse a la piscina desde el primer día con el enorme riesgo económico que eso supone.

Este año hemos decidido darnos una vuelta por algunos de estos festivales aprovechando las facilidades que los organizadores proporcionan para darlos a conocer dentro de todo el territorio nacional. De ese modo, nos acercamos un fin de semana a comprobar el crecimiento del "Festival de jazz de San Javier", el cual va ya por su tercera edición y ha completado este año un cartel impresionante, probablemente el mejor de todos los que se han ofrecido en esta temporada. También nos bajamos hasta Canarias para ver funcionar una organización que distribuye los conciertos por diferentes partes de su geografía en lugar de concentrarlos únicamente en una sola localidad. Y, por último, realizamos el seguimiento del "XIII Festival Jazz en la costa", celebrado en Almuñécar con la habitual fórmula de una semana completa.

El único problema que se puede poner a este tipo de festivales es que los promotores no mantengan un contacto entre sí. Si eso sucede pueden comenzar a sucederse coincidencias de fechas y artistas que no ayudarían en demasía a un éxito que anime al crecimiento de los mismos. Este año varios festivales con cercanía geográfica han ofrecido carteles demasiado similares, lo que ha hecho que el público se divida entre las ofertas en lugar de desplazarse a ver un mayor número de conciertos. Con todo, si esto se controla adecuadamente y se trabaja en estrecho contacto con los promotores que traen a los artistas de gira, es posible que dentro de pocos años España tenga una infraestructura de festivales que cubra las carencias que durante mucho tiempo ha tenido en nuestro país la música de jazz.

En Madrid también ha surgido una oferta de este tipo, aunque un poco más pequeñita y, de momento, con pocos visos de promoción. Se trata del "Festival de jazz de Galapagar", al que deseamos, como a todos, el mejor de los futuros.

 

San Javier

La mejor oferta del año

Herbie Hancock, Kevin Mahogany, Kurt Rosenwinkel, Brad Mehldau, George Benson y Dennis Rowland no son sino algunos de los artistas que han cubierto este año el cartel del "III Festival Internacional de Jazz de San Javier". Junto a ellos estaban programados también figuras nacionales de la talla de Eva Durán, Jorge Pardo, Chano Domínguez o Javier Vargas, con lo que el elenco participante se convertía, sin duda, en el mejor de la temporada.

El festival de San Javier está organizado por el propio ayuntamiento de la localidad murciana y se encuadra dentro de una serie de actividades que ponen a la música en una situación de relevancia. San Javier cuenta con un Festival de Teatro que ya ha pasado por numerosas ediciones y que se ha consolidado como uno de los principales del calendario nacional. Ese éxito parece haber animado al consistorio a probar la baza musical y, por lo que se ve, los resultados están llegando rápidamente. Junto al festival de jazz, el mismo ayuntamiento organiza otro de música pop, denominado "Pecata minuta", y un tercero de rock que atiende por "Menorrock" y que se celebra en agosto durante tres días seguidos.

El de jazz es de los festivales que se alarga durante todo el mes con programación durante los fines de semana y es usado como reclamo turístico para la abundante población que elige la Manga del Mar Menor como lugar de vacaciones. Fundamental para ello es contar con un recinto coqueto y con unos precios asequibles, cosas ambas en las que se trabaja concienzudamente. El recinto elegido es el Auditorio del Parque Almansa, un anfiteatro con un aforo que pasa ligeramente de las dos mil personas y con buena visión en la mayoría de sus plazas. La hora a la que se programan los conciertos trata de evitar el calor y, para que la oferta no sepa a poco, la mayoría de los días se programan dos conciertos consecutivos.

Este año los encargados de abrir el evento fueron The Blues Brothers Band, grupo que supone siempre una baza fija a nivel de diversión y calidad. En San Javier, Tommy "Pipes" McDonnell y los suyos pusieron el ambiente en la temperatura adecuada y consiguieron aglutinar a mil ochocientas personas, muchas de las cuales terminaron bailando encima del escenario al ritmo de las piezas más populares de la formación.

Un día después se abría el apartado propiamente jazzy con la presencia del enorme Elvin Jones, batería mítico dentro del género que ha consolidado en los últimos años una extraordinaria formación en la que aparecen Antoine Roney en el saxo, Eric Lewis con el piano, Steve Kirby al contrabajo acústico y Darren Barrett con la trompeta. Jones y los suyos dieron un repaso a clásicos de Monk, Ellington y otros dejando amplios espacios para la improvisación de los solventes músicos. Debido a ello, el repertorio no se fue más allá de las cinco piezas, aunque cada una de ellas se desgranó en todas sus facetas consiguiendo un ambiente de lo más agradable y una forma de leer el jazz en la que el efecto está totalmente ausente ante la enorme presencia de la capacidad.

El cartel del viernes 7 de julio se completaba con el siempre añorado Clarence "Gatemouth" Brown, una de esas leyendas del blues que difícilmente se ve por España y que este año se ha desmarcado por aquí en lo que se supone una de sus últimas giras. Clarence, si bien tiene una edad similar a la de Elvin Jones, cuenta con menos recursos en su cuerpo y se muestra físicamente endeble. Esto, de un modo u otro, se transmite en sus actuaciones ofreciendo un espectáculo un tanto estático que siempre da la impresión de poder llegar mucho más lejos. En San Javier, además, el grupo evidenció continuamente tener problemas de monitoraje aun cuando el sonido de cara al público fue realmente bueno. Eso pareció quitarles ganas, ya que la banda no dejó ni una propina y se mostró un tanto incómoda en escena. Por lo demás, Clarence dio lo que la mayoría del público quería: un repertorio con una buena colección de standards, una muestra de su peculiar estilo como guitarrista y un ejemplo de su técnica con el violín. Todo resultó un tanto tópico y sin riesgo, pero hay que tener en cuenta que los mejores años de Brown han pasado y que no estamos ya ante la fiera que este hombre fuera hace treinta años.

Si hay que buscar algún defecto al festival de San Javier éste puede ser únicamente el transporte. La localidad murciana no está muy dotada a nivel de establecimientos hoteleros y la mayoría del público ocasional procede de localidades cercanas que no cuentan, a las horas a las que acaban los conciertos, con transporte público. Eso hace que, en ocasiones, surja la incomodidad si no tienes coche propio dado que la zona cuenta con pocos taxis y con mucha gente. Es un dato a tener en cuenta si, como se espera, las próximas ediciones de este festival continúan creciendo en el plano de calidad y empiezan a llamarte la atención de cara a tus próximas vacaciones.

 

Canarias

Primero, promocionar la música

En Canarias la cosa se ve de manera diferente. Para organizar un festival de una música que se considera minoritaria lo primero que hay que hacer es fomentar su apreciación por parte del público; y eso, como mejor se consigue, es acercando los conciertos a la gente y dándoselos sin desembolso económico. "Canarias jazz & más" va ya por la novena edición y, desde su nacimiento en 1992, no ha hecho más que mejorar y crecer.

La dinámica que defienden los organizadores es la de ofrecer la mayoría de conciertos de forma gratuita adaptando espacios urbanos para la convocatoria. De ese modo, en la edición del 2000 los espectáculos han llegado al número de diecisiete y han incluido el doble de actuaciones distribuidas por doce localidades distintas en cinco islas. De los diecisiete montajes solamente seis han sido de pago y ello ha venido generado por el alto caché de los participantes en los mismos. En Canarias ha habido que pagar por Take 6, Caribbean Jazz Project o por Herbie Hancock, pero se ha visto gratis a gente como Russell Malone, Chuck Loeb, Bela Fleck y un buen número de músicos españoles entre quienes no han faltado artistas canarios.

El festival cuenta, además, con dos apartados de enorme interés. Uno es un pequeño ciclo cinematográfico que acerca el jazz y la pantalla grande y otro es el programa de seminarios que aprovecha la presencia de grandes instrumentistas para permitir a los estudiantes y músicos de las islas el conocimiento de nuevas técnicas y los secretos de los mejores artistas. Acceder a ellos solamente cuesta diez mil pesetas, aunque hay un cupo restringido de plazas que se intenta ampliar cada año.

Las fechas en que se celebra el evento, durante todo el mes de julio, permiten aprovechar las ofertas turísticas que desarrollan los diversos agentes de viajes que trabajan en las islas. Eso hace que, en determinadas ocasiones, te salga más barato contratar un viaje de ida y vuelta con una semana de estancia en hotel que comprar únicamente los pasajes de avión. Este hecho ha animado a los organizadores del festival a preparar su propia oferta de cara a presentarla el año que viene en la península, algo que será de agradecer y que dará a conocer la programación de "Canarias jazz & más" a un mayor público ávido de este tipo de eventos, máxime cuando lo que se ofrecerá promete ser grande, ya que supondrá la celebración del décimo aniversario del festival. Canarias, por su climatología y situación, es un lugar envidiable para el montaje de festivales y el de jazz es una oferta más entre las que también se puede citar el "Womad", la "Atlántica" o el "Son Latino", concentraciones espectaculares que aprovechan las enormes playas de las islas para convocar enormes multitudes que el año pasado llegaron a superar las doscientas mil personas.

Nuestra presencia en Gran Canaria coincidió con el paso de Russell Malone, Chuck Loeb y Take 6. El viernes 14 de julio nos acercamos a Arucas, una pequeña localidad en la que el escenario había sido colocado en plena Plaza de San Juan, delante de una monumental iglesia de arquitectura gótica. Frente a su fachada se abría un espacio razonable en el que se adaptó el escenario, dos chiringuitos montados por el patrocinador privado del festival y las necesarias mesas de sonido y luces.

El concierto lo abrió la banda del batería Larry Martin, otro de los artistas que ha formado parte del festival actuando en diferentes islas. Tras él se presentó al público Russell Malone, guitarrista más conocido en estos lares por sus trabajos junto a Harry Connick Jr. y Diana Krall pero que cuenta con una solvencia innegable en sus trabajos en solitario. Al aire libre, y con entrada gratuita, Malone y su trío acompañante, en el que brilló el pianista Robert Glasper, realizaron un concierto fantástico que, desgraciadamente, no contó con un sonido a su altura. Lo malo de organizar conciertos en recintos no adecuados para ello trae consigo que los sibaritas no disfruten como la harían en una sala cerrada, pero la gratuidad trae estas cosas y seguro que la mayoría del público dio por bien empleado un sonido no óptimo si eso suponía la desaparición de la taquilla.

El día siguiente el festival se trasladaba a San Batolomé de Tirajana, localidad que cuenta con un magnífico Auditorium en la Plaza de San Fernando. En esta ocasión el concierto era de pago y el cartel lo merecía con creces. Tocaban nada menos que Chuck Loeb y como cabeza de cartel estaba Take 6, probablemente la mejor formación del momento en lo referente a la música vocal. Sin embargo, y aunque el recinto estaba mucho mejor preparado a nivel acústico, eso no trajo consigo unos mejores resultados en este aspecto. Fueron los hados del destino, pero jugaron para hacer el bien.

Todo sucedió durante la actuación de Take 6. El sexteto, que se presenta en escena sin ningún tipo de acompañamiento instrumental (excepto un ocasional piano de cola), estaba ofreciendo un concierto excelente cuando, mira tú por donde, uno de los innumerables fusibles de la instalación eléctrica saltó y dejó el recinto sin más luz que la de la luna y sin sonido. Lo que en principio podía ser una situación desagradable se convirtió en la gran sorpresa de la noche, ya que Take 6 continuó cantando obligando a la gente a acercarse al escenario para escuchar sus voces. El resultado fue, si cabe, aun mejor, ya que la garganta de estos personajes es un instrumento de enorme calibre y solamente puede ganar en apreciación cuando se escucha de viva voz. "Lo podemos hacer en cualquier lugar y en cualquier momento", comentaban los componentes de la formación.

Cuando el público ya estaba encantado por completo volvió a aparecer la corriente eléctrica, pero nadie fue capaz de hacer que la gente se sentara. El combo continuó su actuación haciendo que sus cuerdas vocales recrearan el sonido de trompetas, baterías, cajas de ritmos o saxofones amén de los lógicos juegos de voces y coros que han caracterizado a esta formación desde que naciera en 1988. Resultaron sublimes y, a decir verdad, era lo que se esperaba de ellos después del listón que había colocado Chuck Loeb abriendo la noche.

El guitarrista llegaba a España recién publicado el último álbum de su formación Metro y pocos meses después de que saliera a la venta "Listen", su última entrega en solitario. En escena se mostró enérgico y sutil, activo e intimista, arrollador y tranquilo, todo en el momento más adecuado y con un manejo del tempo del concierto que hizo del mismo una gratísima experiencia. Tampoco faltaron en el concierto los toques de efecto, como el que propició el batería Wolfgang Haffner tocando con escobillas sobre su propia banqueta mientras Loeb ofrecía una pieza en acústico.

El guitarrista repetiría su concierto un día más tarde en Santa Brígida, en el Parque Municipal. Allí fue cabeza de cartel después de que la Classic & Jazz Band abriera el espectáculo con su versión de la "Suite para violonchelo y trío de jazz" de Claude Bolling y ofreciera posteriormente una adaptación para cuarteto del "Seven come eleven" de Benny Goodman. Los músicos de la Classic son miembros de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria y se presentan al público en formación de violonchelo, contrabajo, piano y batería.

En Santa Brígida el recinto se quedó pequeño, con el público atiborrando la plaza y con la gente satisfecha por lo ofrecido, una vez más, de manera gratuita.

Es interesante ver cómo, en el caso de Canarias, un promotor privado puede compatibilizar su rendimiento con el uso acertado del dinero público y con el apoyo de un patrocinador privado. Si las cosas se saben hacer bien es igual de fácil montar un festival de nivel excelente que ofrecer pachangas de dudoso pelaje.

 

Almuñécar

Mucho jazz y mucha gente

La decimotercera edición del "Jazz en la Costa" ha sido este año la de la consagración del festival mediterráneo. Con una programación de once conciertos, la ciudad granadina de Almuñécar se ha visto invadida de aficionados al jazz llegados de toda Andalucía. El mar, el parque tropical donde se realizan las actuaciones, su gratuidad y la amabilidad climática del entorno ha conseguido que ninguno de los conciertos ofrecidos bajase de las tres mil personas y que alguno llegara casi al doble. En total casi treinta mil personas han pasado a lo largo de estos días por un certamen modesto en presupuesto (catorce millones) pero de gran popularidad en la comunidad andaluza. Respecto a la audiencia, se da la paradoja de que los medios de comunicación ingleses y alemanes con ediciones en la Costa del Sol han acogido el festival como suyo, con un mimo y atención que no han tenido algunos medios de la misma Andalucía. Lógicamente, muy buena parte del público presente noche tras noche era de esas nacionalidades.

El primero de los conciertos visto fue el del portorriqueño David Sánchez. El joven saxofonista no tuvo que dar muchas explicaciones para que supiéramos la razón por la que Gillespie lo capturó para su última formación orquestal. Su sexteto huye de los caminos trazados hacia la evidencia del jazz latino, quizás por la acusación de comercial que recibió su último disco, y en esta formación con dos metales al frente no puso fácil la venta de su piel. Sánchez no es un solista pirotécnico; puede ser espectacular cuando quiere, pero prefiere la creatividad más escueta y un apasionamiento cálido a lo Dexter Gordon, libre como Coltrane y lleno como Sonny Rollins, poniendo de su parte la fantasía isleña, la trepidación rítmica y una enconada obsesión en los subrayados hasta hacerlos casi dolorosos. Su presencia estuvo precedida por el espectáculo de calle de El Combo del Casilla.

Tras el ardor juvenil hispano de Sánchez llegó la calma con los ciento y pico kilos de crooner llamado Kevin Mahogany, hermosa voz fuera de este mundo que contrastó con la inquietud de la violinista Regina Carter. Del swing atemperado hasta el gospel, en la línea casi extinta de los "entretenedores", pasamos a un planteamiento comercial del violín en el jazz: un poquito de todo con una ejecución impecable, dinámica y no poco pirotécnica. Sin duda alguna, esta chica aparecerá en breve anunciada en televisión.

El centro del Festival lo ocuparon Bill Brudford y Larry Coryell inventando una nueva zona de los espacios escénicos: el "árbol de butaca". Según "El Mundo", cinco mil personas se pusieron delante de ellos en un concierto anómalo debido a la baja por enfermedad del saxo solista, situación que obligó a Coryell a moverse hacia el centro del concierto desequilibrando la cosa. Para sorpresa de todos, el grupo se ajustó bastante a lo que podemos denominar jazz ortodoxamente "clásico". Así fue la primera mitad del concierto, si bien en la segunda hizo mayor acto de presencia la electricidad en un planteamiento sonoro que lo hubiese resuelto mejor Robert Fripp que un siempre sobrevalorado Coryell, quien, eso sí, volvió a tocar una vez más "Mañana de Carnaval" (y van...) quedándose con todo el mundo.

Caribbean Jazz Project, los nuevos CJP, son un ejemplo de cómo intelectualizar la música latina haciéndola casi un objeto de tesis universitaria, exquisita, refinada y absolutamente virtual. La formación actual, sin Paquito D'Rivera ni Andy Narell, ha perdido el encanto de la tímbrica exótica y la calentura del cubano. La marimba del Spyro Gyra Samuels, las flautas y la tímida guitarra terminan de dar carácter a este viaje organizado por las costas del Caribe, que si pasa de ser un vídeoclip a algo más carnal (bastante más) es gracias a la increíble precisión de los tres miembros de la sección de ritmo, auténticos héroes de la noche.

Graham Foster y la Blues Band de Granada se la vieron también con un Parque del Majuelo completamente abarrotado. El inglés hizo lo suyo: rock and blues de factura años setenta, perfecta ejecución, referencias que afloran en el subconsciente y tablas como nadie. Precisamente son esas tablas la que pondrán a punto definitivamente a la BB de Granada, macroorquesta de once miembros con la tremenda voz del francés Pecos Beck en contraste con la dulzura soul-jazzista de Celia Mur y vientos a todo trapo por detrás. Fue un estreno en toda regla, la de su disco "Cuatro" y , a pesar de la responsabilidad y el rigor del bautizo, salieron airosos y convencidos. Y el público también.

El último fin de semana de "Jazz en la Costa" trajo la de cal y la de arena (aunque depende del gusto). El quinteto de Chris Cheek (con Brad Mehldau y Kurt Rosenwinkel) había levantado mucha expectación, sobre todo por la presencia del pianista. Sin embargo, el grupo se mostró muy disciplinado y siempre en función del saxofonista Cheek, con pocos espacios para liderazgos compartidos. Oyendo "Vine", el disco que tocaron entero, uno encuentra, por extraño que parezca, más vida y menos racionalidad en el CD que en el concierto; allí se fueron distanciando en su introversión ejecutante hasta casi llegar al autismo, no se sabe si de un ensayo o de, simplemente, un bolo de provincias. Se oyeron maravillas, pero demasiado lejanas y un tanto perdonavidas. Pero el cierre del festival fue justo lo contrario: todo un ejemplo de eficacia, comunicación y escasa ambición. El saxofonista Monty Waters, superviviente de guerras en el jazz, el blues, el soul, el funk y en el rock and roll (de Miles Davis a James Brown pasando por Little Richard), es un venerable anciano con muchas ganas de gustar, cantar, tocar (y toca un rato y en cualquier registro) y que ha encontrado en el quinteto checo del violinista Lubo Samo un equipo de humildes y eficientes trabajadores del jazz, de hermoso convencimiento tradicionalista (como todos los músicos de la antigua Europa del Este) a los que un aplauso supone el mejor pago. El sexteto tuvo momentos muy hermosos, sencillos que no simples, en los que su gusto y vocación por el jazz americano de toda la vida entraba en colisión con su tradición de cuerda balcánica. ¡Ya quisiera Bregovic firmar una delicia zíngara como "Jazzmine!" Esnobismos aparte, Waters y compañía cerraron el Festival con una sonrisa en la boca y un "Blue moon" de los de beso de tornillo. Como decía Mezz Mezzrow en sus deliciosas memorias, "el jazz murió el día que los pianistas empezaron a hacer solos y las orquestas cambiaron los clubes para amar y bailar por los teatros para intelectuales blancos". Viendo a Alexander y sus juiciosos checos es una tentación no pensar que algo de razón sí que tenía el anciano camello, músico y cronista.

Juan Jesús García y Esteban Pérez

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