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El Sol. 20 de octubre Ohhh... Se anunciaba que Elliott Murphy, después de diez años sin hacerlo, iba a presentarse ante el público de Madrid acompañado de banda. En sus últimas visitas había dejado ese aspecto descuidado y, a la hora de tocar, lo hacía bien en solitario o bien con el acompañamiento de un único guitarrista. Volverle a escuchar con intensidad sonora y dando formas más completas a su material rockero era algo que apetecía una barbaridad a cualquiera de sus fans, si bien, por diversas razones, Murphy no les complació del todo. Su nuevo concepto de banda no contempla los sonidos del rock más adusto, sino que se acicala de acústico para reformar sus canciones hacia un sonido embellecido que dejó ligeramente decepcionados a quienes más disfrutan con la guitarra eléctrica. Murphy volvió con su sombrero, su acústica y sus armónicas y los primeros temas de su repertorio, expresados ante una sala a rebosar, hicieron pensar a más de uno que todo eso de la banda había sido una equivocación. Allí estaba, como casi siempre, él solo, sin ese premio a la constancia que sus fans más entregados se creen ya con derecho a recibir. No ocurrió nada. Fue sólo un amago y, en pocos minutos, el escenario fue acogiendo a músicos hasta que, a la media hora de comenzar el concierto, Murphy se mostraba flanqueado por todos los lados. Lo más llamativo era que allí, con todos los artistas subidos encima de la tarima, no había ningún instrumento eléctrico. El seguía con su acústica, el bajista exhibía un modelo acústico (al igual que el segundo guitarra), el teclista jugueteaba con un acordeón y el batería ni se había quitado la chaqueta. No iba a ir éste un concierto de fidelidad hacia lo mostrado en los discos. Tampoco íbamos a tener en esta ocasión el gusto de escuchar los temas de este artista en su versión más fiel. Murphy parece haber decidido que su sonido identificativo, al menos en directo, pasa más por lo intimista que por lo animal, más por lo lírico que por lo épico. De ese modo, sus antiguas composiciones se enriquecen con arreglos acústicos que dan una forma bellísima a las canciones pero que, con las mismas, alejan a este hombre de lo que fue su escuela secular: el rock. Ahora Elliott ha dejado apartado el género en versiones clásicas, en motivos de referencia, y ha volcado su obra sobre un cojín de tranquilidad que, de pura delicadeza, hace trasladarse a la audiencia. Sí hubo, de modo testimonial, un par de temas en los que el propio Murphy agarró la eléctrica, si bien la soltó pronto, como si le quemara. Todo sonó más entero, más denso y más vital, pero no parece que sea eso lo que el cantautor quiere para su actual repertorio. Enseguida se volvió a esconder en los sonidos puros, dejó flotar su fantástica voz sobre elementos de terciopelo y logró emocionar como siempre lo hace. Bien es cierto que más de una, y más de dos, personas del público le reclamaron ávidamente un mayor tono eléctrico, pero no es menos verdad que tanto quienes se quejaron como quienes no lo hicieron volvieron a quedar satisfechos con la banda afrancesada que el neoyorquino puso en escena. Quiérase o no, este hombre tiene el don de hacer canciones preciosas y preciosistas y éstas, se presenten como se presenten, siempre suponen un gozo para quien las escucha. E.P.
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