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La Riviera. 21 de septiembre Me acuerdo como si fuera ayer. Junto con un compañero de clase nos acercamos a la tienda de discos más cercana al barrio con un poco de dinero en el bolsillo. Habitualmente siempre que hacíamos eso yo me compraba un montón de cintas vírgenes de precio ridículo que posteriormente me encargaba de llenar con todos los vinilos que mis compañeros de clase me dejaban provenientes de los fondos de sus hermanos mayores. Ese día, sin embargo, no pude resistirme: en el cajón de ofertas aparecía el dichoso álbum de Camel que reproducía el envase de un paquete de tabaco. Todo aquel que lo había oído había señalado que era un álbum fantástico a un precio estupendo. Lo del precio era verdad (398 ptas. un álbum doble) y, según pude comprobar al llegar a casa, lo del contenido también. Aquella edición ofrecía en España el segundo y tercer álbum de una banda a la que nadie conocía excepto por aquel fabuloso disco (ni una foto ni un crédito en la carpeta). Con el tiempo, el grupo llegaría a ser, de lejos, la formación más respetada en estos lares dentro del terreno del rock sinfónico. Bastó con que llegaran a tocar una vez a España y vieran como les recibía la gente para que, desde entonces, no dejaran de pasar nunca por nuestro país dentro de sus giras europeas. Ni Genesis ni Yes ni El&P lo habían hecho con tanta generosidad así que Camel se quedó entre los españoles como un grupo casi nuestro. Ahora aquel tiempo está muy lejano y Camel es poquito más que nada. Igual que se desmadró su éxito en los setenta la década siguiente traería consigo el ostracismo vinculado al hecho de que su teclista Peter Bardens hubiera dejado el grupo. Un posterior despegue a finales de la década con "I can see your house from here" fue el canto del cisne para una banda que, como todas las encuadradas dentro del rock sinfónico, había visto como se la pasaba el yogur tras la aparición del punk. Ver actualmente a Camel sólo puede ser satisfactorio como ejercicio de nostalgia. Sus piezas carecen del empuje que el grupo les daba con su primera formación y su show apenas se limita a un set en el que hay algunas pintorescas lucecitas. Sin embargo eso no oculta el talento de ejecución de los músicos que acompañan a Andy Latimer, guitarrista y líder de Camel desde sus inicios. Si de algo presumían en la década de los setenta los sinfónicos, como los heavies, era de que sabían tocar muy bien. No fue un concierto pesado pero tampoco algo que reactivara el reconocimiento que a este grupo todos tenemos en alguna parte perdida de nuestro cerebro. Resultó un show agradable, con una duración excesiva dedicada a la parte acústica pero con un buen repaso a muchas de las melodías que alimentaron los años adolescentes de la ya madura audiencia. Actualmente Camel graba en el sello de su mismo nombre propiedad de Latimer y, como se podía esperar, no tiene distribución en España. Recuerdos, recuerdos... y nada más. E.P.
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