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Ariel Roth, Café Quijano y Danza Invisible Plaza de Toros de Móstoles En este concierto se daban dos circunstancias peculiares. Una es que, estando dentro del programa de fiestas de Móstoles, ejercía de "espectáculo popular" y otra es que, al contar con el patrocinio de Ducados, era también una evidente "feria publicitaria". Lo primero se apreciaba no sólo en el cartel (era el concierto con los artistas más populares de las fiestas), sino también en cómo se lo tomaba el público. Lo segundo era evidente por el esperpéntico show que se montaba enfrente del escenario entre actuación y actuación: un individuo que dijo ejercer en la cadena "40 principales" se subía a una tarima, comenzaba a decir tonterías y luego invitaba a un par de chicas macizas a tirar cosas al público (camisetas, pañuelos, mochilas...). Ante la pesadez del individuo, los puestos instalados en la arena de la Plaza de Toros, los muñecos bailarines o la enorme cantidad de "chicas ducados" que deambulaban por el local embutidas en trajes ajustadísimos eran hasta agradables a la vista. El concierto, con estas características, se realizó en el modelo "patrás, palante". La definición viene sacada del continuo movimiento de culo del personal y, por qué no decirlo, en el orden de las actuaciones. Ariel Roth fue, de largo, lo mejor de la noche, pero... como es el menos conocido de cara al público mayoritario, fue el encargado de abrir el show. Y, por qué negarlo, ¡estuvo magnífico! Utilizó su repertorio, hizo un par de guiños a su pasado con un tema de Tequila y otro de Los Rodríguez y estuvo de lo más sólido durante todo su set arropado por una banda excelente. Le costó comenzar a mover a la gente dado que sus canciones no cuadraban por derecho propio en el territorio latino y bailable que la mayoría del público iba buscando. Con todo, se ganó el sustento y quedó la mar de digno dentro de todo el tinglado. Su inclusión en un espectáculo que llevaba por título "Tocan latinos" tenía poca explicación a no ser que se apoyara en la nacionalidad de Ariel, pero, para quienes no estamos acostumbrados a escuchar solamente los hits radiofónicos, fue el verdadero as de la noche. Tras el intermedio del "cuarentino" y las macizas salieron a escena Café Quijano, banda que, si bien se defiende estupendamente en las emisoras, en directo resulta aburrida hasta el cansancio cuando se pone delante del público. El trío se presenta embutido en casacas blancas y con un grupo detrás en el que abundan latinoamericanos. A partir de ahí su oferta se limita a un compendio de ritmos que van del cha cha chá al bolero pasando por la rumbita, pero, conscientes de que no tienen suficiente material para tocar con agrado durante una hora, llenan el show de parrafadas sin tino ("Os vamos a contar una historia...") y se tiran la mitad de su actuación alargando su famosa "Lola" hasta la saciedad. Pueden ponerle ilusión, la particularidad del sonido del violín y un apoyo promocional que ha conseguido que alguna otra de sus canciones tenga cierta repercusión, si bien, se pongan como se pongan, parecen sacados de la antigua tele en blanco y negro y su música no tiene nada de llamativo ("Todas nuestras canciones hablan de lo mismo: de mujeres", comentó el vocalista). Por último, como es preceptivo, llegó el turno del grupo que, en teoría, más éxitos tiene por metro cuadrado de historia dentro de este curioso cartel. En este caso se contaba con Danza Invisible, banda que puede presumir de una larga carrera y de canciones populares para dar y tomar. Además, el grupo tiene el culo pelado de subirse a un escenario, por lo que, a la hora de poner sus temas delante de la gente, saben conjugar perfectamente su respuesta, la medición de los tiempos de actividad y el orden del repertorio. Su fusión pop-tropical, defendida en sus obras desde hace la tira de años, sigue teniendo fácil respuesta entre un público decidido a mover caderas y a cerrar una noche de fiesta, que eso era, al fin y al cabo, lo que se buscaba. Según fue avanzando la noche, las chicas (la mayoría vestidas para la ocasión, con camisetas de finísimos tirantes y espalda al aire) iban soltando melena, los chicos agarraban carne allá donde se ofrecía y ambos hacían el coro o "lalaleaban" cuando los músicos lo pedían. Todo muy rústico y muy en plan feria, divertido y sin compromisos... lo que debe ser la fiesta para todo el mundo. Lo mejor que tienen estos conciertos es que matrimonios maduritos también se animan a verlos y comprueban que en este tipo de eventos no sólo no hay nada que temer, sino que, además, te lo puedes pasar bien y dejar correr tus hormonas. De ese modo es más fácil que luego dejen a sus hijos ir a ver a Hechos contra el Decoro, Deftones o Dover, que también estaban en el cartel de las fiestas mostoleñas. E.P.
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