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La Riviera. 9 de marzo Cuando nos acercábamos a La Riviera mi chica comentaba que esta vez no se veían al lado de la sala los habituales trailers en los que se carga el equipo necesario para la escenografía y el sonido de la actuación de la noche. Era verdad. El despliegue que se suele realizar en La Riviera cada vez que hay concierto no aparecía el día 9 por ningún lado. Y eso tenía una explicación. Alan Parsons se caracteriza en su obra por dos cosas. La primera es que tiene un repertorio repleto de éxitos acumulados durante una carrera larguísima. La segunda, una preocupación por el sonido propia de quien se define como productor mucho antes que como compositor o artista. Cualquier tema firmado, bien por el Project bien por Parsons en solitario, es totalmente reconocible precisamente por el cuidado de su sonido y por la personalidad impresa en él por este mastodonte de un tamaño enorme. El caso es que, en su último paso por Madrid, el gigantón se olvidó de esto último. Presentó un espectáculo de baratillo en el que el sonido fue, realmente, de juguete. No deplorable, sino falto de potencia, volumen e intensidad. Los músicos que estaban en el escenario parecían más un grupo de versiones de Parsons que la banda del propio Parsons. Al menos sí se trajo slus hits, aunque algunos, otrora capaces de poner en vilo la sala, sonaron como recién salido de un jukebox modelo años cincuenta. "La Sagrada Familia", o "Eye in the sky", por ejemplo, quedaron en una situación penosa en la que sus efectos magnificientes desaparecieron de las canciones dejándolas desnudas, flojas... como si se estuvieran interpretando en un plan "unplugged". Tampoco apareció por ningún lado esa escenografía de Roger Dean que Parsons anunció cuando hizo pública su gira. Todo lo que se podía encontrar como recurso escénico fue un teloncillo con una figura geométrica. El resto, las luces, parecían casi un muestrario de bombillas. ¿Qué quedaba entonces? La ilusión de escuchar piezas de calidad, ese repertorio que ha hecho a Parsons famosísimo y seguido durante décadas. Aparecieron, a lo largo del concierto, "Lucifer", "Can't take it with you", "What goes up" y un "I wouldn't wanna be like you" que fue de lo más acertado de la noche. El resto, a nivel interpretativo, sólo tuvo la eficacia de un guitarrista que, de vez en cuando, cogía un saxo y se dirigía a la gente en castellano. El sacó los aplausos más densos de la noche mientras que el vocalista, como mucho, era capaz de obtener mecheros encendidos y bengalas. Parsons, que se limitó a tocar la guitarra acústica y algún teclado en el fondo del escenario, no convenció esta vez. No hizo honor a su nombre y eso, a estas alturas, es algo que pasa factura. E.P.
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