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The Yardbirds Arena. 17 de abril de 1999 Hay cosas inevitables. The Yardbirds, aquella escuela de músicos que, allá por el 63, tomó entre sus objetivos unir el blues americano con el rock británico, ya no es una máquina a presión con instrumentistas que asombraban al mundo por su calidad dejándole boquiabierto con su sola presencia y su estética. Hoy son un nombre mantenido por dos de los miembros que, en aquella época, montaron el tinglado aderezados con músicos solventes que, curtidos ya en muchas aventuras, siguen en la carretera por su amor a la música y por una profesionalidad innegable. Quien se acercó a verlos a Arena era muy consciente de ello y, como era de prever, tenía en su haber unos cuantos añitos y coincidía casi en edad con los músicos fundadores instalados en el escenario. También había jóvenes, venados del blues que tienen a los Yardbirds como un icono irrepetible y que fueron los más activos a la hora de animar a la banda y crear el ambiente festivo que un concierto requiere. Eso sí: el hecho de que esta gente tenga un montón de años no indica ni que su repertorio haya quedado desfasado ni que su propuesta esté anquilosada. Lo que ofrecieron los Yardbirds en Madrid fue un concierto que muestra una vez más lo adelantado que estaba este grupo (como los Bluesbreakers o las diferentes formaciones de Graham Bond o de Alexis Corner) cuando se planteó su proyecto musical a principios de los sesenta. Hoy en día, con temas que superan la treintena de años en algunos casos, obtienen entre el público el mismo resultado que obtuvieron entonces y ello es debido, únicamente, a que realizan una música asequible (para los esquemas de hoy, los que antaño fueron "progresivos" e, incluso, "revolucionarios"), bellísima y expuesta con una solvencia que no requiere ni de aditamentos ni de zarandajas escénicas. Cada músico es consciente de su papel, la armónica llega allá donde más impacta, las guitarras coquetean con los solos de distorsión sin perder de vista su original contenido melódico y la base rítmica es un reloj de cuarzo que mantiene todo unido apoyado en un sonido perfecto. Delante de todo, voces personales que cuentan con la ventaja de tener un repertorio que, con seguridad, llega al público como ha llegado durante décadas. La cosa, por tanto, era esperar que el asunto se animara. Y se animó. Si bien el público se mostró frío en las primeras entregas, el combustible musical de los Yardbirds se los fue llevando al huerto y consiguió conquistarles en poco tiempo. El ambiente cogió calor y eso se notó en el escenario. Allá donde no estaban ya los míticos guitarristas que han pasado por esta formación (Jeff Beck y Eric Clapton entre otros) estaba la solvencia de músicos de carrera que ponían en el escenario toda su profesionalidad agrupada en dos horas de concierto. Allá donde no llegaba la sorpresa que The Yardbirds ofrecía en sus primeros años llegaba un feeling que traía en sus canciones toda una historia. Y así, apoyados en lo evidente, en la música y en una manera correctísima de ejecutarla, estos "dinosaurios" consiguieron ofrecer lo que yo ya ni esperaba: un conciertazo de blues rock que vuelve a poner de manifiesto que la edad no es tan importante, sino el hecho de creértelo, de vivirlo y de disfrutarlo. Eso sí se traslada al público, como aquí sucedió, y poco tiene que ver con lo que ofrecen las formaciones que, después de abandonar la escena, vuelven a ella como meros actores de escenario dispuestos a resucitar un nombre que, en su día, les dio prestigio y hoy, con suerte, sólo les puede proporcionar dinero. E.P.
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