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El Festival de Jazz de Vitoria sigue demostrando que es uno de los mejores de Europa. Julio de 1999 De Gasteiz al cielo con notas de jazz Ya está consolidado como el mejor festival de jazz de España, pero eso no evita los deseos de mejorar. Este año las mejoras han venido por varias partes, pero, sobre todo, por dos fundamentales. La primera es el nuevo acuerdo con Airtel, el cual garantiza al festival un patrocinio de larga duración; la segunda es la aparición de la emisora oficial del evento que, con una programación de diecisiete horas diarias, retransmite todos los conciertos de la programación. Todo parece colaborar en Vitoria para que, una semana al año, el jazz sea el objetivo de todos sus habitantes. Puede que sea porque resulta un reclamo turístico de cierto interés que asegure visitantes en esas fechas o puede que, simplemente, después de veintitrés ediciones, los gasteiztarras hayan asumido el festival como algo propio que caracteriza la ciudad. Sea como sea, el caso es que ya puedes entrar a un restaurante o disfrutar de los magníficos parques de la ciudad que es difícil, muy difícil, que no termines tropezándote con notas de jazz o con actividades que se mueven alrededor del estilo. Hasta siete locales pequeños llegué a contar que, envueltos en otra dinámica durante el resto del año, durante esa semana ceden sus miniescenarios para grupos de jazz locales, lo que, en una ciudad de doscientos mil habitantes, puede considerarse todo un record. Eso, junto a las diarias marchas de la Sound of New Orleans All Stars Brass Band, que adornan las calles y divierten a todos quienes la ven, colaboran para que, en uno u otro momento de la semana, cualquier habitante o visitante de Vitoria quiera formar parte del tinglado y disfrutar de una u otra manera con el eje principal de la ciudad. La creación de la radio oficial del festival, gestionada por Radio Gasteiz con una frecuencia propia en la banda de FM, no hace sino acrecentar el interés de la gente. Los responsables de la emisora han llegado a un acuerdo con los organizadores del evento para poder retransmitir en directo todas y cada una de las actividades del festival, si bien su trabajo no se queda sólo ahí. Tertulias que introducen a los menos aficionados a los personajes del género, participación de los oyentes con el reclamo del regalo de entradas, entrevistas a los músicos participantes todo aquello que permite a cualquiera seguir las andanzas de la semana sin tener que apurar el bolsillo más de lo necesario. Y ésa es otra. Para quienes vivimos en Madrid, poder ver a Bill Frisell cómodamente sentados en un teatro después de haber pagado ¡setecientas pesetas! es toda una revelación de cómo se pueden hacer las cosas. Los precios de los conciertos son lo suficientemente moderados como para que el aficionado pueda asumirlos y la política de abonos facilita que se pueda seguir la programación completa sin necesidad de romper la hucha con forma de cerdito. Para que te hagas una idea, todos los conciertos de Mendizorroza (ocho, con doce actuaciones este año), los de las estrellas de relumbrón, se pueden disfrutar por once mil pesetas, el mismo precio que cuesta asistir a Festimad durante dos días. El tema no queda ahí: el primer día del festival está dedicado a los críos, con el tradicional "Concierto para niños" en el que los peques pueden asistir gratis a ver cómo una figura como Wynton Marsalis les explica lo que es el jazz. Los mayores más noctámbulos, por su parte, se acercan por la noche a la jam del hotel Canciller Ayala (el punto neurálgico del festival) para ver cómo una banda de lujo (la de Jacky Terrasson este año) da soporte a una jam session espectacular en la que van participando todos aquellos músicos que, después de tocar en Mendizorroza, no pueden parar en seco. Lo mejor del tema es que estas jams, que se prolongan hasta las tres o las cuatro de la madrugada, se pueden disfrutar simplemente por el hecho de tomarte una copa en la cafetería del hotel. Lógicamente, estos aciertos organizativos tendrían menos valor si la programación no tuviera el suficiente gancho como para captar a la audiencia, pero eso es cosa ya asimilada por los organizadores. Ellos, después de veintitrés años liados con esto, han conseguido formar parte del circuito internacional de festivales de jazz asegurándose la presencia de figuras de primera línea año tras año, figuras que son combinadas con tacto y orden de manera que la mayor parte de tendencias tengan reflejo en la programación expuestas por sus mejores representantes. Así, los más exigentes pueden tener a nombres tan arriesgados como Bill Frisell, disfrutar del tradicionalismo del bop de la mano de una formación creada al uso con lo mejorcito de la escena más joven, bailar al ritmo del son latino más personal de la mano de Chucho Valdés, ver en persona a leyendas de la talla de Shirley Horn o recuperar el gospel más popular con los Blind Boys of Alabama. Pianistas con el carisma de Brad Mehldau o Chick Corea, guitarristas tan emblemáticos como Metheny, Frisell o John Scofield, saxofonistas geniales como Jesse Davis, trompetistas tan flipantes como Nicholas Payton todos los instrumentos, tendencias, formas y estilos se ven representados aquí sin que nada parezca estar descolocado o fuera de sitio. Y, para no fallar en nada, los periodistas cuentan con todas las facilidades posibles para contar, narrar, filmar o fotografiar todo lo importante de cara a que sus medios den al festival toda la trascendencia que tiene. Los periódicos locales ceden un par de páginas diarias al evento, publican entrevistas con los músicos de tanta extensión como la que dedican a las figuras deportivas o los políticos en boga, los conciertos que no son grabados por la segunda cadena de la televisión estatal son ofrecidos por cadenas locales todo gracias a unas posibilidades que, aunque suponen un poco más de engorro a los organizadores, repercuten en la manera en que los profesionales de esto pueden trabajar: cualquier cambio de formación es notificado con antelación suficiente como para publicarlo, el repertorio de todos los participantes se comunica a fin de que la prensa escrita pueda aportar más datos en sus crónicas, los fotógrafos pueden trabajar durante todo el tiempo en los conciertos de Mendizorroza ocupando las primeras filas de los asientos de manera que no molesten ni a público ni a músicos todo parece entendimiento y solvencia, cosas ideales cuando, a la postre, de lo que se trata es de que el asunto vaya creciendo año tras año. Vitoria comenzó este año su engalanamiento el 10 de julio con el ya citado "Concierto para niños", un evento tradicional que, como el concierto de gospel, sirven de aperitivo de fin de semana antes de que empiecen los platos fuertes del festival. Este año, por circunstancias de calendario, uno de los aperitivos podía hacer bien las veces de primer plato, ya que Wynton Marsalis tocó con la Lincoln Center Jazz Orchestra la noche del mismo día 10 habida cuenta de que compromisos adquiridos con organizadores japoneses en el momento en que se confirmó su presencia en Vitoria le hacían imposible tocar en las fechas habituales del festival. Lo curioso es que dichos compromisos se fueron finalmente al garete, si bien eso no influyó en la programación de Vitoria habida cuenta de que ya estaba cerrado el programa completo para el resto de los días. El sábado 10, por tanto, comenzó el primer gran concierto de Mendizorroza con toda la troupe orquestal que Marsalis mostró en Madrid el pasado año. En esta ocasión, el repertorio cambió dado que se aprovechó la circunstancia para celebrar el centenario del nacimiento de Duke Ellington, uno de esos músicos capitales que ya deberían tener repercusión en los textos escolares cuando se habla de música. Si bien el trompetista bromeó con los chavales por la mañana enseñándoles ciertos secretos al ritmo de "Ko Ko", "Carolina shout" o "Harlem airshaft", por la noche apareció la tradición siguiendo la tónica que la Lincoln Center Jazz Orchestra ha convertido en su bandera. "Main stem", "The tatoo bride", "Second line" o "Caravan" fueron piezas que sonaron antes de que "C-Jam blues" cerrara una actuación que se prolongó casi tres horas terminando con el ambiente de fiesta que esta formación aporta siempre aunque su aspecto de smoking y de seriedad no lo haga aparente a primera vista. Marsalis, en su línea habitual cuando toca con esta orquesta, se limitó a aportar bien poco, dejando que fuera la música y sus compañeros lo más sobresaliente de la noche El día siguiente fue un tanto similar, al menos en lo festivo. Los Blind Boys of Alabama, que han recuperado a Clarence Fountain como líder, pusieron boca abajo Mendizorroza con un buen ramillete de standars pasados por su filtro de gospel. Piezas del Golden Gate Quartet, de Steven Foster o el conocidísimo "If I had a hammer" de Pete Seeger se entrelazaron con piezas tradicionales o propias mientras el vocalista Jimmy Carter demostraba su capacidad sosteniendo notas larguísimas (pero larguísimas) y el propio Fountain seguía aparentando muy buenas maneras como showman. Los Blind Boys podrán ser ciegos, pero, de todas maneras, cantan con un sentimiento y una pasión que sigue haciendo de sus conciertos espectáculos de primera a tenor de lo comentado por el público. Lo que todo el mundo se preguntaba después de ambos conciertos era si la tónica iba a seguir en ese nivel. Una de las facetas más interesantes con las que cuenta el Festival de Vitoria es el apartado dedicado al siglo XXI. Dicho ciclo se presenta en el Teatro Principal y ofrece a músicos vanguardistas o menos populares la oportunidad de mostrar su obra ante el público más inquieto. En esta edición abrió el ciclo el guitarrista Charlie Hunter, otro artista que ya debutara en Madrid en el último festival de jazz celebrado hasta el momento. Si en aquella ocasión se presentó con grupo, en Vitoria ofreció su repertorio acompañado únicamente por el percusionista Leon Parker, un elemento espectacular que no necesita gran aparato para hacer su música. Golpeando los herrajes de la batería, los lados de los tambores, el sillín donde está sentado y hasta su propio cuerpo con las manos, Parker estuvo vistoso a la par que eficiente y parece un buen complemento para un Hunter que mejora día a día y que en el Principal se mostró mucho más acertado que en su paso por Madrid. Hay que recordar que lo más pintoresco de este guitarrista es, precisamente, su guitarra, un instrumento diseñado por él que aúna las funciones de guitarra y bajo y que requiere una técnica muy particular que, lógicamente, irá consolidándose con el tiempo. La siguiente entrega del jazz del siglo XXI era otro guitarrista, aunque éste ya consagrado. Se trataba de Bill Frisell, quien volvía a Vitoria para actuar ante un público que abarrotó el teatro hasta los topes. Frisell se presentó con The Willies y tocó todo un repertorio propio con una Fender que, aunque no es su guitarra más habitual, utilizó con destreza. Frisell no es un músico con el que siempre se pueda comulgar. Hay que entrar en su música poco a poco, masticándola y entrometiéndose hasta encontrar el punto de conexión. Una vez que llegas ahí, su propuesta, que aúna minimalismo, jazz y hasta country, se hace tan agradable que siempre permite marcar diferencias con otros músicos. Chris Leighton, su batería, colaboraba a la música "friselliana" con sonidos obtenidos al utilizar un bidón metálico como tambor u otro más cortado por el borde como caja. Todo esto, unido a dos violines y a un banjo, puede parecer en principio una colección sonora de lo más extraña, pero, gracias al buen hacer de Frisell y su gente, todo termina cuadrando con una naturalidad asombrosa. Las otras entregas del ciclo correspondían a Olu Dara, quien se mostró mucho más previsible con su música, en la que aúna blues, reggae y otras incursiones étnicas; Badi Assad, que parece que poquito a poquito empieza a convencer en nuestro país gracias a un gran talante interpretativo y a un último disco la mar de interesante, y al pianista francés Louis Sclavis, quien, curiosamente, puso el único piano en el ciclo mientras que el instrumento se convirtió en uno de los grandes protagonistas de los conciertos de Mendizorroza. Allí, en el pabellón deportivo que ya se ha hecho tan tradicional para los aficionados al jazz como puede serlo cualquier otra sede festivalera, el piano lució con letras mayúsculas de las manos de algunos de los mejores instrumentistas del momento. Brad Mehldau, que actuó con un gripazo de impresión, volvió a demostrar por qué su actuación del año pasado ha dejado huella en Vitoria hasta el punto de volver a programarle también este año. Este hombre conjuga con una elegancia superior cualquier forma jazzística con un concepto romántico del piano que termina por poner el vello de punta hasta al portero de la puerta veintitrés. Le da lo mismo hacer un tema de Jerome Kern, una pieza de Radiohead o sus propias composiciones. En formato de trío, consiguió uno de los puntos más altos del festival tras tocar "My ideal" y dejar flotando en el ambiente eso que se respira cuando sabes que alguien te ha tocado la fibra hasta el dedo gordo del pie izquierdo. El día siguiente también hubo pianista de lujo, el cual no era otro que Chick Corea, quien en los últimos dos años aparenta estar en un momento muy fino que se ha concretado con la formación de Origin, el grupo que le acompaña en sus últimas grabaciones y giras. Corea tiene ya esa soltura y capacidad suficiente como para que todas sus composiciones puedan exponerse cómodamente con cierto riesgo y con un algo grado de accesibilidad. Da cancha a sus músicos y encuadra todo en una sonoridad facilona que entra bien al personal. Nunca se queda corto a la hora de demostrar sus habilidades y, en muchas ocasiones, añade sorpresas que siempre aportan cosas a sus shows. En este caso se trató de la presencia de Gary Burton, el gran vibrafonista que recientemente ha firmado un disco con Corea en el que ambos recrean viejas épocas. Burton pareció un poco impresionado al principio, pero en pocos minutos cogió su línea habitual y se inmiscuyó con facilidad en el ambiente reinante. La segunda sorpresa era el hecho de que Corea cerraría el día acompañando a Boby McFerrin, el encargado de ocuparse de la segunda parte del concierto. Mientras McFerrin en solitario puede considerarse, por su manera de presentarse ante el público, como un "circo vocal ambulante", encuentra la horma de su zapato cuando canta con Corea: se entiende con él perfectamente y llegan a cimas muy altas a nivel interpretativo. El vocalista se mostró con sus acompañantes un tanto previsible. Cuando un cantante tiene tal capacidad o deja que escriban canciones para él (caso de los crooners), canta lo que ya está escrito (caso de los líricos) o, directamente, evita las canciones y manda las letras a paseo. McFerrin es de éstos últimos y utiliza su voz como si fuera un instrumento, alcanzando tonalidades y colores que son diferentes en cada momento. Espectacular es una barbaridad, pero en demasiadas ocasiones su propuesta carece de consistencia. Sus músicos se ven abocados a seguir unos derroteros que son siempre inimaginables y trabajan como locos tratando de poner un fondo rítmico a lo que McFerrin tiene a bien hacer en cada momento. Mientras, su percusionista utiliza su enorme set poniendo siempre ruiditos raros que terminaron convenciéndome de que todos sus instrumentos juntos valían mucho más que ella. Volviendo al asunto de los pianistas, el día 14 subía al escenario Kenny Werner, quien servía de acompañante y compañero a Toots Thielemans, la leyenda de la armónica que, justo es decirlo, se encuentra ya en un momento muy bajo de su carrera. Thielemans se mostró en Vitoria con enormes problemas de asma y de oído, lo que obligó a que su repertorio fuera tremendamente tranquilo y muy lírico aunque, eso sí, tremendamente entrañable para la gente de cierta edad. Mientras Werner ponía la solidez (no reñida en ningún momento con la sensibilidad) y el romanticismo, Toots aportaba melodías tan clásicas como "Days of wine and roses" o "You must believe in spring" de Michel Legrant. No faltaron tampoco sus recuerdos al Chaplin compositor ("Smile"), su famosísima "Blusette" o la embriagadora, por emocionante, "Ne me quite pass" de Brel. Los otros pianistas presentes en Mendizorroza fueron Danilo Pérez, quien junto a Chucho Valdés se convirtió en el protagonista de la noche latina del festival, y la entrañable Shirley Horn, quien sigue sin renunciar a su faceta como instrumentista aun cuando su labor como cantante es la que más parece seguir el público. Los latinos montaron lo que se podía esperar de ellos con una superbanda en la que estaban presentes el también pianista Michel Camilo, el percusionista Giovanni Hidalgo o el trompetista Claudio Roditi entre otros. Quedan por comentar los dos conciertos que, a priori, se suponían las superfiestas del evento. Por un lado estaba el regreso de Pat Metheny, presente en muchas ediciones del festival gasteiztarra pero siempre con una propuesta diferente. Por otro lado, resultaba fascinante, en principio, la reunión arreglada bajo el nombre de Jam Session 99 que trataba de emular y homenajear las famosísimas Jazz at the Philarmonic que popularizara Norman Granz en la década de los cincuenta. La jam fue, ante todo, un espectáculo para el público más standar. En una jam siempre se cuenta con que las cosas pueden salir muy bien, muy mal o muy normales, dependiendo todo del grado de entendimiento de los instrumentistas y de su gusto por arriesgar en estas reuniones más de lo que lo hacen en un concierto normal. El Vitoria el riesgo apareció pasada ya la mitad del concierto, por lo que los primeros temas ("Dig", "Drifting", "How deep is the ocean?") parecieron un muestrario de capacidad y de solos que, con todo, aportaban poco más que una sensación agradablemente lúdica. Posteriormente, los músicos se fueron motivando y en "Soul eyes" o "Somewhere over the rainbow" el nivel se elevó hasta cotas importantes. En principio, una reunión en la que aparecían Nicholas Payton, Terell Stafford, Jesse Davis, Harry Allen, Eric Alexander, Peter Bernstein, Peter Washington y Lewis Nash podía haber traído muchas más cosas de las que trajo, pero, como ya decía, una jam suele obtener mejores resultados cuando se improvisa y aparece ese gusto especial por la competitividad que cuando se prepara, se arregla y se luce. Jacky Terrasson y Mulgrew Miller fueron los responsables del piano y de poner cierto orden en el tinglado, cosa que hicieron sabiamente y que fue muy agradecida por el público. El resto fue una sucesión de solos (unos buenos, otros muy buenos) que carecieron casi siempre de nexos de unión y que crearon la sensación de muestrario sin que la banda terminara de encontrar un funcionamiento propio de la formación. Lo de Metheny fue otra cosa y bien diferente. El guitarrista se presentó en esta ocasión en trío junto a Larry Grenadier y Bill Stewart y no dudó en abordar cualquiera de sus facetas preparando un buen repertorio y eligiendo la guitarra más adecuada para cada momento de su show. Metheny se acercó en un primer momento al "Turnaround" de Ornette Coleman para pasar al "All the things you are" de Jerome Kern enseñando su fastuosa guitarra Picasso. Luego volvió a la eléctrica para abordar terrenos más arriesgados con composiciones propias, hacer un recuerdo a Charlie Haden con el "Waltz por Ruth" que grabaron juntos y cerrar con otra pieza de Coleman que llevó el sonido hasta un punto extremo que el guitarrista supo manejar con tranquilidad ante un público jazzista. Metheny fue, delante del público, un verdadero ciclón que cumplió con creces, cosa que contrastó con los rumores que circularon en Vitoria sobre la postura que el guitarrista puso ante la propuesta de que tocara algunas piezas con Bill Frisell. Si bien la unión no se concretó, a todos nos dejó cara de póker la negativa de un hombre al que le gustan estas cosas más que comer con los dedos, algo que se acrecentó cuando Metheny prohibió a la prensa que le sacaran fotos "de frente". Probablemente ambas cosas fueran manías de su manager, ya que no encajan muy bien en la personalidad de un hombre que siempre parece el colmo de la amabilidad y el saber estar. Fuera como fuera, todos nos quedamos con las ganas de ver, aunque fuera poquito, un dúo de lo más peculiar. El festival se cerró con otra reunión que, por motivos de calendario, no pudimos cubrir como se merecía. Se trataba de la reunión de John Scofield, Joe Lovano, Dave Holland y Al Foster. Como uno puede imaginarse, las expectativas ante este concierto eran enormes y, por lo que señalaron nuestras fuentes, el concierto fue digno de verse. Vitoria se acabó, pero, afortunadamente, sólo hasta el año que viene, fecha en la que, como suele ocurrir, el nivel de la programación volverá a poner a este festival a la altura de los mejores. E.P.
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