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Turbonegro + Aerobitch

El Sol. 26 de noviembre del 98

Se presentaba, a priori, como uno de los conciertos fuertes antes de acabar el año. Lo fue en todos los sentidos y hasta Aerobitch, que ejerció de telonero, puso tan alto el listón que casi no importó el trasnoche enorme que supone que dos grupos comiencen sus actuaciones de madrugada. 

El último disco de estos madrileños, su Time to start kickin' ass, les muestra en un momento de lo más feliz, poderosos y enérgicos hasta la médula, por lo que era lógico pensar que su directo les haría justicia. Agrupados como una piña, sonaron verdaderamente compactos, con unos riffs muy bien colocados y con un empaque propio de grupos con trayectoria. No obstante, son ya muchos los escenarios que los madrileños han pateado y eso, con el tiempo y con las ganas con las que se lo toma esta gente, tiene que ofrecer resultados tarde o temprano. Repasaron su nuevo álbum y le dieron una potencia desgarradora, consiguiendo llevarse al público desde el principio. Pocos fueron quienes se quedaron en el sitio sin moverse y cualquiera que hubiera entrado en el local sin saber cuál era el cartel de la noche no habría dudado en señalar a Aerobitch como el grupo al que había ido a ver tal cantidad de gente. Lo de Turbonegro ser presentaba, por tanto, difícil. Los madrileños, sin parafernalia y sin tanta prensa detrás de ellos, le habían propuesto un tour de force de lo más arriesgado y había que tener muchas narices para presentarse en el escenario después su show. Con todo, había que hacerlo y se hizo; y, ya que se hace, se hace bien. El concierto comenzó con fuegos artificiales, con una verdadera cortina de chispas arrancando por detrás de la banda, algo poco habitual en una sala de pequeño aforo que hacía pensar, enseguida, en lo que estos nórdicos serían capaces de montar en un escenario más grande. Y con los fuegos artificiales… la música. Una máquina a presión realizó una labor propia de titanes desde el primer momento hasta que el grupo decidió que había acabado por esa noche. Ni para construir la Torre Eiffel se usó más energía que la que se respiraba en el Sol el día 26. Hard rock de bella factura, una conjunción instrumental de primera, punk pasado por la calidad y hasta el heavy formal entran en la batidora de Turbonegro con una unidad sorprendente. Cada uno de sus temas cuenta con un estribillo capaz de poner la sala boca abajo, sus guitarristas dan el toque oportuno sin pasarse de virtuosos o de pesados, la base rítmica es una máquina de embalaje funcionando a pleno pistón y el vocalista, con sus ojos pintados cual zombie saliendo de su tumba, pone a la audiencia en un lugar privilegiado dentro del show. En conjunto, Turbonegro son una banda que pone encima de las tablas un espectáculo tan visual como musical. De sus temas no hay ni uno malo y de vez en cuando se permiten tirar efectos como levantar columnas de fuego para flanquear al cantante. No realizaron, como en su última visita, el numerito de la bengala en el culo, pero, si te digo la verdad, casi lo prefiero. No estaría bien que una actuación de tal calibre quedara en la memoria de nadie por un efecto escénico como ése. Así todos podremos recordar los metros cúbicos de música impresionante que el sexteto ofreció. Para culminar, la gente se portó como se comportan todos cuando disfrutan. Pegando botes desde el principio, coreando cada uno de los temas de Apocalyptic dudes, el último álbum de la banda, y levantando sus brazos en cada momento señalando a ningún sitio. Todo el mundo se lo pasó pipa y eso es lo que suele ocurrir cuando una banda pone en directo lo que puso Turbonegro. Se presumía como una de las mejores cosas antes de acabar el 98 y así fue. Sin duda.

E.P.

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