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Sonic Youth

La Riviera. 16 de febrero de 1999

Hay muchas veces que oyes que un concierto de Sonic Youth ha sido etéreo, onírico o atmosférico. Particularmente, y después de verlos en La Riviera, pienso que esos adjetivos indican claramente que quien les ha visto tenía en su cuerpo suficientes sustancias como para embeberse del caudal sónico de la banda, cosa que, me he convencido, es poco factible (no imposible, que conste) de conseguir sin la ayuda de repetidas ingestiones de productos colaboradores.

Lo que Sonic Youth ofrece en el escenario, a veces, es similar a lo que ofrece en sus discos, pero, en ocasiones, lo único que da es un desfase emocional que provoca ruido por el simple hecho de que esta gente tiene instrumentos en la mano. Si tuvieran pinceles provocarían un caos de colores que también podría definirse con los adjetivos más abstractos que se te ocurrieran. El grupo comenzó mostrándose a las claras, con pasajes instrumentales (Anagrama), algún enjambre sonoro que otro (Sunday) y con unos dejes neoyorquinos (Female, Eric's trip) que parecían augurar un concierto asequible. De hecho, piezas como Starfield road o Ineffable consiguieron entusiasmar al público y ofrecer por igual melodías repetibles y desarrollos instrumentales de gran intensidad. Sin embargo, en otras canciones, como French tickler, todo se quedaba en un montón de arañazos a las cuerdas y en un éxtasis colectivo de los músicos que uno desde el público solamente podía sentir con la ya citada colaboración de esos productos que todos sabemos. Metidos en el berenjenal (o puestos ya del todo), era posible desarrollar en tu cabeza aquello que Sonic Youth desarrollaba encima del escenario, pero no me puedo imaginar, ni con la mejor de las voluntades, que ello fuera posible en un estado normal. Su manera de cerrar el concierto podía entenderse de dos maneras: o como una especie de comunión mística propia de ojos cerrados, cabeza levantada y orejas en posición o, simple y llanamente, como una forma de mandarnos a paseo. No me cabe ninguna duda de que, con el tiempo, piezas de Sonic Youth aparecerán en los teatros de música sinfónica con instrumentistas vestidos de smoking. Su música permanecerá por inentendible y por disfrutable a partes iguales, como la de todos quienes se dedican a investigar más en el sonido que en la composición. Sus obras son propias de y para fans y acercarse a ellos a través de uno de sus conciertos es casi causa perdida para quien no les adora previamente. A no ser que…

E.P.

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