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Silvio Rodríguez & Luis Eduardo Aute Las Ventas. 10 de septiembre de 1999 Estos sí que llenaron la plaza. De hecho, demasiado. Es difícil explicarse cómo algunos organizadores venden entradas para un concierto a un precio no precisamente módico cuando los espectadores no pueden, físicamente, ver lo que ocurre en el escenario. Con facilidad, más de dos mil personas tuvieron que colocarse en los tendidos de Las Ventas en posiciones tan escoradas que de lo único que podían disfrutar era de la visión del resto del público. Hay situaciones en las que esto es inevitable, pero estas entradas, por lo general, se venden a un precio muy inferior que las que realmente permiten ver el escenario. Aquí, con la excusa de que "el primero que llega es el que coge mejor sitio", todo se resuelve; pero, insisto, no me parece nada normal. Con todo, como decía, plaza llena. Y no es extraño. Aute tiene una parroquia fiel, pero Silvio sería capaz él solo de llenar dos veces el coso de Las Ventas. La fidelidad de su público es poco definible y cada vez que aparece por Madrid se pega un baño de multitudes que no es normal. Y no se trata sólo de asistir a sus conciertos, sino de celebrar con él una especie de ceremonia religiosa que implica directamente a los fieles más practicantes. Cada canción suya que no pertenecía al último álbum (Mariposas estaba sin editar cuando se celebró el concierto) obtuvo un respaldo por parte de la gente que hacía difícil señalar si el protagonista del espectáculo era el propio Silvio o su parroquia. Aute también tuvo sus premios, pero, a la hora de comparar, no fue ni mucho menos lo mismo. Luis Eduardo fue quien abrió el concierto. Lo hizo con platos fijos para que el asunto fuera cogiendo ambiente. Anda, Prefiero amar, Cine o La belleza vinieron a demostrar que el universo "autístico" sigue siendo el mismo, que nada ha cambiado en la manera de ver las cosas de este personalísimo juglar. Fue entonces cuando apareció Silvio y cuando la gente se sintió más a gusto. Juntos hicieron Dentro y Aute abandonó la escena. Mientras que el filipino afincado en Madrid se hizo acompañar por una banda, el primer set del cubano sólo contó con la música de su guitarra, una faceta en la que sigue mostrándose más solvente que nadie. Aute y Silvio volvieron a juntarse en ocasiones muy puntuales (Rabo de nube, Pequeña serenata diurna, Una de dos y la final Como gota de rocío), pero el resto del concierto se dividió en dos, dando el uno paso al otro cuando éstos creían convenientes. Como era de esperar, el concierto tuvo momentos sumamente emotivos y dos de ellos no vinieron por parte de los cantautores, sino de los ausentes. Aute dedicó un tema al fallecido Alfredo Krauss y la plaza aplaudió durante más de cinco minutos seguidos. Silvio, por su parte, dedicó también varias canciones, aunque la dedicatoria más pintoresca fue para "un hombre que puede volar hasta las estrellas, a Sotomayor". Sotomayor es el recordman mundial de salto de altura, quien no pudo participar en los últimos mundiales de atletismo debido a que la Federación Internacional le ha sancionado por consumo de cocaína, si bien la Federación Cubana argumenta que todo ha sido una trampa para no dejarle competir. Silvio no recurrió a sus temas más conocidos, pero, con todo, obtuvo una respuesta apabullante por parte de un público que, en cuanto conocía una nota, se ponía a cantar. Causas y azares o el fantásticamente interpretado Rosana fueron algunos de sus platos fuertes, algo que Aute obtuvo también con Cada vez que me amas. El final, como era previsible, se alargó hasta que los músicos ya no podían más. Después de dedicar a dúo una canción a Hemingway, ambos cantautores abordaron Sin tu latido dejando al público con la miel en los labios. Los aplausos les hicieron volver a salir y cayeron Sueño con serpientes, Unicornio y Albanta. Como la gente no tenía ninguna intención de moverse de sus asientos los dos salieron una vez más a escena. Silvio interpretó Ojalá y Aute Al alba. Los arreglos musicales que añadieron en esta ocasión mostraron un mayor manejo armónico y unas ganas de recrear las piezas ofrecidas. Por contra, en varias ocasiones, los devaneos instrumentales resultaban ciertamente hilarantes, ya que hacían perder el hilo argumental de los textos entre solos de piano de Ernán López, el director musical del grupo. El resumen es simple: esta pareja puede tocar en Madrid cuando y como le dé la gana. Tienen al público ganado y parece que, como en el caso de Serrat, no éste les va a retirar la palabra nunca. Entre la gente aparecían ya varias generaciones, desde el izquierdista para el cual los dos artistas eran santo y seña de un determinado momento histórico hasta la adolescente que quedó prendada de Silvio cuando su hermana mayor puso en el tocadiscos Ojalá. Creo que todos disfrutaron un montón, vivieron la emoción de los momentos más brillantes y escucharon con atención las piezas nuevas, participaron todo lo que pudieron y pueden decir que, gracias a la duración del concierto, dieron por bien invertido el dinero de la entrada. Todos menos, claro está, quienes no lo pudieron ver. E.P.
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