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Offspring La Riviera. 10 de febrero de 1999 ¡Qué alegría da ir a un concierto convencido de que vas a ver una castaña y salir más contento que unas pascuas! En el caso de Offspring no esperaba yo ninguna novedad, nada interesante más que unos muchachitos pintorescos dando saltos apoyados en canciones más o menos conocidas; pero al final del show tuve que admitir que me lo había pasado la mar de bien, que el espectáculo me había entretenido un montón y que el ambiente había resultado de lo más festivo. Después de su pifia en el Festimad del año pasado, no podía tomarse este concierto como uno más. En aquella ocasión me había convencido de que, con esta banda, o te lo haces tú y colaboras o te aburres como una ostra. Con ésas, procuré ir al concierto con amigos a los que les gusta el grupo, nos colocamos en las primeras filas para rodearnos del ambientillo y lo primero que hicimos fue instruirnos debidamente en una de las barras cercanas al escenario. Si así no me lo pasaba bien ya era para olvidarme de esta gente por completo, máxime cuando Americana, su último álbum, me ha resultado más de lo mismo e igual de pesado que su anterior obra. Pero el asunto resultó. Offspring ofreció un repertorio en el que el público era parte fundamental, en el que los coritos de los estribillos tenían que sonar como los de una iglesia desatada en la que la comunión de banda y acólitos es perfecta. Y así, metido en pleno berenjenal, aquello me pareció una verbena de lo más entretenida. Otra lección aprendida en la barra me permitió ver la cantidad de gente joven (jovencísima) que había en el concierto, todos sudando como posesos y pegando botes intentado llegar al techo. La fiesta se había desmadrado y lo cierto es que Offspring había hecho lo poquito que sabía de buena manera y poniendo en marcha todo el cotarro. Con esos comienzos, la verbena no hizo sino continuar; el grupo tiró de sus temas más conocidos, del fabuloso Smash y de los singles que, periódicamente, han ido soltando por las radios para convertirse en una banda de mayorías. Me encontré con gente de León, de Avila, de Guadalajara todos entusiasmados con estos norteamericanos a los que yo, a priori, no les encontraba nada. Y ellos, ocasionalmente ingeniosos, paran su espectáculo para que un personaje se pasee por el escenario con un cartel de "Intermedio" y otro ofrezca cañas de cerveza a las primeras filas. Después de la pausa, de lo más ocurrente, vuelta a las andadas, lanzamiento general de confeti y aparición en el recinto de un montón de pompas de jabón. Y mientras, la gente dale que te dale con los estribillos, las manos en alto y los saltos hacia arriba. El resultado me pareció simpatiquísimo, sobre todo porque iba dispuesto a encontrarme a una banda sosa que luego resultó ofrecerse con buena actitud, currarse bien su labor y comunicar con facilidad aunque sea a costa de piezas repetitivas y de unas composiciones la mar de simples. Hay veces en las que es preferible ir esperando lo peor y colaborar un poco: puedes obtener mucho más de lo que esperas. E.P.
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