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Johnny Winter Patio del Conde Duque. 20 de julio de 1999 En alguna extraña ocasión hemos tenido la posibilidad de ver dos conciertos en uno y éste fue una de ellas. Por un lado, en el Patio del Conde Duque apareció el cuerpo de Johnny Winter, inmóvil, famélico, incapaz de hacer otro movimiento más allá de un limitado vaivén, con serias dificultades para andar y con una torpeza enorme a la hora de cambiarse las guitarras. Por otro estuvieron sus dedos, diez elementos que, sin saber muy bien cómo, trabajaban y tocaban de una manera totalmente independiente del resto del cuerpo del guitarrista. Johnny Winter no miraba a su instrumento: mantenía sus ojos fijos y entrecerrados en ninguna parte mientras que sus dedos tocaban de una manera autónoma y natural notas que generaban aquello por lo que este hombre ha llegado a convertirse en un histórico. Bien es cierto que en sus anteriores visitas a nuestro país el guitarrista albino había mostrado una delgadez y un aspecto de debilidad asombroso, pero, con la edad, esas señas físicas se han marcado hasta una situación que, como comentaba mi chica, casi parece preocupante, más aun cuando el músico, no tan viejo (cincuenta y cinco años tiene), se muestra ante la gente con una camiseta sin mangas que deja a la luz su palidez y su mínima consistencia física. Parecía imposible, al comenzar su concierto, que éste pudiera terminar felizmente y todos teníamos la sensación de que, en cualquier momento, ese cuerpo podía terminar sobre las tablas arrastrado por cualquier mínima brisa que se levantara. Sin embargo, al cabo de diez minutos, también teníamos constancia de que, aun cuando volara su endémico esqueleto, los dedos de Johnny Winter iban a permanecer en el mismo sitio, totalmente ausentes de lo que le pasara al resto de la anatomía de su dueño. Dedos que, en cuanto se pusieron en funcionamiento, empezaron a hilar ritmos y melodías que les permiten actuar aún acompañados simplemente en formato de trío limitando, además, la función de los músicos acompañantes. Eran dedos realmente mágicos, capaces de comunicarse con la audiencia aun cuando Johnny estuviera en otro sitio, sutiles transmisores y ejecutantes con lucidez más que suficiente como para bordar la hora y media en que estuvieron tocando. Poco importaba que Johnny cantara, ya que su hilo de voz apenas dibujaba nada y únicamente ejercía una función meramente testimonial. De poco servía también que su bajista pretendiera, de vez en cuando, hacer saltar palmas del público mientras el cuerpo de Johnny seguía ahí sin explicarnos cómo. Lo único importante era lo que sonaba y eso tenía un calibre mucho más que satisfactorio. No era éste, lógicamente, uno de esos conciertos en los que domina el show y el espectáculo, sino uno de aquéllos en los que el nivel musical era más que suficiente para que el público olvidara al esqueleto que había sobre el escenario. Después de hora y media, la satisfacción de todos era plena. Nadie pidió un bis de más porque a todos nos parecía, en el fondo de nuestro corazón, que entrar y salir del escenario dos veces era un esfuerzo peligroso para este hombre. Bastante había hecho con terminar bien lo que había empezado bien. Previamente a su actuación, John Hammond tocó durante algo más de media hora en plan acústico, lo que sirvió para calentar el ambiente y para ir introduciendo al público hacia un concierto de gran blues. E.P.
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