Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

Indice

Joan Manuel Serrat

Fiesta del PCE. 18 de septiembre de 1999

La Fiesta del PCE siempre se ha caracterizado por ofrecer, entre su programación, una buena selección de conciertos tratando de abarcar a la vez una cierta diversidad musical y, al mismo tiempo, la suficiente popularidad como para que éstos sirvan para llevar público al evento. Hasta ahora la organización lo ha conseguido casi siempre y este año no ha sido una excepción. Un día se cubrió la parte rockera y juvenil con Ska-P, Canallas y Mama Ladilla, otro el terreno más lolailo y aflamencado con Mártires del Compás y La Barbería del Sur y, entre medias, se dejó el día estelar, el sábado, para la presencia de un cantautor de lujo: Joan Manuel Serrat.

Hacía realmente mucho tiempo que no veía a Serrat en directo y, desde luego, el "noi" de ahora poco tiene que ver con el que recordaba. Físicamente se encuentra estupendo y sigue conservando esa voz tan peculiar que aún muestra en sus discos pero, por otro lado, ha cambiado abundantemente lo que es su presencia en vivo. Musicalmente, el Serrat de ahora poco tiene que ver con el que hiciera famoso sus canciones más emblemáticas. Ahora, aquellas melodías recordables son aligeradas consistentemente y todas se ven convertidas en poesía mucho más que en canción. Las líneas melódicas, tan populares como su misma persona, de canciones como Poema de amor, Mediterráneo o Fiesta, han desaparecido para dejar paso a un recitado musical en el que el público pone mucha más enjundia que su autor. Este hecho viene repitiéndose en los últimos discos del catalán pero no pensé yo que fuera a incorporarlo también a su producción más antigua. La circunstancia obliga también al repertorio, por lo que las canciones recuperadas (veteranas, como él dice) no son aquellas que brillaron por su talante rítmico, aquellas que todo el mundo cantaba nada más escucharlas, sino las más intimistas, de línea más tranquila y más acoplables a este nuevo estilo. De ese modo, piezas como Lucía, No hago otra cosa que pensar en ti o Penélope dejaron arrinconadas a otras canciones que habrían alegrado el concierto en una noche que no fue, precisamente, caliente. El recuerdo al Titiritero, por ejemplo, dejó bien patente el cambio de signo que el cantautor ha aceptado. El que Serrat presente así su repertorio no significa que deje de conectar con el público. El cantautor es consciente de la fidelidad de éste y juega con él (en el buen sentido de la palabra) tratando, sin conseguirlo (por imposible), de convertir un recinto amplísimo en el salón de una casa familiar. Con ese fin, aporta introducciones con tanta poesía, lucidez, ocurrencia y sapiencia, como sus propias canciones. Eso sí, dichas introducciones son habladas con fondo musical por lo que aquel que vaya buscando en sus conciertos una buena colección de temas puede quedar decepcionado y preferir más piezas y menos verborrea. El director musical que acompaña ahora a Serrat es Kitflus, teclista y productor que parece omnipresente dentro del ambiente musical catalán. No sé si las nuevas adaptaciones tendrán más de él que del propio Joan pero, sea como sea, yo soy de los que prefiero aquellas canciones vivas y vitales que fueron grabadas hace muchos años que las rebajadas y más líricas que ahora aparecen. Lo que sigue siendo innegable, y casi innecesario de decir, es que este hombre continúa gozando del poder de la palabra, encontrando formas bellísimas y ocurrentes para decir las cosas más triviales. Hasta en sus nuevas canciones se puede apreciar que, al contrario que otros cantautores, Serrat no se ha vuelto monotemático ni se ha encerrado en su propia intimidad y sentimentalismo. Al contrario, la manera en que aborda los temas eternos, las circunstancias cotidianas y las polémicas más latentes sigue siendo asombroso. Bien es cierto que su presencia en directo tomó más de la actuación (muchos gestos, muchas muecas) que de la canción misma, pero ello pudo deberse, en este caso, al hecho de cantar ante un público numeroso y a que, con estos excesos gestuales, lo único que quisiera es llegar con claridad a la gente más lejana. Fuera como fuese, el público le sigue reconociendo como un artista imponente. Cuando las canciones viejas aparecen, quien más quien menos busca en su memoria y tararea la melodía que conoció aún cuando el actual Serrat las dé otra forma. El material nuevo, por el contrario, es escuchado en silencio, con respeto, casi de la misma manera que los militantes del PCE habían escuchado horas antes a su líder. Eso sí, la satisfacción fue generalizada y no vi yo a nadie defraudado. Queda claro que aún hay Serrat para rato. Por lo menos en el terreno poético y en el gusto de la gente.

E.P.

Arriba

Indice