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El Espárrago 99, al amparo de la Semana Santa andaluza. Abril de 1999

Entre capirotes anda el juego

La decisión era arriesgada pero necesaria. Los responsables administrativos de Granada no querían ver más el Espárrago y el festival sufrió una emigración forzosa. Lo que comenzó siendo un disgusto terminó convirtiéndose en una alegría cuando el Ayuntamiento de Jerez ofreció el recinto del Circuito de Velocidad para celebrar el evento. La fecha elegida era la incógnita. Poner el Espárrago en Semana Santa permitía facilitar la adaptación del cambio de recinto, pero… topaba con la tradición de los más obtusos.

Cuando las cofradías existentes en Jerez se enteraron de la decisión del Ayuntamiento no sabían de qué se hablaba. Para ellos el espárrago es un fruto natural de la tierra y nada mejor que eso para un tiempo en el que esta gente se prohibe a sí misma comer carne. Lo peor vino cuando alguien tuvo a bien leer los periódicos y dedujo que el Espárrago era un festival musical… y no de saetas precisamente.

En Jerez, y en Andalucía en general, la Semana Santa significa dos cosas: tradición y turismo. Hay gente que vive estas fechas con una congoja enorme recordando que hace dos mil años los romanos mataron a un galileo. Este dolor se pone de manifiesto con enormes manifestaciones en las que los sufridores sacan de paseo unas estatuas, se visten con capirotes y cargan con cruces emulando a quien consideran su bienhechor. A las manifestaciones las llaman procesiones y, a través del tiempo, han conseguido el permiso de las administraciones públicas para paralizar cualquier ciudad de bien. Las estatuas se llaman pasos y son acarreadas por costaleros que se pasan todo el año poniéndose fuertes para poder levantar del suelo el enorme peso que estas imágenes tienen. Delante y detrás de los pasos, un montón de gente en fila militar se visten con túnicas oscuras, se coloca unos capirotes que recuerdan al Ku-Klux-Klan y portan los cirios más grandes que jamás se hayan visto. Todos juntos, después de pasearse por media ciudad cortando las líneas de autobuses y sacándose un dinerito al cobrar a la gente cien duros por sentarse en una silla, se quitan esa ropa y se van de copas. Entonces cambian la túnica por trajes de marca y los capirotes por gomina, se echan a la novia del brazo y entran en cualquier bar a pedir unas tapitas. Al fin y al cabo, al nazareno le mataron hace mucho tiempo y al día siguiente no hay que trabajar.

Es esta gente la que presentó sus quejas al alcalde de Jerez con motivo del anuncio de la celebración del Espárrago 99. A estos fervientes creyentes le daba lo mismo que el evento se celebrase a ocho kilómetros de la ciudad y que no fuese a interferir en nada en sus particulares asuntos. Lo que les molestaba, pienso yo, es que alguien no sea costalero, cofrade o algo de eso. Desde que se anunció el traslado del festival de un sitio a otro un montón de cofradías fueron a interponer sus quejas al alcalde y llenaron las páginas de "Cartas al director" de los periódicos locales. La respuesta fue la lógica: los partidarios jerezanos del festival, que nunca se habían visto en otra, ejercieron la acción contraria y también se pusieron a mandar cartas a diestro y siniestro haciendo que la alcaldía respetara sus compromisos y no dando más trascendencia al tema. La organización del Espárrago ha firmado con el Ayuntamiento de Jerez de la Frontera un contrato por cinco años, lo que implica que el festival se celebrará en la misma localidad hasta el 2003.

Otra cosa es el tema de las fechas. Sabido es que en esta temporada la gente hace más caso de lo normal al tradicional "hombre del tiempo". Aunque todo el mundo sabe que su profesión es equivocarse, no deja de atenderse al hecho de que el personaje de la tele diga que todas las Semanas Santas va a llover a cántaros. Eso, y el evidente influjo que la tradición juega en tierras andaluzas, hace prever que estos días no son los mejores para engrandecer el público del Espárrago. En Andalucía habrá muchos rockeros, poperos y gente del dance, pero, desde que pueden andar, a muchos se les viste de nazarenos y se les hace una foto. Las chicas están acostumbradas a hacer sus compras de ropa "para las procesiones" y no hay quien las convenza para dejar ese hábito para otras fechas; la mayoría de las mujeres de Jerez salen estos días a la calle hechas un pimpollo y en sus planes no está, para nada, dejar sus trapitos en el armario y vestirse de trote para pasar dos días en el campo.

Señal inequívoca del modo de vivir de esta ciudad es el ruido de sus coches. Desacostumbrado, uno puede pensar que los vehículos están permanentemente a punto de darse galletas, pero no es así: la cera derramada por las procesiones cubre la calzada y los neumáticos de los coches, lo que hace que estos chirríen continuamente aunque vayan a velocidad de paso. La programación de la televisión local de Jerez durante la Semana Santa está dedicada íntegramente a los ritmos ceremoniales de los católicos: doce horas al día.

La organización del festival puso en marcha todos sus efectivos para que la cosa saliera de dulce. Las doce personas principales del asunto se trasladaron a la localidad jerezana con anticipación suficiente como para planificar cada mínimo detalle. Posteriormente llegarían los treinta encargados de montaje, los cuales se verían reforzados día a día con personal adicional dependiendo de las necesidades del momento. En los tres días previos al inicio del Espárrago había hasta quinientas personas que danzaban por el circuito haciendo sus quehaceres, entre ellos ciento cincuenta voluntarios que trabajaban en el festival únicamente a cambio de poder asistir a él. Por planificar, hasta se planificó un servicio de transportes que trasladara a la gente desde Jerez hasta el Circuito de Velocidad con una periodicidad suficiente como para que las colas no crecieran y la taquilla pudiera desarrollar bien su misión.

El día antes del comienzo del festival, el primero de abril, se celebró en el exterior del recinto una fiesta de bienvenida con artistas participantes en el programa "En ruta", avalado por la AIE. Cuatro grupos, con la presencia excepcional de Fromheadtotoe, tocaron gratis para la gente que ya había montado sus tiendas de campaña y para todos quienes se acercaron al circuito cuando empezaba a caer la noche. Dentro, mientras tanto, se daban los últimos retoques, levantando los puentes de luces de los dos escenarios y asegurando los vientos de las dos carpas complementarias. El escenario principal, con una embocadura de veintiséis metros y un fondo de dieciocho, permitía que las actuaciones celebradas en él fueran vistas por quince mil personas, cuatro mil de las cuales podían sentarse en las gradas fijas colocadas en la infraestructura del circuito. El segundo escenario medía veinte por dieciséis metros y permitía una asistencia de unas cinco mil personas. En total se utilizaron doscientos diez mil watios de sonido y setecientos mil de luz y todo se aderezó con una treintena de puestos en los cuales se podía beber, comer exóticamente o comprar ropas y recuerdos.

Las instalaciones para los músicos eran las mejores que puede proporcionar un festival, ya que sus camerinos son los mismos que utilizan los pilotos que participan en los circos de la Fórmula 1, poco acostumbrados a cutreces. La sala de prensa estaba al mismo nivel y contaba hasta con un laboratorio fotográfico que podía ser utilizado por los medios de comunicación con necesidades inmediatas. Lo único malo (siempre tiene que haber una pega) es la lejanía que estas instalaciones tenían de los escenarios: asistir a una rueda de prensa suponía perderse dos o tres actuaciones, algo fundamental cuando solamente pueden acreditarse dos personas por medio y cuando los escenarios tienen programación paralela.

Los encargados de abrir el evento fueron Sunflowers, banda a la que hace poco hemos visto por Madrid en una actuación colectiva junto a Aerobitch, Fromheadtotoe y Sargento García en Macumba. Más tarde fueron cogiendo sus sitios Aterciopelados, que ahora están liados con su participación en el segundo volumen de "Calaveras y diablitos", Chupacabras, con esencia rockera, y Especialistas, que pusieron las primeras notas bailongas a lo que iba a ser un fin de semana en el que estas tendencias se iban a imponer en todo rango.

Una actuación esperada era la de Javier Alvarez, aquel cantautor que ha pasado de los teatros intimistas a los festivales masivos. La propuesta de su último disco era tan extraña que se hacía interesante ver cómo el público respondería a su puesta en directo. La solución fue evidente: el público no respondió. Si bien Javier se mostraba contento con su nueva línea, lo cierto es que ni "Padre", ni "La Huida", ni "El preso me pone" ni ninguno de sus nuevos temas consiguió captar la atención de la gente. Apenas unas cuantas fans que posteriormente se pegaban por pedir un autógrafo al muchacho le dedicaron sus oídos. Como nota pintoresca de su actuación hubo un recuerdo para "La edad del porvenir" y una versión del "Obladi, Oblada" de los Beatles cantado con megáfono y que despertó de la siesta al escaso público congregado.

A estas alturas parecía evidente que la circulación de gente por el recinto del Espárrago era muy limitada. Tres días antes apenas se habían vendido cuatro mil de los dieciocho mil abonos puestos a la venta y eso, en un recinto que doblaba su extensión respecto a la anterior edición, hacía que el público pareciera escaso. Las expectativas de los organizadores era que, gracias al buen tiempo, la cifra se triplicara antes de terminar el festival y los datos recabados a última hora señalaban unas previsiones de venta de unas once mil entradas, muchas de las cuales se compraron únicamente para el segundo día. El caso, que en principio puede resultar negativo, tiene también su vertiente optimista: si esta cantidad de gente podía circular con una enorme comodidad por el recinto quiere decir que si la cifra aumentara no se producirían inconvenientes para el público. Esta era una de las premisas esenciales para la organización, ya que el recinto granadino que albergó las últimas ediciones se iba quedando corto y no tenía ninguna posibilidad de ampliación.

Después de que Sargento García soltara su fusión salsera en el escenario paralelo (otra ración de baile sudoroso) llegaba uno de los platos fuertes de esta edición del Espárrago: Backyard Babies. El hecho de que esta banda no haya roto todavía a nivel nacional hizo que la programación les colocara a las siete menos cuarto en el escenario grande, una hora no demasiado buena pero que iba a permitir medir el poder de convocatoria de los suecos. Según se colocaban los daditos de adorno del vocalista en el micrófono central, se iban aglomerando los numerosos fans que la banda ya ha ganado en nuestro país y los más numerosos curiosos que querían saber quiénes eran estas gentes llegadas del frío, gentes que, en su cuidado de la imagen, no se quitaban la chupa de cuero aunque la temperatura alcanzara los treinta grados.

Fue saltar al escenario y montarla. Si hoy en día hay una banda que representa al rock'n'roll en toda su intensidad ésa es Backyard Babies. A los sones de "Bombed", "UFO Romeo" o "Highlights", el cuarteto empezó a desprender una caña que se apoya en una actitud y en una imagen dignas de un primera serie. Sólo con el metal que llevan encima los cuatro suecos se puede mantener una ferretería que sirva piercings, tachas, collares y pendientes. Lo raro es que no se les oxide todo, ya que éste es de los grupos que sudan desde el primer acorde. Piezas como "Too touch" o "Look at you" pusieron al público cardíaco y dejaron claro que ésta es de las bandas que puede contar sus conciertos por triunfos. Ya les puedes poner el escenario más grande que quieras, porque lo llenan de sobra y todavía les falta espacio.

Con éstas, la posterior llegada de los gritones One Minute Silence o de los raperos CPV contaron con poco interés. Para más incordio, los Poetas comenzaron su show poniendo en escena únicamente a su DJ (que no hacía más que decir "¿Cómo están mis locos, cómo están mis niñas?") y a un par de bailarines de break que se quejaban del suelo y a los que no se veía cuando se tumbaban porque tenían delante todo el monitoraje. CPV se dio gusto con "La bomba", "Grandes planes" o "Aleluya" entre otros temas, pero consiguió perder en quince minutos una buena cantidad de público que, probablemente, se habría quedado si el comienzo de su show hubiera sido más llamativo. Eso le vino bien a Steve Wynn, quien empezó con poco personal y terminó con una audiencia bastante decente. El norteamericano hizo un repaso a su abundante material y, aunque no consiguió sonar de una manera excelente, sacó partido a piezas como "Why", "Silver lining" o "Out of this world". Su rock de medio tiempo tuvo momentos agradables dominados por la habitual elegancia de este clásico.

Manta Ray tampoco tenía demasiada suerte en el escenario pequeño. Su propuesta cuasi psicodélica apenas congregó a trescientas personas. El grupo, que abundó en sonidos de Moog y de instrumentos raros que suenan sin tocarlos, abundó en pasajes instrumentales que se disfrutaban más estando en trance que conservando el juicio. Después de sonidos de xilófono y de temas como "Tin Pan", "Experiment" o "Smoke", la gente estaba tan "para allá" que ni se acordaba de aplaudir. El cierre de su actuación fue una versión del tema central de la peli "El padrino", pieza precedida de inserciones habladas pregrabadas. Manta Ray, además, tuvo el inconveniente de tocar a la misma hora que Anthrax lo hacía en el escenario grande. Parece que los grupos duros siguen siendo uno de los puntos fuertes de los festivales y aquéllos a los que el público responde con más fidelidad. La nueva encarnadura de la banda soltó sin pensárselo cuatro temas en los que la recolección de saltos y carreras ya casi justificaban su caché. "Caught in a mosh", "Fueled", "Room for one more" e "Inside out" dejaron paso a un popurrí en el que el grupo se acordó de toda su carrera mientras seguía desgastando el escenario sin parar un momento. Hizo su papel soltando tralla desmedida y cumplió las expectativas para su público.

Lo mismo se puede decir de Sepultura, banda que cerraba el escenario grande el primer día de festival. Los brasileños, que presentaban a su nuevo cantante ante el público andaluz, demostraron que conservan su potencia intacta y, con su sonido afiladísimo y con su actitud poderosa, estuvieron a punto de echar para atrás a las primeras filas. Abrieron a ritmo de "Against" y se pasearon por su discografía alcanzando buenos momentos en "Spit", "Old earth", "Propaganda" o "Roots", pieza que sirvió para cerrar la actuación. Unos animales recién escapados de la selva brasileña.

Mientras, al otro lado del recinto, los franceses Zebda demostraban una vez más que son capaces de poner al público boca abajo en un plis-plas. Abriendo con "Tombés des nues" y continuando con "Toulouse", estos hiphoprockpoperos mediterráneos descargaron un concierto de época, sin parar un solo instante y ganando la respiración mientras soltaban sus consignas humanitarias. Sus dos vocalistas, convertidos en saltimbanquis, fueron capaces de movilizar hasta al personal de las barras y colocaron una sonrisa en cada miembro de la audiencia. Cuando ya empezaba a bajar la temperatura, Zebda colocaron calor allá donde llegaba su sonido y, al ritmo de "Ziel Miel", cerraban una actuación que se contaría entre las mejores del festival

El segundo día el ambiente cambió. Para muchos jerezanos, el sábado de gloria no es tan riguroso como el viernes de dolores y, aprovechando que ya todo el mundo trabajaba y que las piedades se habían relajado, la asistencia al festival aumentó copiosamente. Con un calor que se iba haciendo más potente cada día (ahí quería yo ver al Montesdeoca ése), No Means No, Undershakers y Hechos contra el Decoro tuvieron la responsabilidad de poner en marcha toda la maquinaria de un público que, aún colaborador, iba a empezar a notar el cansancio provocado por la primera jornada.

Eskorzo resultaron el primer subidón, convocando en el escenario paralelo más público del que se había visto en todo el primer día en ese lugar. Soltaron el material de su primer álbum y pusieron a la gente a bailar a base de una pachanga que agrupaba desde lo latino más obvio hasta el ska más rockero. "La hippie", "Metío en verea", "El tío bullanguero" o "Pan y circo" fueron dando pie a explosiones de júbilo y un disfrute generalizado que no haría sino confirmarse como la nota de identidad de este escenario. Por ahí pasarían más tarde Nel.lo y la Banda del Zoco, quienes, aunque no tuvieron tanto éxito, mantuvieron el nivel gracias a "La ciudad de las mentiras", "Derechito al infierno", "Palabras vacías" o "En la calle", temas de su primer y hasta ahora único disco. Dusminguet supondría otro subidón que tendría santo y seña en "Jaqueline", "Africa" o "Babilonia", piezas que recuperaban la charanga pachanguera y el relajo en la exigencia de la gente, algo que alcanzó el clímax en "Siento" y "Patxito", los temas que cerraron su set.

Nada Surf plantearon su pop americano mientras la gente daba cuenta de la cena y sirvieron de intermedio para que Boikot volviera a llenar el escenario haciendo que el público sacara fuerzas de flaqueza para bailar como descosidos los temas más representativos de su último álbum, la tercera entrega de "La ruta del Che". "Estuvo bien padre", "Korsakov" o "Penadas por la ley" se unieron al mensaje solidario de "Pueblos" y a la emotiva interpretación de "Hasta siempre", la cual caló mucho entre el público. "No pasarán", "Mentiras" y "Tequila" completaron el tramo final del concierto con la versión de Kortatu que los madrileños titulan "Nos quieren detener". El nuevo material se mostró más válido, incluso que el antiguo, y nos enseñó a unos Boikot que mejoran cada día y que elevan el nivel de su puesta en directo con cada actuación.

El final de este escenario traería a Maldita Vecindad y los Hijos del 5º Patio, quienes recogieron la propuesta rockera de Boikot y la transformaron en pasión latina para que no dejaran de bailar los allí congregados.

El escenario principal tuvo poco éxito con Drugstore, pero empezó a subir su nivel con la actuación de Khaled. El argelino, que comenzó con problemas de monitoraje, se fue haciendo fuerte tras la interpretación de sus populares "N'ssi N'ssi" o "Bakta", piezas que pusieron a pleno funcionamiento su amplia formación acompañante. Khaled controlaba el escenario de cabo a rabo y fue obteniendo poco a poco el reconocimiento del público, aunque probablemente hubiera tenido mayor repercusión si su set se hubiera programado ya entrada la noche. Los ecos de "Didi", su tema más internacional, dieron paso a un rush final que, con "La camelle", "Aicha" y "Mektoubi", alargó su actuación entre la satisfacción de los presentes.

Los siguientes en usar el mayor de los escenarios fueron los Planetas, banda que jugaba como local y que utilizó la luminotecnia de manera original, proyectando efectos sobre las laderas del circuito de Jerez. Después de empezar con "Segundo premio", fueron desgranando "David y Claudia", "La guerra de las galaxias", "La playa" o "Nuevas sensaciones" para alargar también su show y pasarse ampliamente de su hora programada para finalizar. "De viaje", "Cumpleaños total" o "La caja del diablo" fueron temas disfrutados por un público que mostraba división de opiniones, algo que con Los Planetas es habitual. Te encontrabas por igual a gente que se sabía de memoria las letras como a personal alucinado con la dosis psicodélica que el grupo puso en escena.

Si bien no pude ver a los Freestylers (¡qué lejos quedaba la sala de prensa!), todo el mundo con el que hablé coincidió en que la suya había sido una actuación vistosa y sumamente bailable. Con un buen espectáculo y con bailarines espectaculares, consiguieron convencer a quienes no les conocían y sacar una buena nota en su paso por el festival. Los encargados de cerrar el evento eran Orbital, el dúo británico que presentaba el material de su nuevo disco y que, teóricamente, debía de servir de puente para quienes quisieran prolongar su estancia en el recinto aprovechando los coletazos de la carpa dance.

Los hermanos Hartnoll se sirvieron de una escenografía propia que hizo, casi, reconstruir el escenario en su interior. Una serie de paneles verticales giratorios fueron colocados en el fondo a una prudencial distancia de un buen número de proyectores. El resto del escenario se quedó vacío salvo en su parte central, donde se ubicó la particular isla de Orbital en la que tres paredes de teclados y maquinaria electrónica apenas dejarían ver a los protagonistas. Cuando aparecieron en escena, cada uno llevaba en su cabeza una especie de gafas que sujetaban pequeños focos orientados hacia adelante colocados entre las orejas y los ojos. Eso les permitía iluminar sus instrumentos sin necesidad de volcar focos sobre su set. Toda la luminotecnia sería empleada, entonces, como elemento exterior, jugando con el público y convirtiendo el terreno dedicado al público en una verdadera macrodiscoteca. Mientras, los proyectores soltaban chorros de imágenes sobre los paneles móviles uniendo la esencia del vídeoclip con el mensaje subliminal.

Orbital tocó casi por completo su nuevo "In the middle of nowhere", un disco que contrasta con su anterior "N sides", mucho más lírico y tranquilo. La música del dúo, que en principio se presentaba como una oferta bailable y danzarina, abunda más en el pop electrónico para disfrutar en casa que en la música efusiva propia de las grandes raves. Así, en determinados momentos del concierto parecía que estabas reconstruyendo la esencia de Jean Michael Jarre en el terreno musical y la de Pink Floyd en el aspecto de las proyecciones. En conjunto, ofrecieron un show vistoso y agradable, pero, sobre todo, porque su música se hace querer y es propia para el disfrute. Difícil era mover los pies, aun cuando siempre hay quien es capaz de bailar sin separarlos del suelo, centrado en un universo propio que está más cerca del karma que de la escucha. Los Hartnoll no se sirvieron de músicos de apoyo e introdujeron grabaciones para completar los elementos que están dentro de las composiciones y que requieren participación ajena para su recreación. Las voces utilizadas en su último álbum (en un par de temas tan sólo) aparecían y desaparecían de los altavoces sin que nadie apareciera por el escenario.

Si bien lo ofrecido por Orbital sorprendió a una buena parte del público, éste se quedó satisfecho cuando abordaron "Chime", su primer y mayor éxito a nivel de single y, por lo que parece, su bandera entre el público español. El resto de su material abundó en la reciente creación del dúo: melodías minimalistas que, en base a efectos, terminan convirtiéndose en ritmos sobre los que entra una nueva melodía. El sonido estuvo excelente y permitió disfrutar de una propuesta que, en principio, podía carecer de calor para cerrar el festival.

En otros terrenos, el Espárrago mantuvo la misma tónica que se pudo apreciar en los dos escenarios. El flamenco, siempre presente en este evento, es asumido por los organizadores como una seña de identidad del festival y como un compromiso con la raíz andaluza, pero tiende a programarse en momentos delicados que no atraen al público. Así, las actuaciones no cuajaron demasiado encerradas en la carpa que horas después se dedicaría a las tendencias más bailables y artistas como Chano Lobato, Eva la Yerbabuena o Dieguito el Cigala no contaron con demasiado calor por parte del público. Todo el morbo que suponía la vuelta de José Mercé a Jerez, su tierra, se vio perdida entre intereses más lúdicos por parte del público. Mercé prometió hace años no volver a tocar en Jerez después de que los más puristas le montaran un poyo en el "Festival de la Bulería". Su vuelta, con la mayor de las ilusiones, pudo haber estado bañada en multitudes si el cantaor, en lugar de preferir el Espárrago, se hubiera presentado en la ciudad con su show completo. Así, si bien José volvió a demostrar su acercamiento al público joven, se encontró sin el arropo que hubiera sido de desear habida cuenta de que hoy en día es el número uno en ventas de discos dentro de su género.

En la carpa dance (léase: el mismo escenario tres horas después), las aglomeraciones de otras ediciones no brillaron hasta que no terminaron las actuaciones en los escenarios. Propuestas como las de Fila Brazilia el primer día o Mad Professor el segundo tuvieron que competir con lo mejor del cartel y no acapararon gran trascendencia. El plato fuerte de este escenario era la presencia de Sven Vath, que hubiera contado con más éxito si se hubiera colocado cerrando la edición del sábado, día en que el público afluyó en mucho mayor número que el viernes.

El chill out, como te puedes imaginar, tuvo un público escaso, algo que parece lógico si tenemos en cuenta que estaba en la otra punta del recinto teniendo como referencia el escenario principal. Si bien la gente acudía periódicamente a descansar y tomarse su copita con músicas más relajadas, lo cierto es que en los momentos cumbre de la programación la carpa estaba prácticamente vacía y el DJ de turno tenía que hacer lo imposible para poder mantener el tipo.

En resumen: todo salió bastante bien si se tiene en cuenta el asunto de las fechas y el hecho de que se estrenaba recinto. Es de esperar que el tema continúe su crecimiento y que las fechas elegidas para la próxima edición no impidan completar una programación atractiva que haga que el aficionado pierda el miedo a caravanas y "hombres del tiempo".

Una cosa importante a contemplar es el tema del calor. Encontrar sombras en el circuito de Jerez era sumamente difícil y la temperatura no fue nada asfixiante. Nota deberán tomar los organizadores y el público del próximo Festimad, dado que, en las fechas en las que se celebrará este año, Madrid es un horno que puede traer más de una sorpresa al desprevenido.

E.P.

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