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Dictators

El Sol. 6 de marzo de 1999

Es probable que hayas oído hablar de este grupo mucho más que lo que les hayas oído a ellos mismos. Los Dictators han alcanzado ya el status de grupo de culto, de referente imprescindible dentro de la música punk y del rock'n'roll neoyorquino. Es curioso cuando se habla de una banda que tiene sus orígenes en el 74 y que abandonó la escena en el 77, momentos antes de que su ciudad se tiñera de bandas a diestro y siniestro contagiados por las formas ramonianas imperantes en el momento. El caso es que Dictators reaparecían periódicamente, entre aventura y aventura de sus miembros y, en los 90, decidieron volver a la carretera. Aquello no era una vuelta a la vieja usanza, tan habitual en estos tiempos con cadáveres revividos, sino un nuevo nacimiento mucho más positivo que lo que fue su producción primitiva.

Ahora los Dictators tienen el culo pelado de girar por medio mundo, cuentan con la enorme experiencia que destila el tocar siempre en salas pequeñas en las que puedes ver la cara del público y disponen de una formación que, además de ser solvente, tiene una actitud que traspasa muros. Su actuación en El Sol el pasado día 6 vino a demostrarlo una vez más: esta gente enchufa sus instrumentos y se deja la piel reviviendo todos los tópicos y esencias del rock'n'roll. Apenas les hace falta imagen (aunque la tienen), no necesitan de numeritos (aunque los hacen) y su repertorio es suficiente como para no acudir a versiones (aunque las tocan). En cuanto empiezan a soltar sus temas un espasmo eléctrico te recorre de punta a punta poniéndote tiesa la médula espinal, tus pies entran en ataque epiléptico y tus hombros deciden que ya has estado demasiado tiempo parado. Lo que se te viene encima es, sencillamente, una bala que da justo en la diana. Con éstas, no es nada difícil llegar al público, sobre todo cuando Manitoba, su vocalista, pone en funcionamiento su bien aprendida lección a lo largo de los escenarios. El sabe hacer partícipe a cada uno de los congregados de una fiesta en la que lo más importante es la diversión. Y lo hace porque puede, porque se siente arropado por dos guitarras que arañan el aire sin necesidad de atronar y porque cuenta con una base rítmica que no se va de fila ni un momento. A partir de ahí, canciones con melodía sin dejar de lado la intensidad, coros bien puestos que animan al público, solos de guitarra que van subiendo el ambiente y una unidad de concepto que no permite que te pierdas nunca. En su última visita estuvieron fenomenales y, seguramente, no será la última.

E.P.

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