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The Chieftains

Conde Duque. 4 de julio de 1999

El público del folk es uno de los más fieles que uno se puede encontrar. Puede ser por la poca cantidad de artistas internacionales que pasan por aquí dentro del género o por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que la gente que asiste a este tipo de conciertos va bailando y demostrando su alegría desde el momento en que está en la cola esperando que le piquen su entrada. Lógicamente, para este público, un grupo como The Chieftains es, actualmente, una de las ofertas ineludibles. Es curioso comprobar que ahora, treinta y cinco años después de lanzar su primer álbum, sea cuando esta banda cuenta con más fieles en nuestro país, algo que se puede relacionar fácilmente con su colaboración con Carlos Núñez, quien les ha promocionado aquí tanto como los propios Chieftains han ayudado fuera al gaitero gallego. El hecho fue más comprobable si cabe en el momento en el que el propio Carlos salió al escenario para colaborar con la legendaria formación irlandesa en el décimo aniversario de su primera colaboración: el público se desgastó las manos aplaudiendo al gallego mientras que la respuesta fue menos efusiva con los propios Chieftains y se concretó mejor en las piezas de jolgorio.

Los aficionados al folk, en su mayoría, son amantes de lo festivo y lo lúdico y, como tal, reciben mejor una buena danza o unos reels que una tonada o una balada. The Chieftains dieron de todo… y de todo mezclado, como en un comercio chino de "todo a cien": a un tema que enardecía al público y lo ponía a bailar le seguía una pieza lentísima interpretada con una única flauta para, dos minutos más tarde, montar otra vez la fiesta armada con el público dudando entre levantarse o sentarse. Este hecho fue lo más definitorio de un concierto que tuvo sus mejores momentos en las piezas más animadas, dado que las tonadas bucólicas y lentas adolecían de falta de sutileza en un escenario urbano que no colaboraba para nada con la ocasión. Eran los momentos en los que la memoria se iba a los campos verdes o al festival tradicional en medio de ningún sitio en el que esta música luce más y es mejor recibida por el público. Porque, hay que admitirlo, lo interpretado por Chieftains no es lo que mejor pega en un escenario como el Conde Duque; es una música propia de club, de taberna en la que corren las pintas y en la que la gente puede bailar mientras deja que la hija de la cebada haga su beneficioso efecto. Es entonces cuando llega el momento de las baladas, de los coros y de las añoranzas, todo eso que en un escenario grande encorsetado en un patio tiende a perderse y a desmerecer la música. En Madrid es imposible, por costoso, ver así a los Chieftains y, por desgracia, tampoco tenemos un festival folk en medio del campo, por lo que había que aceptar lo que venía y tratar de disfrutarlo en su mejor medida. Los irlandeses, que no son nuevos en esto y saben muy bien dónde no se sirven pintas, saben adornar su espectáculo con los recursos suficientes como para hacer que el público no tenga su atención fija en sexagenarios, ataviados como su edad indica, cargados de gaitas y violines. Saben introducir al invitado adecuado, los bailarines virtuosos o las vocalistas de calibre dulce a fin de aportar variedad y show. Kepa Junkera, Carlos Núñez, Juan M. Cañizares y un par de vocalistas femeninas, además de una pareja de fogosos bailarines, fueron la guinda para la ocasión y el público lo agradeció por lo que aportó al espectáculo. No pudieron, por contra, evitar la incomodidad visual de las cámaras de vídeo que grabaron el concierto, una de las cuales paseaba cual camión de mudanzas por la parte trasera del escenario en el momento en que la venía en gana, casi siempre el menos adecuado. Aparte de estos inconvenientes ineludibles, el concierto aportó lo que se podía suponer: las bromas entrañables de Paddy Moloney cuando sus compañeros presentaban algún tema, los reels de toda la vida que parecen plato fijo en un concierto de folk irlandés, los recuerdos a Van Morrison… Una cosa rompió la tónica dejándonos a todos parados: en medio de una pieza, los dos violines y la gaita introdujeran el riff de Satisfaction en uno más de esos "cambios imprevisibles" que dominaron el concierto. Por lo demás, la gente dio palmas hasta que les salió humo, el tiempo acompañó con un agradable fresquito y el tema que cerró el concierto se alargó en un popurrí la mar de pintoresco en el que cada músico se hacía un solo tocando lo que le daba la gana (hasta sonó el dixie de When the saints go marchin' in o el ragtime de The entertainer) sin que fuera necesario que viniera a cuento. Cuando salíamos, mi chica, que ahora está investigando eso del Internet, comentó: "¿no tiene problemas con los links esta gente?". Era un buen resumen.

E.P.

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