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Cassandra Wilson Auditorio. 14 de octubre de 1999 Hay veces que las cosas no salen bien y que, te pongas como te pongas, juegas con todo en contra. Cassandra Wilson se presentaba en Madrid como una de las primeras damas del jazz en la actualidad, pero, a tenor de lo sucedido en su concierto, bastante suerte tenemos si se vuelve a presentar aquí siquiera en fotografía. Y es que, por mucho Auditorio del que se trate, cuando se ofrece un sonido amplificado es necesario que el técnico de sonido esté a lo que esté, que haya repuestos para los aparatos y que quien tiene que ponerlos en marcha sea competente. El concierto de la Wilson pareció más un tratado de ciencia que una velada de jazz, ya que se pusieron en práctica las habituales leyes de Murphy y de la relatividad. La ley de Murphy indica que si algo puede salir mal saldrá mal. En este concierto no se cubrió el aforo ni por asomo, se colocó a la gente que había comprado las localidades más baratas donde debían ubicarse los de las más caras a fin de aglutinar un poco al público (con el consiguiente cabreo de quienes habían pagado el precio intermedio y tenían peor sitio que quienes habían pagado menos), el concierto empezó con un retraso de veinte minutos (nada habitual en el Auditorio) y, para colmo, fallaba una de las dos columnas de sonido. Habían pasado ya dos temas cuando un espectador se levantó para avisar al técnico de monitores del caso y, como Murphy estaba por allí, el tema fue a peor: los altavoces empezaron a sonar, pero con un zumbido que bien podía ser una abeja metida en salva sea la parte. Tanto Cassandra como su espléndido grupo ponían de sí todo lo que podían, pero la suavidad de su voz o los matices de los instrumentistas se veían incordiados en todo momento por la puñetera "abejita". Hasta dónde llegaría el caso que, finalmente, viendo cómo un buen número de personas abandonaba la sala y quienes se quedaban no hacían más que quejarse, tuvieron que ser los propios músicos los que hicieran algo al respecto. Apagaron la amplificación, orientaron sus monitores hacia el público, se recolocaron olvidándose de los sets de percusión y batería y comenzaron con otra interpretación. Aquí fue donde la segunda ley de la física hizo su papel. El sonido seguía siendo pésimo, pero parecía gloria pura comparado con lo anterior. Al menos se apreciaba el feeling de Cassandra cuando abordaba el blues, el talento de sus dos guitarristas o el terciopelo con que la vocalista acariciaba cada uno de los temas. Todo el follón sirvió para que, al menos, la Wilson triunfara en toda su integridad. La gente aplaudió a rabiar dejando claro que nada tenía contra los músicos, sino contra el puñetero técnico de sonido responsable del desaguisado. El grupo no hizo entonces nada destacable, pero lo que faltó (lógico, después de todo lo ocurrido) lo puso el público con su ilusión y los músicos con su profesionalidad. Lo único que quedó claro en esa noche fue que cuando hay un artista encima del escenario no hay nada que le desluzca. La cuestión es que nadie tiene ganas de que el artista se vea en la necesidad de demostrarlo. E.P.
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