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Bryan Adams + Blondie + Sunflowers + Cucas

Plaza La Cubierta de Leganés. 30 de abril de 1999

Me encanta que empresas privadas vean en los conciertos una forma de promocionarse. De hecho, y aunque yo no soy ningún técnico publicitario, me parece mucho más rentable para una compañía como Movistar patrocinar un cartel atractivo que hacer anuncios sexistas en los que una mujer va paseando sobre las siluetas de sus maridos asesinados (si ese mismo anuncio hubiera invertido los sexos habría estado prohibido por fomentar la violencia doméstica). Hay quien piensa que el hecho de que multinacionales de diferentes sectores ofrezcan su patrocinio a los grupos hace de éstos algo indeseable. Mi manera de ver la historia, sin embargo, pasa porque tan interesante es el mecenazgo en la música como en cualquier otra arte y que, mientras que las bandas no tengan que hacer nada que ellas no deseen, siempre es positivo este tipo de asociaciones, ya que los poderes públicos han demostrado que siguen viviendo en el siglo pasado y que no se enteran de que la música actual también es cultura.

Yendo al grano, habrá que decir que el cartel propuesto por Telefónica para su gira de este año no estaba nada mal. Proponía a dos grupos primerizos de la escena española, a un muerto resucitado y a un valor fijo de ventas masivas. El hecho de que el asunto comenzara relativamente temprano y que las carreteras de salida de Madrid se colapsen todos los viernes por la tarde me imposibilitó ver a los Cucas, una banda que ha debutado este mes con una multinacional después de sacar dos álbumes que apenas tuvieron repercusión. Tenía interés por verlos en directo, ya que su propuesta es de ésas que igual parte como que se queda en una esquina y el directo puede ser, por ello, una de las bazas que haga destacar al grupo sobre otras ofertas similares y colocarlos en un lugar preferente de cara al próximo verano. El caso es que lo primero a lo que llegué, junto con mi chica, fue a ver a Sunflowers, una banda que mejora cada día y que ya va solidificando su propuesta en vivo. En un par de meses les he visto tres veces y cada vez me han gustado más. Su vocalista va cogiendo cierta presencia sin caer en el tópico de ir de chica sexy y los músicos van rodando las canciones haciéndose cada vez más libres de su instrumento sin llegar aún a pisar las tablas con algo de carisma. Lo bueno es que no se asustaron ante el escenario (bien coqueto, con dos pantallas de vídeo enormes) y que supieron ir de menos a más. Después llegó Blondie con una Deborah Harris en una postura totalmente contraria a lo que ofreció la banda anterior. La vocalista se empeña en creer que aún es llamativa y que sus movimientos de caderas pueden generar los espasmos de líbido que provocaban hace veinte años. Se enfundó en una falda dos tallas menor de la que realmente gasta y daba la impresión de que la cremallera iba a estallar en cualquier momento poniéndonos a todos contra la pared. Puede ser una lástima, pero es cosa natural: Barbie no envejece, pero los demás sí. De ese modo, una imagen que ya se está volviendo habitual (hasta Isabel Tocino usa el mismo tinte y peinado que Debie) llenó las pantallas de vídeo haciéndonos una regresión musical que nos llevó a todos a nuestra más tierna infancia. El repertorio elegido colaboró,ya que el nuevo material de los resucitados todavía es poco solvente para volver a presentarse en directo. A un resumen de "grandes éxitos", Blondie unió su reciente Maria, que fue, a la postre, el único tema que consiguió catalizar a todo el público de La Cubierta, si bien el cierre con Heart of glass dejaba, por lo menos, un alegre saborcillo de nostalgia a los más maduritos. Limpieza musical, un sonido digno y un diseño italiano en los trajes de los músicos (todos con pantalón de cuero) fue lo más llamativo del set, ya que la Harris, quiera darse cuenta o no, ha perdido todo el glamour que tuviera hace años. Al salir del concierto me pasó por la cabeza una idea sugerente. Si algunos parlamentarios están tan preocupados por el tema de la anorexia podrían organizar una campaña con Deborah Harris y Cristina Almeida para demostrar que, sin ser delgada, también se puede ganar un dineral en el mundo del espectáculo. Lo de Bryan Adams fue la otra cara de la moneda. Le bastó salir a escena para poner la plaza boca abajo. No es que tuviera demasiada suerte en esta visita, pero el canadiense va siempre de gira con un zurrón cargado de temazos que ya son conocidos hasta por el último empleado de Movistar. Se presentó en trío después de lavarse con Ariel y puede que fuera por eso por lo que todos los amplificadores, instrumentos y prendas del conjunto fueran blancas blanquísimas. El escenario se completaba con cuatro telones llenos de lucecitas diminutas y con una iluminación propia de un plató cinematográfico. El grupo, como parece que hacen ya casi todos los artistas que pueden permitírselo, eliminó los monitores del frente de la escena para permitir una mejor visión y utilizó el sistema de microcascos para seguir sus propias evoluciones. Adams se mostró en todas sus facetas, desde la de rockero melódico hasta la de melódico blandito, y obtuvo con todas sus canciones el mismo resultado ante un público entregado. El sonido dejó que desear, lo que, añadido al formato de trío, convirtió muchos de sus temas en un "quiero y no puedo" que no pareció importar demasiado al respetable, más ocupado de cantar las canciones que de escuchar una guitarra que muy pocas veces llegó más allá de las cinco primeras filas. Por lo demás, el repertorio era ideal para cerrar una fiesta de un montón de horas y una alegre banda sonora para la próxima campaña de telefonía móvil. El público se lo pasó de miedo moviendo los brazos, cantando a voz en grito y tirándole de todo (en buen plan) en cuanto se acercaba a las primeras filas. La retransmisión por las pantallas de vídeo permitió a las chicas acercarse todavía más al hombre de blanco y comprobar que, en contra de lo visto en el set anterior, hay quien puede controlar su línea aunque pasen los años.

E.P.

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