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Bruce Springsteen

La Peineta. 7 de junio de 1999

Hoy en día, un hombre como Springsteen no está de moda. No está de moda porque es capaz de poner a bailar a veinte mil personas con la sola arma de sus canciones. No lo está porque suda en el escenario hasta perder cinco kilos. No está de moda porque a los cincuenta años sigue manteniendo un vigor digno de un colegial y no está de moda porque su vestimenta sigue siendo la de un camionero de New Jersey. Cada uno de estos motivos puede ser esgrimido por los seguidores de los grupos minoritarios que, en directo, se anclan los pies al palo del micrófono, aburren a los muertos y no consiguen sacar de su discografía repertorio para más de media hora interesante. Para ellos, obviamente, Springsteen es un dinosaurio que solamente hace rock'n'roll y que debería haberse retirado hace mucho. Lo más gracioso del tema es que, cuando este hombre se sube a un escenario, da una barrida general a todos quienes ya le habían enterrado y siguen buscando "estrellas" donde apenas hay bombillas.

La gira de este año del norteamericano traía como novedad la recuperación de la E Street Band, el grupo con el que Springsteen ha cuajado sus mejores obras y sus mejores tours. El recurso, que firmaría en su fuero interno cualquier músico, aun cuando su posturita tenga que ser la de decir que eso no le interesa, es válido de por sí. No se busca novedad, no se trata de entrar en corrientes contemporáneas ni de ir con una tendencia innovadora por la vida; se trata solamente de reunir a una panda de amigos que tocan como los ángeles alrededor de un repertorio con un gancho increíble. El tiempo pasa, eso es evidente, y la pared de sonido que era la E Street Band en su último paso por España poco tiene que ver con la elegancia y la solvencia que expone ahora la formación. Clarence Clemons ya no es esa máquina capaz de sudar tanto como el propio Springsteen, pero sigue teniendo un punch capaz de poner a un estadio boca abajo. Ni Lofgren ni Van Zandt son adolescentes con guitarras ardientes en sus manos, pero son quienes mejor interpretan las melodías de Two hearts, Badlands o Working on the highway. Sí, el tiempo pasa. Y pasa para todos menos para Springsteen. Yo no sé qué comerá este hombre, pero sigue siendo impresionante ver cómo, mientras a su alrededor caen los años, él sigue mostrando una energía y un magnetismo que le permite dominar a una masa de público enorme mientras el panorama musical actual se llena de artistas que apenas son capaces de transmitir más allá de la quinta fila. El escenario plantado en La Peineta era, evidentemente, uno de esos propios para la ocasión. Grande y cubierto, no tenía, sin embargo, más efectos escénicos que un par de pantallas de vídeo a los lados y tres escaleras de acceso para que los miembros de la banda descendieran a un segundo nivel que les permitía estar más cerca de las primeras filas. Ni siquiera las luces eran propias de un macroshow como el que utilizan otras bandas de estadio. Springsteen parece no necesitarlo. Le bastó salir, saludar y arrancar My love will not let you down para llevárselo muerto. Un océano de manos se elevó sobre las cabezas que llenaban el césped y los altavoces empezaron a destilar la música que debe salir cuando se utilizan cuatro guitarras, bajo, batería, dos teclados y un saxo. Se anunciaba un show plagado de grandes éxitos y, aunque en un repertorio como el de Springsteen siempre se puede quedar algo fuera, es que el asunto se movió más o menos en la línea. Prove it all night long, Two hearts y Darkness on the edge of town fueron la primera andanada y resultaron suficientes para que el público se entregara sin atender al paso de los años que comentaba antes o a las comparaciones que pudieran surgir ante el anterior paso de la E Street Band por Madrid. Cualquiera de quienes pagó la entrada se puso a rentabilizarla con creces mientras que más de diez de entre la prensa comenzaron a buscar defectos empeñados en defender que la música actual no necesita "Springsteens", sino chavales jóvenes que hagan lo mismo que él pero en plan aburrido y, a ser posible, con máquinas de última generación. Sólo ellos sufrieron las tres horas siguientes; el resto del estadio se lo pasó pipa y no paró de bailar en toda la noche. En mi opinión, el norteamericano se pasó cuando quiso que la gente participara. Nunca me han gustado los típicos diálogos entre músicos y público consistentes en "Ye, ye" alargados hasta la eternidad, pero es innegable que a la peña le agrada formar parte de una canción aunque sea una canción sin forma. Ese tipo de cosas, además, me parecen tan previsibles como aburridas. Sabes que tarde o temprano todo va a coger un crescendo en el que el público desenfrenado acompaña a un torrente musical que, por fin, cierra la pieza para dar paso a uno de los temas potentes. Me encantaron las interpretaciones de Badlands y Out in the streets, dos de las piezas que mejor quedaron en el repertorio de veinticinco canciones que se marcó la banda, y disfruté también con los bises en los que el grupo enganchó Hungry heart, Born to run y Cadillac ranch. Por el contrario, me pareció muy floja y desasistida la versión de The river o los temas acústicos como Ghost of Tom Joad, que cortaban el ritmo del show de una manera radical. En conjunto, es ineludible el hecho de que encima del escenario había un hombre que, con su solo repertorio, era capaz de hacer divertida y disfrutable una noche de lunes después de llenar un estadio, algo que contrasta con la desgana de muchas bandas cuando se ven obligadas, por fechas, a tocar en el primer día de la semana. A Springsteen eso parece importarle poco: él hace el calendario, el horario, pone a la gente en el cielo o la encierra en un tema íntimo en el que las parejas se abrazan. Sí es cierto, y evidente, que esta gira no está saldándose con un resultado artístico tan positivo como otras que este personaje se ha marcado por España, pero también es obvio que un show de Springsteen está, todavía, a años luz de lo que ofrecen los grupos surgidos en los noventa. El de New Jersey identifica, aún en plenitud, a ese tipo de artistas que ofrecen la integridad y la profesionalidad como bandera: trabaja hasta quedar exhausto, se lo pasa de muerte en el escenario, tiene el detalle de hablar castellano aunque tenga que leerlo con una nota pegada en el suelo… Trata de agradar y agrada. Su asunto no tiene más complicación y no aborda más pretensiones. Llegó, incluso, a dedicar un tema al público español señalando que éste ocupa un lugar importante en el corazón de todos los miembros del grupo. La pieza, que cerró el concierto, fue The land of hopes and dreams, tema tras el cual la E Street Band dio su definitivo adiós con un saldo más que satisfactorio. Yo me fui contento. Y mi chica mucho más que yo.

E.P.

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