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Bebo Valdés San Juan Evangelista. 6 de marzo de 1999 Bebo tiene ya más de ochenta años y, por muy leyenda que sea, en algo se le tiene que notar. Siempre he apreciado en los músicos cubanos su capacidad para conservar la energía, su displicencia hacia el paso del tiempo y su burla por las épocas y las modas con una permanencia activa que me hace ser envidioso por naturaleza. Lo de Bebo es como lo de Compay: parece que están ahí dispuestos a dar la vuelta al cuentakilómetros del siglo y, además, lo hacen en plenitud de facultades y manteniendo un nivel que les permite seguir siendo referente para los nuevos músicos. Eso no quita para que el ritmo que destila su música, esa corriente eléctrica que establece siempre entre su piano y la cintura de la gente, vaya adaptándose al ritmo vital que Bebo le pide ya a la música. Además, en esta ocasión se acompaña de músicos que no son especialmente de su cuerda, de artistas casi académicos capaces de inflar una partitura pero demasiado tímidos para meter la directa. Así, el repertorio que nos enseñó el pianista lucía en arreglos y en solos, en armonías y percusiones casi edulcoradas que pedían con insistencia que alguien bailara las piezas, ya que, sino, como así fue, todo se quedaba en un suspiro, en un concierto sin intención válido para aumentar la lista. Si bien Bebo demostró en todo momento su carácter afable, sí se esforzó en contentar al público y, aunque para ello eligió un repertorio variado en el que no faltaba nada, no se puede señalar que las interpretaciones realizadas alrededor de las piezas propias o de los recuerdos de Dizzy Gillespie sonaran con la intensidad que fueron creados. Faltó calor y eso, al hablar de música afrocubana, es decir que faltó todo. El espectáculo pareció más una sesión de hilo musical, con un sonido exquisito y con un eclecticismo rítmico que se agradece, que un concierto en directo de ésos en los que los músicos sudan y transmiten. Aquí todo se asemejaba a una sesión de grabación, un entendimiento entre Bebo y sus acompañantes: tres percusionistas que se quedaron cortos, la sección de metal con saxo, trombón y trompeta, y los habituales contrabajo y guitarra. El público solo estaba presente cuando se le comentaba algo en forma hablada, cuando el maestro nos recordaba su trayectoria o cuando Eladio Reinón, el maestro musical y saxofonista, presentaba los temas con poca soltura. E.P.
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