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Ani DiFranco La Riviera. 23 de marzo de 1999 Esta era la segunda visita de Ani DiFranco, oriunda de Buffalo (cerca de las cataratas del Niágara), a Madrid en escaso período de tiempo. Demasiado escaso, quizá. Y demasiado esperanzado estaba su promotor, que cambió la sala Caracol, donde actuó en su visita del año pasado, por la seis veces más amplia de La Riviera. No se llenó. Más bien hubo de sufrirse el desolador paisaje de una más que moderada entrada. No llegó a las mil personas el aforo, el cual, eso sí, entregado y sospechosamente alto, rubio y con acento yanqui, coreó, aplaudió, jaleó y saltó todas las canciones de la, hasta hoy, cantante underground, productora, dibujante, luchadora La multitud de discos que atesora Ani DiFranco --sólo unos cuantos han sido editados en España-- parecía ser más que conocida por un público en su mayoría extranjero, probablemente paisano de la artista. Ella venía a presentar el último Up, up, up (y seis veces up), que está recibiendo las mismas buenas críticas y el escaso respaldo del público que el anterior Little plastic casttle, el cual, sin embargo, la dio a conocer a un buen número de personas por estos pagos. Los dos "gorilas" que velaban a los lados del escenario por la seguridad de la artista se aburrieron mucho. No hubo acción. Cradle abrió el fuego y presentó a una chica menuda, saltarina, de grandes pantalones, pequeño top y locos cabellos que no descentró en ningún momento el recital de aquello a lo que iba: a cantar. Una lacónica lona negra tapaba todo el fondo. En primer plano, ella; a la derecha del público, Thuh Third, difícil de distinguir entre teclados y acordeones y difícil de definir en el interior de un mono de faena azul de albañil como el que lucían igualmente los otros dos miembros de la banda. A la derecha de Ani, el bajista, Reginal T.; tras éste, no tras ella, el batería P. Dickinson, presentado a los postres del show como un auténtico breakdancer. Y en tan escueta puesta en escena sólo un hecho llamó la atención: el constante goteo de guitarras con que el "pipa" acosaba a la cantante; por supuesto, los cambios respondían a una necesidad solicitada por Ani DiFranco, pero la lluvia llegó a ser tal que no repitió guitarra con canción, aunque, suponemos, no todas las mismas eran distintas No puede ser que en casi una veintena de canciones estrenara una veintena de guitarras. Fue algo que resultó divertido. En cuanto a luminotecnia, el show de presentación de Up, up, up, up, up, up se inscribió en el mismo laconismo que el decorado. Rojos y azules sólo dejaron paso a morados mezclados para iluminar a una "jovencita" que llegó a La Riviera para cantar y que eso fue lo que hizo. El show estaba en ella. Ani DiFranco no sólo posee un cuidadísimo juego de sonoridades vocales con las que otorga a las canciones montones de registros diferentes que hacen de cada corte varios distintos. Ese feeling que casi sólo se consigue desde el estudio y la práctica del rhythm and blues, del soul, es el que posee la voz de la norteamericana y que dejó patente en cada tema, variando arreglos casi constantemente. Igual que los juegos vocales, Ani supo aprovechar sus dotes dramáticas para, realmente, actuar en cada canción sobre el escenario. Dramatizaciones, bromas, chistes (todo el mundo se reía, todo el mundo entendía su acento norteño, todos respondían a un inglés difícil de entender), complicidad entre el público y la artista No faltó tiempo ni momento para intimidades y acordes acústicos solistas (la guitarra, claro, cambió para la ocasión) e incluso para un dúo marcadamente folkie entre dos voces, una guitarra y un acordeón. Pero la apoteosis final demostró que Ani DiFranco, además, sabe tocar. Si Jimi Hendrix hubiera levantado la cabeza la habría doblegado ante lo mucho que algunos de sus seguidores han aprendido de lo que él profetizó. Ani jugó a su antojo, violó a conciencia, a una guitarra española enchufada golpeándola con falsos encontronazos contra los monitores acústicos que la separaban del público. Los chirridos melódicos que consiguió arrancarle a otra de sus sufridas guitarras dieron paso a un bis que supo a poco tras el alarde instrumental recibido instantes antes. En conjunto, un buen concierto que hubiera necesitado de más representación nacional. Sonia Martínez
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