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Almuñécar se consolida

Julio de 1999

Siempre a la sombra de los grandes certámenes estivales vascos, los doce años del "Festival de la Costa" le han servido para abandonar todos los complejos y establecerse como la cita jazzística más importante del verano andaluz, capaz de mirar casi de frente a San Sebastián y Vitoria, con los que algunas noches ha compartido cartel aunque no presupuesto: el suyo es inferior a un 10% del manejado por los norteños.

El Festival Jazz en la Costa se celebra en la localidad granadina de Almuñécar en un entorno idílico. El escenario está emplazado en un parque de exuberante vegetación tropical (el microclima de esta zona permite un lujurioso verde ambiental tanto como la fabricación de ron moreno o la recogida de fruta de latitudes caribeñas). La música suena debajo de un castillo árabe y encima de una vieja factoría fenicia de salazones, espacio donde caben cuatro mil personas sentadas en mesas y sin pagar entrada, ya que es completamente gratuito. En esta edición han pasado por el Parque del Majuelo, que así es como se llama, un cifra de público estimada en 20.000 personas, aficionados, militantes o simplemente curiosos, que dan un encanto especial a este programa: "tocar aquí es la gloria", dijo Perico Sambeat, que además aprovechó las pruebas (como todos) para darse un chapuzón.

La edición 99 ha durado siete días con el complemento de los trasnoches y los pasacalles realizados desde un camión-escenario al viejo estilo Nueva Orleans. Sus protagonistas han sido Cubop en las noches y música ambulante, Fabio Miano con Perico Sambeat, la Jam Session de Nicholas Payton, el panameño Danilo Pérez Trío, Eddie Palmieri, Branford Marsalis, Marc Ribot y Silvia Torres.

Para entrar en calor, el día 19 actuó el italiano Fabio Miano (que venía de hacer un homenaje de una semana en el centenario de Duke Ellington junto a la cantante Celia Mur) acompañado por Perico Sambeat y Kurt Rosenwinkel. Fue un concierto irregular, improvisado sobre la marcha y que salvó la pericia de Sambeat, quien dio un golpe de mano a partir de su precioso "Body" para apropiarse de la noche, y un crecido batería Julio Pérez (quédense con este nombre puesto que, a pesar de ser un músico local, es toda una garantía en las percusiones). Fue una noche dispersa, con dos grupos en uno: Miano "monkeando" por su lado y Perico "coltraneando" por su parte, quedando el guitarrista norteamericano en tierra de nadie abortado desde la mesa de mezclas.

La cosa cambió mucho con la aparición de los titanes que capitaneaba el trompetista Nicholas Payton. Nada de jam, aunque el nombre lo sugiriese: todo un Ensemble engranado y con ganas de epatar. Un fiesta de metales a cuatro y cinco en fondo y con un repertorio escogido para llegar inmediatamente, con temas que iban desde Herbie Hancock al imponente "Lester lips". Entre medias, se exhibieron en los tiempos íntimos con clasicazos de las distancias cortas, como "In a sentimental mood", "Easy living" o "Skylark", a razón de una cita por cabeza y con un registro personal tan variado como el bop de manual de Jesse Davis o el sonido liso, duro y pendenciero de Eric Alexander (casado días atrás, por cierto, con una andaluza).

Danilo Pérez se distanció de lo escuchado hasta el momento acudiendo a unas formas de club. El trío recurrió a las enseñanzas de Gillespie y a la brillantez (patente obligada) de Corea en un concierto reconcentrado y duro para los menos entendidos. Era "jazz con arroz y fríjoles", como dijo, pero con más de lo primero. Sutil, introvertido y monkiano hasta la médula, el panameño no desaprovechó la ocasión para citar también a Ellington, guiñar con "Recuerdos de la Alhambra" y terminar con un estricto blues en los bises.

La segunda noche latina estuvo a cargo de Eddie Palmieri y su Salsa Tentet, aunque salsa hubo poca para quienes querían gastar suela. El legendario pianista abrió con una extensísima improvisación aparentemente desarticulada en la que pasaba de los boleros a la atonía o a arquitecturas directamente emparentadas con Satie. Con su multitudinario grupo, el portorriqueño alumbró dos portentosas piezas ("Palo pa rumba" fue una de ellas) en las que la orquesta conjuntada trajo a la memoria los grandes años del potente sonido Fania, latin jazz urbano y reconcentrado. Un punto de comunicación que se perdió cuando dejó campo libre a sus percusionistas para asombrar con sus habilidades, muchas y sin límite, pero que diluyeron el espíritu del concierto en una serie de clases magistrales, de exhibiciones técnicas inacabables y extrañamente dispuestas. Palmieri enseñó la calidad del material, pero no permitió ver la prenda entera: una verdadera lástima.

Afortunadamente, el mayor de los Marsalis vino a poner las cosas en su sitio. El saxofonista dejó el que probablemente fuera el mejor de los conciertos de jazz en un festival autocalificado de "ecléctico". Impresionante su dominio de los sonidos y su capacidad de maniobra entre guiños clásicos y apuestas por el jazz del siglo venidero. Lejos del autismo genial de su hermano, Branford recordó inevitablemente a su amigo Kenny Kirkland ("Fuschia") mientras puso el pelo de punta al respetable con enormes baladas en las que el tiempo parecía detenerse momentos antes de desatar toda una tormenta de sonido inenarrable.

El que es guitarrista preferido de Tom Waits y Elvis Costello llegó a Almuñécar con la vitola de hombre musicalmente abierto y amante del riesgo. Con sus Cubanos Postizos, Marc Ribot apostó valientemente por los quiebros y los cambios de mano. Tratando mucho sus sonidos, el suyo fue, como era de esperar, un recuerdo continuo al

Ciego Maravilloso, el tresero Arsenio Rodríguez, interpretando su disco de tributo y varias piezas más que, como la denominada "Como fue", auguran continuidad a ese trabajo. Ribot dibujó sobre ellas sus punteos imprevisibles, con querencia por el blues y los acordes imposibles; si me apuran, fue más un concierto de rock experimental. Esa era la mentalidad y el perfil, aun respetando el corazón rítmico y acercándose a la alegría sonora de los originales, algo inalcanzable para un yanqui de New Jersey por más que lo intente.

Como cierre de festival estuvo la bella Silvia Torres, el ombligo de Bahía, una apuesta por el pop brasileño de última generación. Así abrió su concierto, con un anómalo espíritu comercial que, afortunadamente, fue derivando hacia el interior de la pulsación bahiana. Con trepidación percutiva y glamour afrancesado (parecía Silvie Vartán en "Dans mon ile"), Torres es un diamante en fino que lo mismo se acercaba al "mama-chicho" pop que al blues y al soul saliendo bien parada vocalmente. Como curiosidad hay que reseñar la interpretación de "Magamalabares", pieza compartida con Marisa Monte en la que ambas hacen patente su admiración por el poderoso talento de Carlinhos Brown. El suyo fue un cierre de festival multitudinario y festivo, con más de tres mil personas bailando y obligando a la cantante a agotar su repertorio e improvisar un final sobre standards deprejuiciados.

Juan Jesús García

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