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William Ackerman. Octubre de 1998

La historia de Windham Hill

Hablar de él es hablar de una leyenda. Su música recibió el apelativo de "new age" y consiguió entrar en mercados hasta entonces sólo aceptados por la música popular. Fundó el sello Windham Hill como si fuera un juego y se convirtió en el emblema de una música que rompió moldes. Guitarrista, compositor y carpintero, Ackerman dejó los negocios para poder hacer surf y parapente. Este año ha vuelto a grabar y su gira le ha traído a España. No era cuestión de perder la oportunidad de hablar con él.

Sus ojos azules destacan sobre una piel colorada más propia de un cangrejo que de una persona. Sus últimas alegrías, pasadas sobre la tabla de surf y bajo el parapente que ha utilizado para conocer mejor las montañas del Himalaya, le han dejado huella. Hoy Ackerman es una leyenda en el mundo de la música, pero no siempre lo fue. De él se cuentan excentricidades tales como que llegó a contestar un examen de geometría con una poesía. Pero ésa es solamente una más. La historia del nacimiento de Windham Hill es una verdadera novela que ha sido escrita cien veces por cien historiadores distintos. Hablar ahora de Windham Hill es hablar de una de las grandes etiquetas de música instrumental, con un catálogo amplísimo y participada al cincuenta por ciento por una multinacional del tamaño de BMG.

Ackerman fue un emigrante alemán que nunca conoció a sus padres. Adoptado por un profesor de la Universidad de Stanford a los nueve años, creció convenciéndose de que lo que a él le gustaba era el campo, las florecitas y la vida bucólica. Otra cosa que le encantaba era tocar la guitarra. Ubicó su casa en Palo Alto, California, y allí, junto con un buen número de amigos, se pasaba los fines de semana tocando su guitarra en cualquier sitio que les pareciera que todo sonaba bien: iglesias, cuevas, porches… "A la gente le gustaba "--recuerda--". De vez en cuando me invitaban a cenar para que después tocara la guitarra. Al principio era divertido, pero al final tenía que ir a casa de tanta gente que me parecía pesado. Les dije a todos: '¿por qué no me dais cinco dólares cada uno y así grabo un disco para que os lo pongáis cuando queráis?'". El caso es que reunió el dinero y, claro, tuvo que grabar el disco. Ackerman no hacía nada especial (sólo tocaba la guitarra), pero su música tranquila, bucólica, con parte de folk y con un sonido acústico parecía encuadrar muy bien en un terreno tan campestre como Palo Alto.

Segunda parte

La segunda parte de la leyenda de Windham Hill es que el ingeniero que grabó el disco no quiso cobrarle a Ackerman por su trabajo. "Se llamaba Scott Saxon. Después de tocar me dijo a través del cristal del estudio: 'esto es gratis' y yo ya no oí más. El caso es que en la declaración de derechos del álbum él se anotó como productor, algo que hizo con algún disco más que grabamos. En mucho tiempo no supimos de él, por lo que cuando llegó la liquidación de derechos metimos su dinero en una cuenta corriente. Cuando apareció se había juntado con más de doscientos cincuenta mil dólares". Sí: eso que nació como un álbum para los amigos del pueblo resultó ser uno de los últimos booms de la industria discográfica. El disco que grabó Will ("In search of the turtle's novel") tuvo alguna repercusión, pero también de forma casual: el prensaje mínimo del disco era de quinientas copias y sólo había conseguido sesenta colegas dispuestos a comprarlo. Algunas de las restantes las mando Anne, la esposa de Will, a radios y revistas. Ella fue la creadora del logo de Windham Hill (el terreno en el que el matrimonio tenía su casa) y la inventora de ese diseño tan simple que identificaría con posterioridad los discos del sello: un fondo blanco con una foto en medio.

La cuestión es que alguna radio perdida de música especializada empezó a pinchar el disco y los oyentes (muy activos en estos géneros) empezaron a pedir información. En dos telediarios, William Ackerman era una personaje considerado y había inventado un nuevo estilo musical. "La primera vez que vi que a mi música la llamaban 'new age' fue, precisamente, en el 'New Age Journal', una publicación alternativa. Eso fue a principios de los ochenta. Quien ha visto cómo ha evolucionado esa etiqueta probablemente se entristezca al ver en lo que se ha convertido nuestra idea", comentaba Ackerman mientras recordaba aquellos días. En un principio, Windham Hill era un invento de aficionados, con grabaciones que costaban dos duros y con el único interés de conseguir los dos duros que costaba plasmar en disco la música que les apetecía.

El verdadero éxito de Windham Hill llegó tras el fichaje del pianista George Winston. "Siempre me estaba llamando por teléfono y teníamos unas conversaciones larguísimas sobre la música que nos gustaba. Un día, ya harto, le pasé la llamada a un amigo diciendo que no estaba y, cuando colgó, me dijo: '¿Este es el Winston del piano?' 'No creo', le contesté. La cuestión es que un día, después de un concierto, me vio y me invitó a su casa. No solía aceptar este tipo de invitaciones, pero ese día sí acepté. En su casa empezó a tocar la slide guitar y me impresionó, pero me impresionó más cuando me enseñó las transcripciones que había hecho de mi música al piano. Cuando ya estaba metido en mi saco de dormir me preguntó si no me importaba que tocara el piano antes de acostarse. '¿Por qué no?', le dije. Al día siguiente, camino de la estación, no paré hasta convencerle de que grabara un disco para Windham Hill con su piano. El quería hacerlo con la slide".

Los discos de Winston en el sello fueron la guinda que faltaba. A quien no le colgaba la guitarra de Ackerman lo hacía el piano de Winston. "Cuando George grabó 'Autumn' es cuando me di cuenta de que Windham Hill era un fenómeno imparable. Recibimos una oferta de A&M para distribuirnos a nivel mundial y en seguida nos comunicaron que teníamos siete discos de oro en el mercado japonés". Eso fue en 1982 y Windham Hill apenas había destacado en el mercado más que con las grabaciones de Ackerman, Winston y, por supuesto, el "Turning: turning back" de Alex de Grassi, un primo de Ackerman que también resultó ser un virtuoso. Entre los tres consiguieron que Windham Hill facturara, sin quererlo, más de un millón de dólares en un año.

¿Crecer? ¿Qué es crecer?

"Mi vida no es espectacular. Como hamburguesas y tengo un viejo camión. Hay veces que la gente confunde mi música con mi vida y se creen que tengo una filosofía concreta. Es normal para mí asumir riesgos, ya que siempre escucho a mi corazón, pero mi auténtico talento es haber permitido grabar a gente que, de verdad, tenía talento".

La música acústica, bucólica y relajante que ofrecía Windham Hill en sus grabaciones llegó a ser todo un género. "Al mismo tiempo que grabábamos nosotros estaba Kitaro en Japón y Andreas Vollenweider en Alemania. Hacer música instrumental no era sólo una cuestión nuestra, aunque tuviéramos más éxitos. A mediados de los ochenta ganábamos veinticinco millones de dólares al año y los grandes querían imitarnos. No comprendían que esta música tuviera mercado, pero era evidente que era así. En una ocasión, un personaje de Capitol trato de comprar Windham Hill, pero no llegamos a un acuerdo. El me dijo: 'Bueno, da lo mismo. Contrataré a un pianista y pondré el fondo de las portadas todo en blanco'. La gente de la industria no terminaba de entender lo que hacíamos". Así fue. Un crítico neoyorquino llegó a decir que todos los sellos que surgieron de new age (Narada, Lifestyle, Audion…) sólo coincidían en una cosa: trataban de imitar el sello creado por Ackerman. "Windham Hill era casi un término genérico. No me sentía cómodo con que globalizaran todo lo que hacíamos como una etiqueta simplemente. Era una maniobra de marketing. Daba la impresión de que new age fuera un estilo de vida sana, con filosofía, religión y vida campestre. Lo cierto es que no era nada de eso y de todos los músicos de Windham Hill que recuerdo sólo puedo decir que eran completamente distintos".

Ackerman terminó abandonando el sello. "Aun estando encantado del progreso estaba viendo que los logros de Windham Hill se alejaban mucho de lo que en un principio era su idea. No me encontraba cómodo siendo presidente y convirtiéndome en un ejecutivo. Llegué a ir a cenas de negocios en lugar de escuchar música de gente que se nos ofrecía. Cogí una enorme depresión con una subida de presión arterial. Cuando fui al médico me recetó medicamentos y decidí que lo mejor era pasar de eso e irme a Vermont a vivir tranquilamente. Estuve un tiempo como encargado de producto del sello, pero mi vida me pedía nuevos retos y vendí mi parte de la empresa". El comprador fue nada menos que BMG, una de las grandes multinacionales de la industria. Una de las condiciones que impuso la multinacional a Ackerman para comprar el catálogo del sello fue que él mismo no montara un sello distinto con la misma temática (es alucinante lo que puede hacer el comercio, ¿verdad?). Así que, tras descansar y pensar, Will creo Spoken World, un sello de grabaciones en los que no existiera música: sólo palabra hablada. Se dedicó al alpinismo, al surf y, lo más importante, "a purificarme de una vida llena de burocracias y negocios". Para él, empezar otra vez era disfrutar componiendo. "No sé si eso se nota en mi nuevo disco, pero para mí es un concepto totalmente diferente. Todo vuelve a ser divertido".

Ackerman ha vuelto a la música con "Sound of wind drive in", el álbum que ha presentado el mes pasado al público madrileño. "No puedo decir que haya evolución. Quiero comunicar mi emoción, una emoción que ni yo mismo sería capaz de explicar con mi palabra. Es como si entrara en trance, llegara al corazón y de ello obtuviera algo sincero y honesto. Tengo más precisión en mi técnica y todo mi desarrollo lo he sofisticado para expresarme mejor. Con todo, seguro que hay personas en cualquiera de mis conciertos que toquen la guitarra mejor que yo". En su nuevo álbum, Ackerman vuelve tras seis años de silencio, incluyendo la voz como vehículo expresivo y aportando musicalmente sus vivencias de todo este tiempo.

Como él dice, no ha habido evolución, pero eso no supone que estemos ante un sordo. "Escucho mucha música. No entiendo a quien sólo disfruta de un estilo. Tengo que admitir que soy un poco miope porque siempre que escucho algo estoy pensando en cómo lo grabaría, pero, por ejemplo, el hip hop me entusiasma y, aunque no bailo, hay algunas cosas de música dance con las que disfruto".

Es una parte de la historia de la música y aún está viva. Probablemente el concepto de "new age" ya murió, pero su idea conceptual no. Siempre existe música para ese momento perdido en el que los ritmos fuertes no consiguen emocionarte. En esos casos puedes acordarte de un carpintero que terminó siendo millonario para hacer surf donde le diera la gana. Y, sobre todo, en sus melodías de guitarra, melodías que pueden ser más representativas de nuestro mundo dentro de veinte años que ahora mismo.

E.P.

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