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Festival de Jazz de Vitoria. Julio de 1998 La consolidación de Brad Mehldau Un año más, los organizadores de este gran evento han puesto todo de su parte para que el aficionado quede con buen sabor de boca. Durante la celebración del festival no sólo se asiste a conciertos, sino que la ciudad entera tiñe su panorama cultural en relación a una música que, gracias a los festivales de San Sebastián, Guecho y Vitoria, se va haciendo sumamente popular en Euskadi. De ese modo, en Vitoria no solamente se celebra el hecho de que los conciertos con más riesgo y con músicos menos conocidos cuesten únicamente seiscientas pesetas en la taquilla ni que cada vez sea más habitual tener en Mendizorroza a las más grandes figuras del género, sino que también se disfruta al ver paseando por las calles de la ciudad a The Little Rascals Brass Band, una de esas formaciones que, conservando el espíritu festivo de Nueva Orleans, tocan sus instrumentos mientras la gente les sigue caminando y bailando. O asistiendo al concierto para niños que la organización pone en marcha cada año para descubrir a los más jóvenes qué es eso de la música de jazz. Este año fueron las hermanas Katia y Marielle Labèque las que se encargaron de dar gusto a los más pequeños. Estas dos muchachitas francesas se han convertido en los dos últimos años en uno de los platos fuertes de la mal llamada música clásica, ya que, hoy por hoy, son el dúo más espectacular con el que se puede disfrutar del repertorio para dos pianos o para cuatro manos (que no siempre es lo mismo). A ellas se les encargó enseñar a los niños cómo cualquier partitura puede siempre ser tocada en clave de jazz. De ese modo, las Labèque se dieron un repaso a las piezas más populares de Brahms, Mozart, Chopin o Bernstein para aderezarlas posteriormente con el swing y con los recursos jazzísticos. No contentas con ello, y entusiasmadas por la respuesta que fueron capaces de obtener de los críos, la pareja animó a los más pequeños a subir al escenario y a tocar con ellas. De ese modo, más de un niño vitoriano podrá presumir en un futuro de haber tocado con una de las grandes divas de la música sinfónica. Eso, lógicamente, si las Labèque persisten en quedarse ahí, en un terreno tan competitivo como los Juegos Olímpicos y en el que hay que destacar todos los años para poder mantener un caché de prestigio. ¿Jazz? Era inevitable que las Labèque fueran la curiosidad del festival que empezó este año el día 12 de julio para prolongarse durante la semana siguiente. Ellas han recreado siempre música orquestal y, aunque nadie discute que son unas niñas prodigio (verlas aparecer en el escenario da la impresión de estar ante un desfile de moda infantil aunque ya no vayan a cumplir los cuarenta) por lo temprano de sus comienzos, su relación con el jazz se limita a algunos coqueteos discográficos. Uno de esos coqueteos fue su versión del "Rhapsody in blue" de Gershwin, que llegó a convertirse en superventas aunque fuera la enésima versión que se realiza de dicha obra. Esa era una buena excusa para traerlas al festival y recordar la obra del genial compositor norteamericano. De este modo, las Labèque aparecieron dos veces en Mendizorroza: una para su concierto infantil y otra acompañadas de la Big Band de la WDR para dar su particular versión de clásicos como "Love walked in" o "But not for me". Lo más destacable de su concierto fueron las adaptaciones de la ya mentada "Rhapsody in blue" y de la ópera "Porgy & Bess", convertida aquí en sesión de concierto al no existir vocalistas. Ambas adaptaciones les quedaron sumamente curiosas, ya que trasladar la sonoridad de una orquesta a una banda de metales es todo un ejercicio de imaginación. Sonó extraño escuchar la "Rhapsody" con las trompetas haciendo el papel de los violines o el "Summertime" de "Porgy & Bess" tocado con dos pianos, pero... es una manera como cualquier otra de volver a recuperar composiciones entrañables y de una calidad más que contrastada. Con todo, personalmente me quedaría con la orquesta y, a la hora de elegir a los intérpretes, buscaría a alguno que no tuviera los clichés y los ademanes de los músicos sinfónicos. Eso de echar la cabeza atrás continuamente, sacudir al piano como si fuera el gato de la vecina o pasearse por el teclado estando siempre a punto de caerse de la banqueta es algo que, por muy visto, me parece estereotipado. Más gracioso quedó el concierto de apertura, dedicado al gospel y con Mavis Staples y Lucky Peterson como protagonistas. Ambos recrearon el material que grabaron juntos en homenaje a Mahalia Jackson y lo cierto es que consiguieron una buena entrada el mismo día en que Ronaldo y Brasil estaban perdiendo el campeonato del mundo de fútbol y casi toda España (Vitoria incluida) estaba pegada al televisor. Después de darse una vuelta por estándares como "Precious lord" o "Nobody knows the trouble I've seen" alcanzaron el punto culminante cuando, al entonar el famoso "Oh happy day", Mavis no tuvo ningún reparo a la hora de poner el micro en la boca a los fotógrafos o a uno de los cámaras de televisión que estaba grabando el concierto. El cámara cantó, al igual que todo el público, y el concierto quedó de lo más chulo para ser una inauguración caída en domingo. Sí, jazz El jazz propiamente dicho llegó el tercer día, después de la inauguración gospeliana y del concierto para niños. En el Teatro Principal de Vitoria se dio el pistoletazo de salida al ciclo "Jazz del siglo XXI" y, en Mendizorroza, un monstruo como Joe Lovano aportó todo el swing y el feelling que no pusieron después las Labèque con la Big Band. El "Jazz del siglo XXI" presentó, en su primera sesión, a 3 Jazz Breaks, la formación que han completado el pianista Daniel Oyarzábal y el contrabajista Pablo Martín con el batería vienés Uli Soyka. La ocasión era buena, pues Daniel y Pablo han obtenido en este año premios de nivel internacional y han realizado numerosas actuaciones en formato de dúo, pero aún no se les había podido ver con batería interpretando sus propios temas. Su concierto aunó composiciones de Daniel ("Unísonos", "Tema en Hanck"...) con recreaciones de piezas de Charlie Parker y Herbie Hancock. Más acertados en sus temas que en las versiones, 3 Jazz Breaks dieron forma a un concierto poco personal, con una música muy medida que huía de la improvisación y que se acercó bastante al llamado "jazz de cámara". La calidad de las composiciones y la impoluta ejecución de las mismas hizo el concierto llevadero y disfrutable, aunque poco espontáneo, algo que viene siendo habitual en las formaciones europeas y, sobre todo, en los músicos españoles. Algunos lo llaman pretenciosidad, pero lo cierto es que este día quedó muy bonito. Además, para espontaneidad e improvisación llegaría más tarde Lovano, quien se presentó en Mendizorroza acompañado por el trío del pianista Mulgrew Miller. Lovano dejó las cosas muy claras desde el principio. En los noventa hay dos saxofonistas por encima del resto: uno es Joe Henderson y el otro él, por lo que... basta con tocar, ya que la calidad se da por entendida. Y así fue: sin inventos, sin aderezos ni pretensiones. Tres temas suyos, el habitual recuerdo a "la voz" que es norma en su repertorio después de grabar "Celebrating Sinatra", un clásico de Strayhorn y el "Work" de Monk. Con eso, con una banda de lo más solvente y con los momentos que nos regaló Miller tremendamente inspirado ante su piano, completó un show como para quedarse boquiabierto. Y, por si faltaba algo, para los más exigentes, una exhibición de cómo llegar a notas imposibles antes de afrontar "Blackwells message". Si es que se trataba de competir, el tercer día tuvo un ganador nato. El último recuerdo El miércoles día 15 los encargados de dar forma al "Jazz del Siglo XXI" eran nada menos que el acordeonista Richard Galliano y el clarinetista Michel Portal. Cuando se juntan hacen una música sin concesiones, con mucho calibre pero con un desdén premeditado hacia el oyente. Plantear sus composiciones con una sonoridad tan austera como la que producen sus instrumentos en solitario, sin otro tipo de acompañamiento, es una prueba de paciencia y de atención para el mejor de los públicos. El de Vitoria es de los mejores y no desentonó. Así, las composiciones propias de Portal ("Mozambique", "Blow up"...) y las de Galliano ("Taraf", "Viaggio"..) encontraron buen eco siendo combinadas con piezas muy escogidas de otros aventureros como fueron en su día Astor Piazzolla ("Oblivion", "Libertango"...) o Hermeto Pascoal ("Chorhino pra elé"). Si bien el concierto fue de lo más interesante, cabría preguntarse cómo le sentará a este dúo que un grupo, tarde o temprano, coja alguna de sus piezas y la haga popular a ritmo de trance o con marcas de jungle. Seguramente ellos ya no lo llamarían vanguardia, pero lo cierto es que el público al que llegara sería más numeroso aunque no tuviera la comunión que ahora ofrece a estos artistas. Por la noche, en Mendizorroza, se abrió la sesión con el magnífico show que ofreció el quinteto de Nicholas Payton acompañado para la ocasión por el guitarrista Mark Whitfield. Payton, que presentó a su banda como si hubieran salido directamente del Cotton Club (el saxofonista Tim Warfield vestía incluso camisa negra, traje negro y corbata blanca destacando entre una elegancia de lo más "fifties"), hizo un repaso a su discografía demostrando lo que todos sabemos: que cuando se trata de hacer jazz él lo hace de todo tipo con un gusto y una elegancia impresionante. Desde el hardbopero "Back to the source" hasta el bis bluesero de "Whooppin' blues", Payton hizo un verdadero recorrido por el dixie (bordó el "Wildman blues" de Armstrong), la vanguardia ("Paraphernalia", de Wayne Shorter) y alguna cosa más. Dejó a Whitfield en solitario para que intimara con el público en "The very thought of you" y abordó una balada impresionante en "People make the world". Este tema fue, junto con "My foolish heart", de lo mejor de la noche, aunque se hace difícil destacar un solo tema en una sesión tan completa y agradable como la que ofreció el trompetista. Además, volvió a mostrar un gusto excelente a la hora de comunicarse con el público, bromeando con él y haciendo sus pinitos en castellano. La noche la cerraba el último recuerdo del festival. Si las Labèque habían homenajeado a Gershwin y el primer día la música era una memoria para Mahalia Jackson, Dee Dee Bridgewater tenía el encargo de rememorar las magníficas noches que Ella Fitzgerald había ofrecido en Vitoria cuando aún estaba en este mundo. La ocasión la pintaban calva, pues "Dear Ella", el último álbum de Dee Dee, hacía exactamente lo mismo y había dejado clara la calidad de esta vocalista, quien, incluso, se hizo este año acreedora a un Grammy por esta grabación. Dee Dee estaba, además, acompañada por el trío de Ray Brown, ese mítico contrabajista que fue marido de Ella y que estuvo durante mucho tiempo siendo responsable de su acompañamiento musical. El concierto empezó con el trío en solitario y con piezas estándar ("That's all", "Estate"...) que prepararon muy bien el ambiente. Luego, envuelta en un precioso traje azul con un tocado rojo en la cabeza, apareció la diva, Dee Dee, envuelta en toda la parafernalia propia de la típica "diosa del espectáculo". Llegó con el tiempo justo para tocar evitando atender a la prensa, hizo colocar en el escenario una mesita con un termo de té para poder cuidar su garganta apropiadamente, soltó a sus encargados cuando creyó conveniente que no se la sacaran más fotos y estuvo toda la noche exagerando sus gestos hasta el punto de parecerse más a Ana Obregón que a la inimitable Ella. Sin embargo, cuando se puso a cantar, su garganta parecía un instrumento, matizaba lo que quería y era capaz de seguir al piano realizando unos scats dificilísimos. "Undecided", "Love for sale" o el "Mack the knife", encargado de cerrar el show, fueron los mejores momentos de un concierto que no abundó en los temas más conocidos de Ella, pero que dejó su espíritu volando por Mendizorroza. Respecto a Dee Dee... casi la prefería en disco, aunque tengo que reconocer que, para la edad que tiene, conserva un brillo y un glamour que ya quisieran para sí tantas estrellas del pop y el rock. Latinos El día 15 comenzaban la serie de conciertos que han servido para catalogar este Festival de Vitoria como uno de los más latinos de su historia. Por la noche, Arturo Sandoval y Tito Puente unían su categoría a la de Stevie Winwood para actuar bajo el nombre de Latin Crossings. Después de la aparición de Legends en el festival del pasado año parece que se está estandarizando esto de montar grupos con supermúsicos con el único interés de hacer una gira espectacular. La idea no parece mala si tenemos que juzgar por el interés que este tipo de uniones despiertan entre el público. Para ver a Latin Crossings, Mendizorroza registró un lleno completo y, junto con la actuación que el último día depararía Marcus Miller, fue la que mejor entrada tuvo. Pero el tema latino no acababa en el combo de Sandoval y Puente, sino que se prolongaría el día siguiente con el Jazz Flamenco All Stars que lideraron Carles Benavent y Jorge Pardo. Con ellos estuvieron en el escenario El Potito, El Bola, Juan Manuel Cañizares, Rubem Dantas y Tino Di Geraldo, es decir: poco más o menos la banda que acompañó a Paco de Lucía en sus últimas actuaciones en España. Por si fuera, poco el pianista McCoy Tyner también se presentó con combo latino: The Latin All Stars. Por otro lado, en el Teatro Principal continuaban las arriesgadas apuestas dentro del ciclo dedicado al "Jazz del Siglo XXI". Uno de los conciertos más sorprendentes que deparó esta serie fue el que ofreció el pianista Uri Caine, un hombre que conserva un gusto especial por el uso de un sonido indefinible y por un acercamiento investigador a la música vanguardista nacida en la América de los años cincuenta. Su oferta podría ser encuadrada como la de unos estudiantes colocados que se presentan en escena con un DJ un poco sordo (sus instrumentos apenas si tuvieron volumen al lado del sexteto que presentó Caine), pero lo que realmente ofrece el hombre de Filadelfia es otra cosa. Dentro del terreno más free, el grupo marcha con melodías entrelazadas que, de vez en cuando, encuentran la conjunción en todo el grupo. Mientras eso no sucede, puede dar la sensación de que Caine está arreglando su piano metiendo la cabeza dentro de él mientras que el batería juguetea con la cadena de un perro y a sus músicos se les caen las partituras por el suelo. No hay piezas, sino amplios parajes instrumentales sin un comienzo o final definido, algo muy parecido a las composiciones de los músicos sinfónicos americanos de los años treinta o al free más definido de los setenta. En total, son siete personas en un escenario para ofrecer algo que muchos pueden hacer en su casa con un montón de trastos mientras tientan a sus vecinos para que les echen encima un jarro de agua. Es la música que hoy se escucha en los Auditorios, en los Teatros Reales y aquélla a la que se conceden los premios intelectuales. Es como ruido desorganizado propio de los hombres primitivos pero presentado como si estuviéramos ante una cosa muy culta y con DJ. Particularmente, fui incapaz de soportar el concierto completo y terminé yéndome a una terraza a tomar una copa. Según me sentaba, vi a Mulgrew Miller y a Richie Goods, su contrabajista, abandonar también el Principal con cara de haber asistido a algo poco entendible. Diferente Muy diferente fue lo que el joven Brad Mehldau ofreció la noche del 16 en Mendizorroza abriendo para Latin Crossings. Este chico, que se presenta en escena como si acabara de venir de hacer la compra en el supermercado de la esquina, se sienta delante del piano y se transforma. Ofreció en su concierto toda la sensualidad, elegancia, lirismo y exquisitez que había faltado en los otros shows. Mehldau deja que sus manos floten sobre el piano (sin aspavientos) consiguiendo que un paraíso sonoro llene todo el espacio del pabellón. Lo suyo fue música en estado puro, con cadencias casi espirituales con un swing delicado que cubría todo lo que era capaz de sacar a su trío. Tiene una orquesta en cada mano y con cada orquesta sabe hacer música de muchos quilates. Lo ofrecido por Brad en Vitoria me vino a confirmar lo que los críticos de medio mundo ya sabían: que éste es un músico muy por encima de la media, con una capacidad de creación enorme pero, sobre todo, con un poder comunicativo que hace aflorar la sensibilidad oculta que cada uno pueda tener en su cuerpo. Sus acordes ponen el pelo de punta y sus melodías, con un tiempo siempre medido y siempre tenso, son capaces de hacerte vibrar como si fueras una naranja en un exprimidor. Saca del piano lo que ni siquiera sabía que existiera. Es arte y, con arte como éste, no hacen falta más accesorios. El suyo fue uno de los conciertos más destacados del festival y algún día me gustaría poder verle también en Madrid. El último concierto en Mendizorroza ofreció, el día 18, una sesión de funk, jazz y blues. Primero Taj Mahal y después Marcus Miller, muy popular en Vitoria después de su éxito del año pasado con Legends, se encargaron de poner el broche de oro a una edición que ha quedado francamente bonita y disfrutable. Como casi siempre, los programadores de Vitoria han demostrado y han dejado ver que el jazz es un estilo muy amplio en el que caben muchas cosas y en el que es difícil no disfrutar si se te pone delante el nivel propio de un festival con este prestigio. Un gran año. E.P. Las noches Si en los festivales rockeros existe una carpa dance para continuar la fiesta después de las actuaciones, en Vitoria el invento está, lógicamente, más relacionado con el jazz. Se trata de lo que se ha dado en denominar "Jazz a medianoche" y consiste en dos actuaciones paralelas que se llevan a cabo en el Hotel Canciller Ayala, sede de toda la organización del festival. Allí, en dos salas diferentes, cada noche comenzaban su show el trío de Mulgrew Miller por un lado y Jerry González y los Fort Apache por otro; pero eso, con lo que ya es, no es todo. Lo habitual es que los músicos que tocan durante el día colaboren con los de la noche y que, a la sombra de la luna, cada uno desparrame como mejor le apetezca. Esto trae consigo enormes jam sessions que, alguna vez, cuentan con un calibre muy superior a lo visto durante el día (¿te imaginas a Lovano, Payton y Whitfield acompañados por Miller?). Para que todo brille más, estas sesiones son gratis y para asistir a ellas sólo basta con haber dormido la siesta y tener la paciencia suficiente para que los músicos se vayan incorporando. Algunas se prolongan hasta las cuatro de la mañana y traen consigo verdadera magia y encanto, eso sí, para quienes no tienen que madrugar al día siguiente. Para el público más modosito, el festival ofrece otros escenarios que recuperan el ambiente del club y que buscan a los aficionados que no comulgan con eso de los teatros y los pabellones deportivos. Este año, el trío de Víctor Celada puso la música en el Acid Jazz Café y la Zubipeko Futin Band hizo lo propio en el Jazz Estadio. No falta de nada. ¿Verdad?
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