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Trilok Gurtu Galileo Galilei. 13 de mayo de 1998 Tenía yo muchas ganas por este concierto, ya que no es demasiado habitual el paso de Trilok Gurtu por nuestro país y, cuando ha venido por aquí, no había tenido ocasión de verle. Su fusión entre el jazz y la música tradicional de la India ha tenido representaciones interesantísimas y, a la hora de ponerlo en directo, este percusionista se sirve también del arte del arte de la danza como instrumento escénico. Todo, en principio, se presentaba muy bonito. Así debieron pensar también todos los que abarrotaron el Galileo para ver la actuación, ya que en el recinto no cabía ni un alfiler roto. Gurtu se presentó con su actual banda de tres músicos que, excepto el bajista, se reparten una colección de instrumentos tradicionales que haría feliz a cualquier director de un museo antropológico. El, sentado en el suelo y rodeado de pequeños cachivaches, ha desarrollado su propio set de percusión con pequeños tambores, congas, platos y un montón de cosas más que golpea tanto con la mano como con las baquetas. El concierto empezó un poco sosito. Los tres primeros temas tiraron mucho de lo tradicional, mostraron que cuando Gurtu se pone a hablar no tiene ninguna prisa y dejaron sitio para una bailarina que a todo el mundo le pareció especialmente estática. Cuando parecía que el concierto iba a coger esos derroteros todo cambió para mejor. De repente, la bailarina comenzó a justificar la enorme cantidad de cascabeles que tenía en los tobillos y los hizo sonar con gracia mientras bailaba. Después, Trilok cambió la orientación del set y dio paso a piezas de mucha más envergadura en las que la música india tejía interesantes trazados con el hip hop, el jazz o el pop. Fueron éstos, sin duda, momentos interesantes del concierto; sin embargo, éste se vino arriba definitivamente tras el larguísimo solo de percusión que el indio interpretó quedándose solo en el escenario. Poco a poco fue usando todos los elementos de los que disponía, jugando con la electrónica y haciendo sonidos guturales mientras sacaba a sus instrumentos sonidos inimaginables. Como éstos estaban situados a su alrededor, él fue girando su posición según le hicieran falta unos u otros para interpretar lo que deseaba: se ponía en cuclillas, se incorporaba sobre unos platos, se sentaba en el suelo muy gracioso de ver y realmente impresionante a la hora de escucharlo. A partir de ahí, con el público totalmente ganado, llegó lo mejor de la noche. Apoyado en un guitarrista la mar de solvente, Trilok tiró de su material más conocido y de los temas más asequibles de su último disco. La bailarina, con todo, no parecía muy motivada, ya que, por momentos, se asemejaba a una autómata de ésas que te da la bienvenida a una atracción de las ferias. Sin embargo, los músicos estuvieron enormes (un solo de bajo proverbial) y colaboraron a que el espectáculo terminara con la gente en pie pidiendo bises y con un espectacular triunfo de la música de Gurtu. Yo, contento. E.P.
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