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Tricky

Macumba. 5 de junio de 1998.

De este show podían esperarse dos cosas: o que fuera tan plomo como el último que dio Tricky en nuestra ciudad o que, para sacarse la espina, el "gurú del trip hop" pisara el acelerador para dejar las cosas en su sitio. Afortunadamente para los que nos acercamos a Macumba, el espectáculo tuvo más de lo segundo que de los primero, aunque, eso sí, este hombre sigue sin tener ni idea de presentarse encima de un escenario.

Tricky se pone delante de la gente como si estuviera en el salón de su casa y se fuera a ir a dormir: apagando las luces. Suaves tonos azules y morados dan al escenario un aspecto lúgubre en el que solamente se entreven sombras que, supuestamente, pertenecen a los protagonistas del show. En ese aspecto, Tricky no varió un ápice sobre su propuesta expuesta hace algunos meses y, como en aquella ocasión, quien no era fan entregado se quedó con una decepción de caballo: nada que ver, nada donde mirar… nada de show. Otra cosa muy diferente es la música que el hombre ofreció durante hora y media. Lejos de los ambientes del trip hop y de la música tranquila que puede escucharse en un chill out, Tricky se esforzó esta vez por ofrecerse como un artista más abierto, abarcando más formas y dando una sensación más benigna que en la de su último paso por aquí. Sus piezas fueron, en principio, bailables para ir subiendo el pistón y acelerar los ritmos, subir el volumen de su voz y convertir su propuesta en un show techno que casi roza con el punk. Mucha gente se aburrió, pero quienes íbamos dispuestos a aburrirnos quedamos gratamente sorprendidos. Personalmente, llegué a la conclusión de que lo mejor que puede ofrecer este hombre es lo que hizo y que buscar más en su música es algo que no se puede hacer delante de un escenario: para eso Tricky tiene sus discos y en casa suele haber un gran sofá. Con todo, la noche salió divertida, ofreció esquemas estéticos que no pensaba que pudieran provenir de este hombre y Tricky se entregó más de lo que en principio se pudiera pensar. Su música se disfrutaba más volviendo la espalda a la escena, buscando una copa en la barra y tratando de mover los pies al ritmo de lo que salía por los altavoces. En ese aspecto sí se puede señalar que la banda que trajo Tricky ofreció una propuesta interesante, digna de la escucha y capaz de mover a la gente. Apoyado en dos vocalistas más y con una base rítmica que parecía un reloj, el hombre fue desgranando un repertorio que dejó lo más tranquilo para casa tomando constancia que el directo es otra cosa. Ya sólo falta que un día se deje ver, que ofrezca algo distinto en el terreno de la escenografía y que quien pague tenga la seguridad de que no va a ver a un clónico.

E.P.

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