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Pat Metheny La Riviera. 22 de mayo de 1998 No podía ser de otra manera. Si las últimas entregas discográficas de Metheny le habían colocado en un extraordinario momento de creatividad y ejecución su directo solamente podía confirmar lo expuesto en sus álbumes. El guitarrista siempre ha sido un hombre solvente cuando coge el escenario y, si ahora se encuentra bien, lo lógico es que su concierto fuera de ésos que no se olvidan fácilmente. Y así fue. Desde que apareció en La Riviera con su guitarra Pikasso de 42 cuerdas hasta que se fue en olor de multitud, Metheny, apoyado por ese cacho de banda que tiene que ya parece una extensión de su propio cuerpo, realizó un show de los que quitan el hipo. No solamente por la altura de la música que exhibió, sino también por su enorme nivel a la hora de interpretarlo. Lo mejor que tiene este hombre es que asume la música como un concepto estético global, sin géneros, etiquetas o formas preconcebidas. Por ello, hasta sus temas más emblemáticos y conocidos pueden ser, en un concierto, solamente bases para recreaciones e improvisaciones capaces de impresionar al más escéptico. Como suele ser habitual, Metheny no se conformó solamente con temas de su último disco, sino que captó piezas escondidas en su carrera y algún que otro clásico del jazz más formal. Y, siendo como es, lo que cogió lo transformó, lo dio vida propia y, apoyado en una base musical que tiene el ritmo insuflado en las venas, lo embelleció hasta el límite. Sus solos, aunque amplios y desarrollados, en ningún momento cayeron en la pretenciosidad ni en el agobio exhibicionista. Más al contrario: ponían en el ambiente un feeling feliz, de creación, de búsqueda sin fin que siempre está encontrando cosas. Sus músicos, que conocen al guitarrista como si le hubieran parido, están totalmente involucrados en su concepto artístico, tienen sus mismos parámetros y pisan por donde él pisa. Así, el entendimiento es tan simple como precioso, tan real como indeterminado. Con su enorme colección de guitarras, Pat Metheny se volvió a mostrar como un talento natural, capaz de traspasar cualquier frontera estilística y llevar al jazz tan cerca del rock, las formas latinas, el soul o el funk como solamente él puede hacerlo. Con su imagen, más propia de lo que la gente asocia por heavy (pelo largo, vaquero, camiseta y zapatillas de deporte) que la que uno se imagina en un hombre de jazz, agarra su guitarra como una inseparable compañera, toca echado para atrás y saca de las cuerdas combinaciones impresionantes que nunca pierden el norte de la armonía más elaborada. Con su calidad, solamente era cuestión de conectar con el público y Metheny tardó en hacerlo algo más de un minuto. Tocando dos mástiles de su Pikasso simultáneamente, y jugando con el concepto de arpa que también tiene esta guitarra, no pasó mucho tiempo antes de que todo el público congregado entendiera que no estábamos ante un concierto del montón. La continuación vino a demostrarlo. Conciertos como éste querría yo ver todos los días. Sin duda alguna, quienes pudimos verlo volvimos a casa mucho más felices que estábamos al entrar en la sala. E.P.
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