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Massive Attack La Riviera. 9 de noviembre de 1998 No es por ir contra corriente, pero parece cierto que en esto del arte de hacer música y en los tiempos que corren las ofertas son tan amplias que hasta el ruido como sonido confuso se usa para la composición de nuevos grupos del pop actual. Eso es algo que acepto sin problemas, pero de ahí a tener que tragarnos a mogollón de grupos extranjeros que si destacan por algo es por su mediocridad creativa es algo que da que pensar. A lo que voy. A pesar de que Mezzanine, su último álbum, sea una jodida maravilla en estudio, Massive Attack son un plomazo en directo. Toda la riqueza ruidosa del disco no existe en vivo. La magia, la sutileza hasta lo agradable que resulta escucharles en el álbum contrasta, en directo, con un sonido tosco y vulgar. ¡Y que no me diga nadie que van de modernos! Si hasta la colocación de los músicos y el planteamiento escénico (sombras a contraluz) lo ha desechado Tricky desde hace tres años. Hubo vacío instrumental, ritmos cansinos y facilones, teclas con parecidos a ¡Mike Oldfield¡ y hasta solos de piano con complejo de Chopin. Del mal trago de su guitarrista todavía no me he recuperado: desproporción de volumen y distorsión, vulgaridad y nada de vanguardia. Muy lejos queda de Reeves Gabrels y mucho más de The Edge, al que imita como si estuviera aprendiendo a tocar ahora. ¿Es esto moderno? ¿Lo último? De los tres cantantes masculinos uno era largo y soso, a otro no se le oía y el último, simpaticote, tuvo algo de brillo, aunque aún le queda lejos Stevie Wonder. Lo mejor de Massive Attack fue cuando se introdujo en el soul-trip-hop (me da igual) que hacen juntos el cantante simpático y una vocalista femenina que cantó bien. El balance del show lo ponemos tú, yo, y cada cual Pero la próxima vez con más criterio. Pedro Moreno
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