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Kitaro

Palacio de Congresos. 2 de marzo de 1998.

La gran diferencia entre Kitaro y todos sus compañeros de estilo es que el japonés es capaz de meter magia en sus teclados. Su capacidad para programar, para almacenar sonidos naturales y darles un aire real, para sacar de la electrónica la recreación del sonido de la vida, es simplemente magnífica. Y eso, como es natural, lo expone con perfección tanto en directo como en sus discos. En vivo se hace acompañar de otros tres teclistas que, en realidad, no son necesarios, ya que al propio Kitaro le sobran habitualmente manos para manejar todo el elenco tecnológico que se coloca enfrente. Es de suponer que esta aparición de músicos sea una concesión al escenario a fin de que no parezca vacío con la presencia de un único artista.

Este hecho, que en principio puede parecer válido, se queda corto cuando Kitaro coloca sus composiciones en directo. Su música, espiritual, tranquila, basada y apoyada en el minimalismo, necesita de algo más que diferencie la propuesta de lo expuesto en los discos; y eso, en su paso por Madrid, estuvo totalmente ausente. Así, nos había dado lo mismo que el japonés nos pusiera un tocadiscos a que nos interpretara lo que interpretó. Solamente la presencia de un gran tambor japonés permitió que el músico ofreciera algo diferente a lo que se puede ver en los escenarios, pero lo cierto es que el numerito fue de lo más soso. Con éstas, no se puede decir que Kitaro sea un animal de directo. Por lo menos, si lo encuadramos en el Palacio de Congresos. Su música aporta elementos bellísimos, su manejo del sonido es de un maestro, pero su presencia escénica es, cuanto menos, aburrida y no justifica el ir a verle. Mucha música mal expuesta para empezar tranquilamente una semana.

E.P.

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