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Judas Priest Palacio de los Deportes. 24 de abril de 1998 Muchos se quedaron en su casa. Probablemente, a una enorme cantidad del público que siempre llenó los conciertos de Judas Priest en España no les apetecía ver a la banda sin el legendario Rob Halford y, desde un cierto punto de vista, acertaron. Otros, más fieles y entregados a la leyenda del grupo, o habiendo conectado con su último trabajo, decidieron finalmente acercarse al Palacio para disfrutar con los clásicos que la banda tiene en su discografía. Desde otro punto de vista, también acertaron. Ripper Owens, el nuevo vocalista, se muestra en escena como un auténtico chapuzas. Se mueve como un modelo italiano, da puñetazos al aire como si fuera Ruiz Mateos, guitarrea sin guitarra como lo hacía Forrest Gump, tiene la capacidad interpretativa de José Luis Moreno y, aunque ha practicado para parecerse a Henry Rollins, lo cierto es que se asemeja más a Mónica Naranjo. Pero, hay que reconocérselo, canta la mar de bien. Tipton, Downing y Hill, quienes ahora deberían de llevar el peso escénico del grupo, se limitan a cabecear durante todo el concierto al unísono y sin cansarse, como el conejito de Duracel, pero del mismo modo, tocan de la leche. Así que, quienes esperábamos un concierto menos brillante en el escenario de los que ya habían realizado los Judas en este país, habíamos acertado. Pero como eso ya se sabía (perder a Halford es una desgracia para cualquier banda) había que adaptarse y aceptar lo que venía, era cuestión de acostumbrarse a esa especie de muñeco de trapo que cantaba y a los flashes cegadores que el técnico de luces no paraba de activar. Una vez cogido el ritmo, el concierto no dejó que desear. El grupo pasó bastante de su último bodrio y solamente tocó cuatro piezas del Jugulator, dejando las otras quince para una selección de su enorme carrera. El público (que estuvo de 10 durante toda la noche) no necesitó más para encenderse: llevó a la banda hasta donde pudo, la animó sin descanso y tarareó todas las piezas puño en alto y pegando saltos. Desde que se empezó con Electric eye (del Screaming for vengance del 82) hasta acabar, después de dos bises, con Living after midnight, el concierto fue un auténtico "grandes éxitos" en el que se podía disfrutar gozosamente dejándose llevar. No faltó su mítico Victims of change o su no menos celebrado You've got another thing comin', pero la banda, sabedora de donde tiene sus puntos fuertes, decidió dedicar una sesión especial a su legendario British steel del 80. De ese álbum interpretaron Grinder, Metal Gods, Breaking the law y el cierre ya comentado. En todos los temas se echaba de menos a Halford, pero, ¿qué se le va a hacer? Habrá que entender que aquello es agua pasada y que los tiempos en los que Judas era una banda enorme ya han pasado. Ahora sólo queda un repertorio para disfrutar: The sentinel, A touch of evil, The ripper, Beyond the realms of death, Night crawler Una colección que no puede dejar indiferente a ningún amante de la música y que, por supuesto, son himnos religiosos para cualquier heavy que se precie. Este fue uno de esos conciertos en el que, haciendo un poco de esfuerzo, podías ver tachuelas en cinturones y muñequeras en una media de edad que iba de los veinticinco a los cuarenta. El público no llenó el Palacio, ni mucho menos, pero era de lo más llamativo que la mayoría de él se agrupara en la pista dejando libres las butacas. Todos querían disfrutar y animaron a la banda más que los Ultrasur al Madrid cuando juega la Liga de Campeones. The green manalishi cerró el set, aunque la banda tuvo que volver a salir, como es preceptivo, para arrancar de nuevo con Pain killer. You've got another , Hell bent for leather y el citado Living after midnight dieron fin a un espectáculo que se abrió con los teloneros Gorefeast y que agradó a quien se acercó al Palacio. Ya no son lo que eran. Es obvio. Pero, con esas aptitudes y con ese repertorio, difícil es que les salga un mal concierto. Sí valió la pena, en verdad. E.P.
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