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Joe Zawinul

Conde Duque. 21 de julio de 1998

Probablemente éste era uno de los conciertos a priori más interesantes de la programación que este año acogía el patio del Conde Duque. Los trabajos más recientes de Zawinul, así como su última visita a esta ciudad, hacían esperar una de esas actuaciones que marcan huella y que permiten apreciar con facilidad el carisma y calidad que tienen los músicos colocados encima del escenario. Sin embargo, el teclista lo puso más difícil, presentó una música menos accesible y se fue de Madrid con división de opiniones respecto a lo ofrecido.

Para quienes disfrutaron del concierto éste fue poco menos que una experiencia mística. Bucearon en los particulares sonidos que ofreció la banda y se dejaron llevar por una espiral sin fin en la que las piezas se alargaban y en donde las referencias se perdían enseguida. Para quienes no consiguieron enganchar en el trance todo quedó bastante más soso, más "rarito" y menos disfrutable. Zawinul venía con un magnífico disco grabado en directo bajo el brazo, con una extraordinaria banda y con una historia tras de sí que animaba tanto a esperar ritmo como melodía. Dos horas después, la calidad del disco queda, pero poco más: el público no acudió en la cantidad esperada y, probablemente, eso decidió que la comunicación entre éste y los artistas quedase un tanto perdida. Desde los primeros compases del concierto, en los que Zawinul demostró tener problemas de sonido a la hora de escuchar a su grupo, todo fue muy deslavazado, muy experimental pero poco claro, muy sugerente pero sin concreción. Lo mismo aparecían pistas pregrabadas con coros africanos que un solo de percusión en medio de ninguna parte: era la continuación de la música global en la que Zawinul ha trabajado últimamente, aunque sin la riqueza de arreglos que ha caracterizado sus últimos discos. Por momentos daba la impresión de que cada músico iba por su lado y en medio de una pieza podía surgir otra que, a su vez, se diluía para dar paso a un solo instrumental o a una explosión sonora. El resultado, que también contó con ritmos repetitivos en plan minimalista o con largas exposiciones que harían las delicias del público más jungle, no terminó de definirse y parecía siempre pendiente de un hilo sobre el que muy poco público fue capaz de caminar. Eso sí: quien lo consiguió encontró la luz a medias entre un viaje psicodélico y una entrega absoluta a los sonidos artificiales. Esa es la riqueza de la música: permite que cada sensibilidad disfrute en solitario y en este tipo de conciertos ninguna persona del público es parte de la masa. Lo lamentable, para mí, es que yo no terminé de entender la propuesta y que me quedé con una cara propia de la música que me encontré.

E.P.

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