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Green Day

La Riviera. 24 de febrero de 1998.

Por fin pudimos ver a Green Day en Madrid después del estirón internacional y cuando su lejana actuación de hace cinco años en Revólver, para presentar Kerplunk, su segundo disco, empezaba a diluirse ya en la memoria.

En todo este tiempo, tres álbumes después, la banda californiana ha sabido mantener un público adolescente, cuya media de edad está en los 17 años, y que fue el que mayoritariamente abarrotó el concierto de La Riviera. Quizá por ello, y suponiendo que adolescente es sinónimo de borrego, la organización no permitió el acceso a la sala con ningún tipo de bolsa o mochila y, lo más curioso, obligó a que el hielo de las copas estuviese previamente picado por si a algún "angelito" se le ocurría saludar a la banda a hielazo limpio. Problemas de intendencia aparte, el concierto se abrió de forma inmejorable por parte de los teloneros D-Generation, un cuarteto neoyorquino que llenó el escenario de colorido, crestas y rimel mientras escupía un potente sonido a medio camino entre los New York Dolls, Hanoi Rocks y el punk más convencional de nombres como The Clash o Damned. Durante los tres cuartos de hora que duró su actuación, el grupo logró aparcar el ansia por ver a Green Day para disfrutar de unas estupendas canciones desconocidas todavía en España. Su histriónico, no sin cierta ironía y mala leche, vocalista comentó: "Es muy tarde y mañana tenéis que ir al colegio. Pero… ¡que le jodan al colegio!", lo que provocó el delirio colectivo. Con el público ya metido en materia, tomaron posiciones sobre el escenario Billie Joe, Mike y Tre Cool con evidentes ganas de hacer pasar un buen rato a todos quienes les vitoreaban desde abajo. Arrancaron con Going to Pasalacqua, tema de 1.039/Smoothed out slappy hours, su primer trabajo publicado ya hace ocho años. A partir de ahí fueron repasando canciones de sus cinco discos con especial hincapié en Kerplunk, el segundo. Es destacable que no basaran su concierto únicamente en las canciones de Nimrod, su último álbum, demostrando que su actuación iba más allá de puros intereses estratégicos y comerciales. Todo un detalle para con sus fans. Lógicamente, uno de los momentos más intensos de la noche fue cuando empezaron a sonar los acordes de Basket case, que se ha convertido en su himno todavía no superado. En ese instante, la algarabía se tornó en desmadre y allí botó hasta el apuntador. Aun así, temas como She, When I come around, Nice guys finish last o Hitchin' a ride no se quedaron atrás en cuanto a la intensidad con que fueron recibidos por la concurrencia. Algunos echamos de menos Uptight, auténtica joya escondida en su último trabajo a la que el grupo no parece haber querido sacar partido en directo. No faltó, sin embargo, un guiño de Billie Joe a Pinhead Gunpowder, su banda paralela, de la que realizaron una versión. Tanto en los temas más acelerados como en los medios tiempos y las baladas (que también las hubo), Green Day no dejo de arrastrar al público a la participación con unas armas tan simples como efectivas: melodías contagiosas, estribillos repetitivos y soltura sobre el escenario con la que consiguen comunicarse a la perfección. Billie Joe ejerce como showman, bien sea invitando a un espontáneo a tocar su guitarra, ocultándose tras una máscara de simio o poniéndose una sobre otra todas las camisetas que le lanzan al escenario. Todo ese "circo" punk llegó a su apoteosis cuando, tras finalizar su obligado bis, el grupo la emprendió a golpes con los instrumentos emulando al Pete Towshend más salvaje. Algunos aseguran que dieron el cambiazo y que se trataba de instrumentos falsos, pero para el caso es lo mismo. Lo cierto es que lograron su objetivo de impresionar y dar el contraste a un final apoteósico con Billie Joe en el escenario cantando, acompañado únicamente por su guitarra, Good Riddance, uno de los temas más lentos, bonitos y emotivos del repertorio del grupo. Los punkis también tienen su corazoncito.

Carlos Moral

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