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Graham Parker

El Sol. 6 de abril de 1998

Vale. El que un individuo como Graham Parker toque en una sala pequeña, para poquito público, siempre es emocionante. Eso de verlo cara a cara, sentir su respiración, verle distendido y todo ese tinglado está muy bien, pero después de verle en El Sol, acompañado únicamente de sus guitarras y sus canciones, se te cae el alma un poco a los pies. Este Parker ya no es el que era: el tiempo no ha sido muy benigno con él y, aunque se explayó y tocó bastante tiempo, el concierto quedó un poco cojo si prescindes del elemento de culto y la leyenda.

Lo que tiene Parker es un camión cargado de canciones preciosas, unas melodías que rondan el pop y el rock'n'roll con un gusto exquisito y una calidad a la hora de meterte el ritmo en el cuerpo de la que muy poca gente dispone. Todo eso, lo que configura la historia y trascendencia de este hombre, pasó como un ángel en su concierto de El Sol. Las canciones estaban ahí, es cierto, pero cuando acababa una, tu mente no podía sino remitirse a la versión grabada, con banda, con bajo y batería, y enseguida te dabas cuenta de que habías salido perdiendo. Parker no tiene ya una voz que alucine ni es un guitarrista de los que quita el hipo, por lo que, cuando se queda a solas con sus canciones, tal y como está actualmente el personaje, lleva las de perder. Hubo momentos muy agradables, versiones que quedaron ciertamente bien, algún tema inédito y algún recuerdo que no se esperaba, pero, en conjunto, la mayoría de los temas perdieron intensidad, quedaron como bocetos sin un arreglo específico para ser tocados en acústico y sin la magia que este hombre desprende cuando cuenta con su banda detrás. ¿Qué se le va a hacer? Hay ocasiones en las que esto del acústico queda muy bien, pero en otras todo parece cojo y desdibujado. Y éste fue uno de esos casos.

E.P.

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