|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Genesis Palacio de los Deportes. 19 de marzo de 1998 Parece que el público de Genesis en nuestro país era más público de Phil Collins que de la propia banda. Bien es cierto que ni Mike Rutherford ni Tony Banks han sido nunca personajes sobresalientes que tiran de las masas, pero ver la entrada que recibió el Palacio de Deportes para escuchar a un grupo tan histórico como Genesis animaba a la decepción. Un grupo acostumbrado a aforos llenos es muy difícil de motivar cuando ante su vista solamente aparecen butacas vacías. El espectáculo de los nuevos Genesis, además, está bien lejos de los macroshows que antaño ofrecieron y, a tenor de lo visto, cabe decir que este grupo ha terminado su carrera como banda emblemática y que tendrá que conformarse, a partir de ahora, con un público restringido que tal vez compre sus discos, pero que es sumamente difícil de convencer para que pague unos cuantos miles por ver el espectáculo en directo. Genesis se presentó con un guitarrista de apoyo que compartió tareas con Rutherford y con un nuevo batería (lo mejor de la noche) además de, lógicamente, su recién estrenado vocalista. El papel de este hombre es de ésos que no se lo recomendaría ni a mi peor enemigo: el tío tiene que hacer olvidar a Peter Gabriel y a Phil Collins contando con un material que no está entre lo mejor del grupo. Se trata de ofrecer una nueva cara con el mismo estilo y eso es realmente difícil en una banda con tanta historia tras de sí. Genesis trajeron consigo un show digno pero cortito, con muchos focos robotizados y un telón de fondo sobre el que se proyectaban algunas diapositivas psicodélicas. Cualquier otra cosa espectacular fue suprimida y, si acaso, habría que destacar el uso de ventiladores para mover el susodicho telón en uno de los temas y la estructura articulada de soportes que permitía mover las líneas de focos para cambiar la escenografía. Musicalmente, el grupo aprovechó para presentar su nuevo disco interpretando los temas que ellos consideran más adecuados para el directo: Calling all stations, Alien afternoon, Congo y un larguísimo The dividing line que permitió comprobar la gran validez del joven batería que soporta actualmente la parte rítmica del grupo. También hubo recuerdos para el Invisible touch (Domino o el tema que daba título al disco), el Duke (Turn it on again) o el We can't dance (con I can't dance cerraron el par de bises que dieron). Puestos en plan nostálgico, también recordaron su emblemático The lamb lies down on Broadway y otros temas clásicos de la banda. Curiosamente, en un momento dado de la actuación, y puestos a recordar, a los miembros de Genesis no se les ocurrió otra cosa que coger guitarras acústicas, sentarse en taburetes y recuperar el Selling England by the pound, junto a Follow you, follow me y su último single. Ver al grupo en esa tesitura arruinó prácticamente aquello que pudieran haber ofrecido en el resto del show: si Genesis se caracterizó siempre por algo fue por sus superespectáculos, su escenificación visual y su alejamiento pretencioso de la música más directa. Interpretar sus himnos con guitarras acústicas en plan de excursión fue uno de los peores momentos de un concierto que, en global, decepcionó. Puede que buena parte de ello viniera dado por la frialdad que reinó en el recinto durante todo el show debido al poco público asistente, pero, sea como sea, Genesis no trasmitió nada, no eligió su repertorio más llamativo y no consiguió trasladar ninguna emoción fuera del escenario. Eso sí: su sonido no dejó que desear; aun cuando siga habiendo gente que asegure que el Palacio es insonorizable, su nuevo vocalista se esforzó al máximo y sus nuevos músicos demostraron el porqué pueden ser contratados por bandas de alcurnia. Por lo demás poco, muy poco. Mi chica estuvo bostezando durante la última media hora de las dos que duró el concierto. E.P.
|