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Festival de Jazz de Madrid. Noviembre de 1998 Jazz variadito No es normal que en esta ciudad haya tanto jazz de altura como el que se ha podido respirar durante todo el mes de noviembre. Por un lado ha coincidido que el Festival de Jazz de este año ha sido realmente de jazz y por otro ha dado la casualidad de que han surgido otros festivales internacionales (el de Ciudad Lineal) o que estas fechas han coincidido con un momento de actividad del club del Colegio Mayor San Juan Evangelista. A cualquiera que se lo cuente no se lo cree. Wynton Marsalis, Lester Bowie, Chick Corea, Chano Domínguez, Bill Bruford y Brad Mehldau coincidiendo en el mismo mes en la ciudad de Madrid. Si lo dices en Vitoria o en San Sebastián resulta que no sorprendes a nadie. Sus festivales de jazz tienen un nivelazo impresionante que les permite juntar estos carteles en una sola semana y, además, condimentarlo con ofertas vanguardistas y populares. Aquí, desacostumbrados como estamos, el que un festival de jazz tenga a músicos de jazz es todo un acontecimiento, dado que lo más habitual es que se complete siempre con artistas brasileños o con ofertas de fusión que han ido bajando su aceptación por el público. El Festival de Jazz de Madrid de este año ha llegado a su punto más bajo en cuanto a repercusión. Sus conciertos no han tenido sede fija y se han desarrollado en tres lugares diferentes. Eso ha coincidido, precisamente, con un año en el que el cartel era de lo más apetitoso, aunque, como viene siendo ya norma, los conciertos que están programados dentro del evento se celebran en fechas de lo más dispares que ayudan a dispersar la idea de "festival" y que despistan al aficionado, ya que tiene que estar más pendiente del calendario que de la quiniela para poder asistir a la programación completa. Curiosamente, y para paliar un poco esta última circunstancia, parece que al Festival de Jazz de Madrid le ha surgido un competidor. De momento es un competidor pequeño, pero el cartel que este año ha presentado el Festival Internacional de Jazz de Ciudad Lineal ha sido considerablemente mejor que el del año pasado e, incluso, ha demostrado que uno de los más fuertes valores del festival "grande" (Brad Mehldau) también puede tocar en el pequeño y, además, hacerlo a un precio considerablemente inferior. Además, uno de los puntos agradables de este festival alternativo es que cuenta con músicos españoles, cosa que, como siempre, no se contempla en el festival que ha cumplido este año su decimonovena edición. Pero vayamos a lo importante, que no es otra cosa que las actuaciones que han tenido lugar dentro de todos estos eventos y que han supuesto la alegría para los amantes de este tipo de música durante el pasado mes. ¿Marsalis? Uno de los platos fuertes del Festival de Jazz era la presencia de Wynton Marsalis, personaje con nombre, prestigio, calidad y que, encima, puede ser disfrutado en su mejor momento, ya que, afortunadamente, aún es joven y contemporáneo. Sin embargo (nadie es perfecto), su aterrizaje en Madrid no venía de la mano de un concierto propiamente suyo. En esta ocasión Marsalis venía como director musical de la Lincoln Center Jazz Orchestra, la agrupación del famoso centro cultural neoyorquino que entró en gira internacional el pasado julio y que cerró cuatro fechas en nuestro país antes de volverse para Estados Unidos. La LCJO está enfocada, básicamente, a la educación y a la promoción de nuevos compositores y, como tal, centra su repertorio en piezas clásicas o en obras contemporáneas que da a conocer a través de sus conciertos. En España se juntaron sus dos facetas, ya que al mismo tiempo que nos enseñaron cómo reivindicar el "Moon over Cuba" de Ellington o el "Big John's Special" de Strayhorn estrenaron en nuestro país "Big train", la última suite que el propio Marsalis ha compuesto para la orquesta. En la suite, Marsalis juega con los sonidos representando un viaje en ferrocarril y sacando a los instrumentos de viento todas sus sonoridades contando con la capacidad de los intérpretes y con toda una colección de sordinas diferentes. La otra suite que interpretó la LCJO fue la "Manteca suite" de Dizzy Gillespie y Chick O'Farrill, una larga pieza con cuatro partes en las que la esencia afrocubana brilló con intensidad. Fue precisamente el estilo afrocubano uno de los que primó en el concierto, teniendo uno de sus mejores momentos en "Congo Mulence". Dentro de una ola de clasicismo que pasó por el swing, el bop, el dixie y algún toque cool, la orquesta (que más que orquesta es una big band, puesto que no tiene más cuerdas que las del contrabajo) dejó contento a un público que, entusiasmado, se volvió loco cuando en los bises, y al ritmo del "Smokehouse blues", la formación se convirtió en una enorme "marching band" que paseó de arriba a abajo entre las butacas del público. Cambio Y de las formas clásicas que presentó la LCJO, con un Marsalis casi imperceptible y sentado en su silla, pasamos en unos cuantos días a todo lo contrario. En el Club de Jazz del Colegio Mayor San Juan Evangelista se presentaba el Art Ensemble of Chicago liderado por Roscoe Mitchell y con Lester Bowie, otro trompetista de altura. Lo del AEOC no puede estar más lejos de la formación de Marsalis. Si éstos tiran por lo clásico, los de Chicago buscan continuamente la experimentación, la vanguardia, el invento aunque tengan que sacarlo de donde no lo hay. La última formación del combo ha quedado reducida a cuarteto, pero ello no incide demasiado en su música. Sólo con ver el escenario ya se puede uno imaginar que va a asistir a un espectáculo digno del precio que paga. Ni un solo centímetro de la tarima queda desaprovechado y en los gigantescos sets de percusión que el grupo lleva consigo puedes encontrarte desde marimbas a tablas de lavar, desde un claxon de bicicleta a una batería de juguete, desde campanitas de todos los tamaños hasta latas metálicas vacías. El interés se acrecienta cuando el cuarteto aparece. El contrabajista Malachi Favors y el batería Don Moye llevan sus caras pintadas como si fueran a un ritual tribal africano, Lester Bowie parece el Profesor Chivete con su perilla y su bata de médico y Mitchell aparece embutido en un traje negro con dibujos blancos, un sombrero de tela que casi no deja ver sus ojos y un montón de flautas de madera en la mano. Antes de ponerse a tocar, parecen saludar a la nada colocándose todos en una postura determinada. Se giran y lo mismo. Cuando terminan, Bowie se sienta, coge su trompeta y entra en trance: cierra los ojos y toca lo que quiere. Lo cierto es que no es sólo él: Mitchell entra gateando dentro del enorme set de percusión y empieza a tocar lo que le da la gana buscando el sonido que más le gusta, Favors le da unidad a todo con el contrabajo, aunque no descuida el hacer también sus "ruiditos", y Moye juguetea con la batería y con los tambores africanos juntando entre todos tal cantidad de sonidos que alguno, por fuerza, te tiene que parecer bello. Es entonces cuando ellos también parecen cuajar sus ideas, cuando Mitchell agarra el saxo y cuando Bowie se levanta. "Cuando tocan "--me decía mi chica--" no están nada mal. Lo malo es que tocan poco". Esa sensación puede que la tuvieran algunos de los presentes: esta gente improvisa tanto y va tan a su bola que es fácil interpretar que ahí cada uno está tocando una cosa. Nada más lejos de la realidad: el AEOC no busca la belleza solamente en la interpretación o en los solos virtuosos. Su concepto musical va desde la creación de ambientes hasta la búsqueda de la sonoridad exótica, desde la función fundamental del ritmo hasta la diversidad genérica que ofrece el jazz concretada en dos temas. Todo en ellos es novedoso, aunque lleven tocando desde principios de los setenta y en sus conciertos es difícil aburrirse siempre y cuando sepas entrar en su juego. Si no lo llevas claro. Cuatro días después teníamos una propuesta más asequible. El guitarrista Charlie Hunter se presentaba en Galileo con su nuevo trío y, con él, un bop formal que traía como sorpresa la técnica de Hunter y la calidad del vibrafonista Bryan Carrot. Lo de Hunter es propio del libro Guiness: se ha construido una guitarra con un montón de cuerdas que le permite tocar él solito las partes de bajo y las de guitarra. El mástil, en contra de lo que pudiera parecer, no es mucho más ancho que el de una guitarra normal, aunque sí más largo. Para obtener la sonoridad de la guitarra, el mástil tiene dos puentes diferentes y dos diapasones distintos: uno en las líneas inferiores (el de la guitarra) y otro en las superiores (el del bajo). La guitarra la toca con todos los dedos de la mano derecha excepto con el pulgar, que lo utiliza para interpretar con las cuerdas superiores. Esta técnica es, desde luego, pintoresca, pero limita la actividad del guitarrista de una manera enorme. Así, nadie puede negar que lo que hizo Hunter en Galileo careciera de dificultad, pero, por otro lado, también sería extraño que alguien se quedara prendado con sus ejecuciones. De ese modo, quien se llevó el gato al agua fue Carrot, un vibrafonista que llevó el concierto por donde quiso, que tocó rápido con cuatro mazas o lento y cálido con dos, que improvisó los mejores solos y que se convirtió en el punto de referencia del concierto desde que empezó hasta que terminó. Willard Dyson, el batería que cerraba el círculo, no pareció muy inspirado en ese día. Sus aportaciones se limitaron básicamente a proporcionar unidad al concepto sonoro, un concepto en el que, por otra parte, la sonoridad del bajo estuvo por encima de la del resto de los instrumentos. Si Hunter quería que quedase claro que tocaba un "dos en uno" lo consiguió. El piano Dos días después llegaba el desembarco de pianistas que iban a presentarse en Madrid el último mes. El primero de ellos era Michel Petrucciani, un personaje curioso donde los haya: pintoresco, simpático desde la distancia y, sin duda, un artistazo enorme. Parece mentira que en menos de un metro de persona quepa un virtuosismo tan grande, pero, si alguien quería comprobarlo, allí estaba él, con sus muletas de medio metro y sus tirantes colorados haciendo esfuerzos por subirse a la silla que le alzara hasta el teclado del piano en la sala pequeña del Auditorio y con un álbum grabado en vivo y en solitario que anunciaba bastante bien lo que este maestro nos iba a ofrecer a continuación. Petrucciani había señalado previamente a su actuación que, aunque a él le gusta improvisar, también le encanta preparar concienzudamente sus actuaciones. Eso se refleja en un repertorio medido que puede ser engarzado con delicadeza sin romper la línea argumental de la música y que, al mismo tiempo, tiene los suficientes guiños para el oyente como para que, periódicamente, reconozca lo que está oyendo y sepa evaluar la capacidad de improvisación y recreo que el pianista guarda para sí. La música no paró durante cuarenta minutos, el tiempo en el pequeño artista enganchó, una tras otra, piezas de gran lirismo, jazz espectacular, reflejos de una mentalidad mediterránea, verdaderas exhibiciones de digitación y clásicos populares que han jalonado la memoria de Petrucciani. Era difícil no rendirse a la evidencia de que delante de nosotros teníamos a un musicazo de la leche. Es más: era realmente imposible. El sonido del piano llenaba la sala transportándote con facilidad a historias sencillas, a ambientes reconocibles, a vivencias cercanas Y, de repente, ese mismo piano te indicaba claramente que estabas donde estabas y que, precisamente, estabas ahí porque un pequeño ser era capaz de sacar de él todo lo que tú estabas sintiendo. El concierto fue bello, bellísimo, y justificó plenamente el paso de Petrucciani por nuestra ciudad. Si es en este plan, que vuelva cuando quiera. Cuatro días más tarde llegaba otro pianista. En esta ocasión se trataba de Chick Corea, aunque en esta ocasión no venía solo. Corea estaba acompañado por lo que es, hasta ahora (espero que dure por lo menos hasta que salga la revista), su último proyecto. El pianista tiene tantos proyectos a la vez que siempre caben dudas de su eficacia, pero, en cuanto tiene un momento, este hombre se encarga de dejar claro que no se toma nada a broma. Su nuevo grupo se llama Origin y, aunque se sitúa en el terreno totalmente acústico, no puede tacharse de clásico por ningún concepto. Una base rítmica impecable (totalmente impecable) formada por el batería Adam Cruz y el contrabajista Avishai Cohen marcó, desde el primer momento, un nivel interpretativo de gran altura. Poco a poco fueron incorporándose a la formación el trombonista Steve Davis y los saxofonistas Bob Sheppard y Steve Wilson. Estos dos últimos no se conforman con tocar únicamente todas las clases de saxos, sino que, además, interpretan con flautas, clarinetes y demás garambainas. ¿Que por qué tantos instrumentos? Pues porque la propuesta de Corea abunda tanto en el jazz formal como en la música contemporánea que tanto le gusta. El concierto se dividió, de ese modo, en dos partes. En la primera todo fue ilusión, contento, abundantes solos y una perfecta exhibición de Cohen y Cruz que ponían orden en todo mientras el pianista concedía toda la libertad del mundo a su sexteto levantándose de vez en cuando para hacer las presentaciones de rigor y anunciar el nombre de los temas. Esta primera parte tuvo de todo, hasta el punto que se cerró con un amago de flamenco en el que Corea realizó un solo magnífico que puso a la sala silbando de contento. Esto no debió agradar mucho al personal del Auditorio, tan sosito y estirado él, ya que en cuanto te mueves un poco de la butaca siempre te están dando la lata. La segunda parte se planteó en otro terreno. Brillaron las partituras y todo se volvió más académico. Ello no supuso en modo alguno una falta de respuesta por parte de los músicos, sino, acaso, algo menos de espontaneidad. Con todo, la presencia escénica del combo es de lo más coqueta, con los músicos moviéndose y colocándose donde más convenga y con Corea yendo y viniendo mirando a la grada o saludando si le peta. Con esta diatriba, el espectáculo se alargó una barbaridad, pero a nadie pareció molestarle (salvo, quizás, a mi chica, que se empezaba a quedar dormida). El resto del público no veía nada negativo en que el show se prolongara, ya que lo que el sexteto estaba ofreciendo colmaba sus deseos de diversión y, al fin y al cabo, el jazz no es como otras músicas: tú sabes cuándo se empieza, pero se acaba cuando los músicos lo desean. Eso motivó una propinita del grupo después de que abandonara el escenario y recibiera una salva enorme de aplausos. El nuevo proyecto de Corea había resultado tan fascinante como todas sus cosas y, desde luego, triunfó como suele hacerlo por estas tierras. Lo europeo No faltó tampoco en el mes de noviembre la representación del jazz más típicamente europeo y éste vino de las manos (o la música) de Bill Bruford, un batería reconocido, más que nada, por sus aventuras sinfónicas con Yes o King Crimson entre otros. Bruford, como la mayoría de los baterías inteligentes del mundo del rock, tiene también su grupo de jazz. Este, en concreto, se llama Earthworks y nació en 1987 después de que Bill fuera ya un personaje consagrado en los escenarios de todo el mundo con los shows de humo y luminotecnia espectacular que han acompañado siempre a los dinosaurios del rock sinfónico. Su última obra discográfica en el terreno del jazz no la ha realizado precisamente con Earthworks, sino junto a dos virtuosos como Ralph Towner y Eddie Gómez. En una entrevista concedida a esta revista hace pocos meses Bill reconocía que aquel trabajo ("If summer had its ghosts") serviría para argumentar la próxima gira de Earthworks y, básicamente, así ha sido. El grupo de Bruford se presentó en el Galileo y consiguió vender todas las entradas puestas a la venta. Sobre el escenario, Bill no lleva el aparatoso set que exhibe cuando trabaja junto a King Crimson, pero, eso sí, él lleva el mando rítmico del grupo, limitándose el pianista Steve Hamilton a uno de esos teclados electrónicos que, después de ver a Petrucciani y a Corea, parecía de juguete. Nadie duda que los teclados electrónicos tienen una enorme capacidad sonora, pero tampoco es ningún misterio que no tienen el mismo diapasón que el piano acústico. En este caso, el invento se limitaba a los tonos más agudos, dejando los graves para el contrabajista Mark Hodgson y para el buen hacer de Bruford. El último integrante del cuarteto era Patrick Clahar, un saxofonista que disfruta dando armónicos a diestro y siniestro y que puso los avatares más vanguardistas de la noche, ésos que, con todo, fueron poquitos y contados. El material presentado fue válido, agradable y bien ejecutado, pero transmitido con frialdad y con una técnica de lo más depurada, algo que contrastó con lo que se estaba ofreciendo hasta el momento en el festival. El concierto dejó satisfecho a quienes iban a ver jazz y un poco menos contentos a quienes iban a ver a Bruford, ya que éste, concienciado de lo que estaba tocando, no asombró con exhibiciones ni utilizó algunos de los fuegos artificiales tan comunes en los baterías rockeros. Sencillez, dominio y argumentos sólidos fue la baza de Earthworks en Madrid. Y eso no es poco. Chano Domínguez era una de las propuestas no sólo europea, sino española, dentro del Festival de Jazz de Ciudad Lineal. Se da la circunstancia de que Chano ha tocado en las tres ediciones de este festival y que ésta, precisamente, ha sido de rebote. En principio se había anunciado a Jorge Pardo y a Carles Benavent, pero éstos, inmersos como están en su trabajo con Paco de Lucía, no pudieron abandonar al guitarrista ante la aparición de nuevos compromisos. Eso dio pie a que se recurriera a un "habitual de la casa" en un momento en el que la casualidad le hace estar en boca de todos no sólo porque su último trabajo ha sido realizado también con piano solo y ello permitía el morbo de comprobar la capacidad de Chano ante las ofertas similares de Petrucciani y Mehldau, sino porque, además, el gaditano es el principal protagonista musical de la última oferta discográfica de Ana Belén. La vocalista ha recurrido a Chano como productor y arreglista de su trabajo sobre la obra de Lorca y, en nuestra modesta opinión, no podía haber encontrado a nadie mejor. Chano siempre ha sabido interpretar la música tradicional de su tierra con una elegancia contemporánea y con un swing característico del jazz. Por eso no fue nada extraño que en su repertorio incluyera temas tan populares como "El toro y la luna", "Ojos verdes" o "Los cuatro muleros" en esas versiones tan peculiares que él realiza improvisando con evidente tinte jazzístico a partir de las líneas melódicas de dichas canciones. En una ocasión llegó a pedir al público que le acompañara vocalmente con "La tarara", pero eso, lógicamente, sólo valía para el estribillo, ya que el resto del tema era totalmente irreconocible. Con el piano solo, Chano no se muestra tan válido como otros pianistas. Si bien en su álbum grabado en directo todo parece medido y comedido, en su último recital parecía tocar con grupo aunque éste no estuviera. Eso se apreciaba fundamentalmente en los abundantes silencios o en el uso de los ritmos, necesitados numerosas veces de un acompañamiento para sonar en plena intensidad. El propio pianista parecía pedir en ocasiones una mayor sonoridad a su música, animándose él mismo tarareando o levantándose de su asiento. El público (yo por lo menos) habría hecho lo mismo y habría agradecido en ese momento una mayor explosión sonora que solamente podía venir por parte de otros instrumentos con su debida lectura. Aparte de eso, Chano se consolida cada día como un reinventor de la música tradicional, ha sabido encontrar mejor que nadie la fusión del flamenco y el jazz y convierte su propuesta en algo tan natural como si él mismo hubiese creado las composiciones. Cuando interpretó "Lush for life", "Cómo fue" o una versión del "Black and white" de Michael Jackson no se mostró tan acertado como cuando repasó la influencia de su propia cultura. Lo esperado Y para terminar, por lo menos por este mes, quedaba uno de los platos más fuertes. El pianista Brad Mehldau es de esos músicos que aparecen en la escena cargados de buenas intenciones y buen hacer y es capaz de convencer al más pintado de que es bueno. En esto del jazz (probablemente, en esto de la música) lo de ser bueno no es tan importante, ya que muchos músicos mediocres se han encaramado al éxito más notable. De hecho, muchos músicos han considerado que cuanto más talento tengas menos caso te harán los medios de comunicación. Con Mehldau ha ocurrido justo lo contrario y eso da que pensar: o es muy, muy bueno o es que todos hemos aprendido al mismo tiempo a disfrutar del talento. Yo creo que se da la primera circunstancia. Mehldau se presentaba en Madrid solamente con su piano. El está destacando en la formación de trío, ya que sus tres últimas, y excelentes, grabaciones le han reflejado así y así se presentó este verano en los festivales en los que participó, Vitoria incluido. Tocar en Madrid sin otro acompañamiento que sus manos era todo un riesgo, ya que iba a coincidir en el tiempo con Petrucciani y con George Winston, otro pianista que, sin ser de jazz, es evidentemente un portento cuando se habla de piano solo. Pues bien: ni corto ni perezoso, Mehldau se subió a la tarima del Auditorio y dejó claro (clarísimo) que él también es un maestro en ese arte, que puede tocar las partes más líricas que pasen por su cabeza y los movimientos más arriesgados sin perder la compostura, las improvisaciones más ocurrentes alrededor de una sintonía conocida o un arrebato pasional que deje a la gente con el corazón en un puño. El concierto no empezó demasiado bien, ya que un "atacao" tuvo la ocurrencia de ir de gracioso y se divirtió interrumpiendo la actividad del pianista con comentarios capciosos que se oían en toda la sala. Después de la segunda pieza, un armario de dos metros le cogió por la solapa y le sacó por la puerta mientras el resto de la gente le buscaba con la mirada. Eso pareció desconcertar al pianista, ya que agarró su piano y tocó "algo" para lo que parecía que le faltaban teclas. Era como si quisiera demostrar que si estaba ahí era por algún motivo y en cinco minutos realizó un alarde de digitación que pareció tranquilizarle consigo mismo. Después vendría lo más bonito: improvisaciones eternas que recogían una pieza y la llevaban hasta el imposible, delicadas aproximaciones al romanticismo que se entremezclaban con la esencia del swing y una capacidad innata para hacer del piano un vehículo expresivo que no necesite de nada más. Mehldau realizó un extraordinario concierto en Madrid (probablemente fueron dos, ya que también tocó en el Festival de Ciudad Lineal) y vino a confirmar todo lo que se espera de él. Si bien yo creo que quien estuvo mejor en todos los conciertos fue Petrucciani, mi chica consideró que Mehldau fue el triunfador de todos los festivales. Bien. Para gustos hay colores, ¿no? E.P. George Winston Ya lo sé. George Winston no es un músico de jazz. Al menos, yo también pensaba eso. En principio pensé incluir a Winston aquí porque su concierto era también de piano solo, coincidencia que le unía a algunos de los shows de jazz que se han ofrecido este mes en Madrid (Petrucciani, Mehldau, Domínguez), pero, después de asistir al concierto, vi que había más coincidencias que no eran, lógicamente, casualidades. Winston aporta a la interpretación de piano una sensibilidad y nivel impresionantes; y eso, que ya podía apreciarse en sus álbumes, también se demostró evidente en directo. Pero además, su último repertorio le acerca al jazz de una manera que no pensaba yo encontrarme. Así, recoge numerosos extractos que Vince Guaraldi ha escrito para la serie de televisión "Peanuts" y no se corta a la hora de tocar "Dog & cat" basado en la fórmula del stride, un estilo de ragtime. En su concierto, Winston no deja de lado los temas que le han hecho popular entre los amantes al piano romántico, melancólico o bucólico. En Madrid sonaron "Tamarack pines" o "Thanksgiving", por ejemplo, temas que el pianista dibuja en su particular "otoño" y que consiguieron los mejores momentos del show. Del mismo modo presentó una técnica muy particular a la hora de tocar la guitarra y un potpurrí de piezas irlandesas que interpretó con la armónica. El espectáculo sólo contaba para impresionar al público con la capacidad de Winston y un sonido de lo más puro. Ni micrófonos ni amplificación fueron utilizados manteniendo los deseos de este peculiar personaje que apareció descalzo pisando los pedales del piano con sus calcetines. Su música, brillante en ocasiones y muy infantil en otras, demostró que el campo de la música para niños es uno de los que más apasiona al pianista en estos momentos. Con todo, el saldo fue enormemente positivo y fiel reflejo de lo que se podía esperar.
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