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Eric Clapton. Palau San Jordi. Noviembre de 1998 Madrid no, gracias ¡Qué envidia! En Barcelona toca el Clapton y, encima, lo hace en un pabellón donde caben veinte mil almas, se ve y escucha de maravilla, se usa igual para espectáculos que para eventos deportivos y, para colmo, no es privado. En Madrid no hay nada de eso y, por supuesto, no hay Clapton. Pero no creas que se queda ahí la cosa. Quien toca antes, para abrir el show, es nada más y nada menos que Bonnie Raitt. En Madrid, mientras, seguimos inaugurando túneles. ¿Puede un aficionado a la música asumir que para ver a los más grandes en directo va a tener que acostumbrarse a sacar la entrada al mismo tiempo que un billete de ida y vuelta en tren o en autocar? ¿Va a tener que acostumbrarse a tener que pedir un día en el curro para disfrutar de un concierto? Pues parece que la historia no está muy lejos de esto, por lo menos en el caso de Clapton. Las tres últimas veces que ha pasado por España ha pasado de Madrid y supongo que no será ni por su culpa ni por la de los promotores, ya que un concierto del guitarrista en esta ciudad se supone como un éxito asegurado. Pero, en fin Eso también se podría decir de los Stones, de Pearl Jam, de Depeche Mode Bueno, a lo que vamos. Como mi chica no podía pedirse la jornada (pringadilla que es una), me largué el domingo por la noche a Barcelona con la intención de disfrutar el día viendo las maravillas de la Ciudad Condal y la noche escuchando el superconcierto que, a priori, se esperaba. Cualquier diario de la ciudad hablaba del evento, a las once de la mañana ya se sabía en las oficinas de los promotores que todo estaba vendido y el ambiente era estupendo, con numerosos autocares llegados de otras ciudades y con la ciudad empapelada con el careto del guitarrista. En las entrevistas que hacían a Bonnie Raitt ésta declaraba que Clapton estaba tocando en esta gira mejor que nunca y, quieras que no, se supone que esta mujer es una opinión autorizada en este tema. Clapton, por su parte, no sabe/no contesta: no concedió entrevistas, ni ruedas de prensa ni nada de nada. Llegó, tocó y se largó. A estas alturas, no parece que nada le llame la atención más que subirse al escenario. Después de tomarme una copita al lado de la playa, me acerqué al pabellón. Aún no había visto el Sant Jordi y me quedé impresionado. El día que Madrid tenga un recinto así será una ciudad europea. Mientras, seguimos siendo Madrid y tenemos un presidente de Comunidad que quiere hacer un Palacio de Justicia sin tener ni siquiera los terrenos. Lo de construir un recinto de este aforo ni lo piensan. De hecho, no piensan ni en usar el que tienen situado en Goya El caso es que entro y me encuentro con un mostrador en el que alquilan prismáticos. "Qué chulos son aquí", me digo. Pero, claro, es que aún no había visto el aforo del recinto. ¡Qué alucine! Diecisiete mil personas caben sentaditas en el pabellón, con sus escaleritas señalizadas, sus aseos al lado de cada vomitorio, hamburgueserías por si te quieres comer algo y una cúpula diseñada específicamente teniendo en cuenta que aquí, además de unos Juegos Olímpicos, se van a celebrar más cosas durante cada año. We love you A las nueve de la noche salió la Raitt con su banda dispuesta a abrir el apetito y a presentar "Fundamental", su último trabajo. En las entrevistas que comentaba antes la pelirroja se quejaba de que sus discos no suenan ya en las emisoras norteamericanas y que éstas están empeñadas en programar únicamente música para jóvenes. El caso es que el público de aquí fue mucho más benigno que todo eso, hasta el punto que Bonnie terminó su minishow tremendamente emocionada. Delante de ella se desplegó una pequeña pancarta en la que se leía "We love you, Bonnie" y recibió un aplauso al que seguramente no estará muy acostumbrada. "Thank you for support the rock american music", dijo mientras atacaba su última pieza. En cuarenta minutos, esta mujer dio una lección de saber estar. Pegada continuamente (excepto en un tema) a su enorme colección de guitarras (siempre llevó alguna colgando) y acompañada por otras dos más en manos de músicos la mar de solventes, Bonnie demostró que en el escenario vive sus canciones, una colección de temas que van del country al rock y del rock al country con apoyos de slide y con sonoridades de Hammond. La pelirroja se lo lleva con facilidad, consciente de que juega y de que gana, de que ofrece lo que tiene y de que el público que tiene delante está dispuesto a escucharla. Fue una verdadera lástima que, en su papel de telonera, no tuviera una actuación más extensa. Seguro que a nadie le habría molestado. Pero, ahora que lo pienso, tampoco estuvo mal que no se excediera. Tenía el billete de autocar para la una de la mañana y debía cruzarme Barcelona para poder embarcar, por lo que era mejor que todo fuera con el horario previsto, ya que al día siguiente tenía que estar trabajando a las nueve a seiscientos y pico kilómetros de allí. Lo de ver a Clapton podía ser muy bonito, pero, desde luego, toda una paliza para el cuerpo. A las diez y algo apareció el divo, uno de los mejores guitarristas de la historia, verdadera historia en sí dentro de la música, uno de los pocos artistas, en fin, capaz de vender a los americanos música americana hecha en las islas británicas. Eric Clapton en persona, con sus pantalones anchísimos, su camiseta y sus gafas, con ese look que se ha hecho tan popular desde que se lanzara el famoso "Unplugged". Tras él, una banda de seis músicos con dos teclistas, otra guitarra (Andy Fairweather) y, sobre todo y ante todo, un Steve Gadd a la batería que se demostró fundamental durante toda la noche. Con este hombre dirigiendo la base rítmica, las canciones de Clapton ganan una barbaridad y la sonoridad de la percusión se enriquece muchísimo gracias a los recursos de este maestro. Clapton dividió el show en tres partes. La primera la dedicó a presentar "Pilgrim", su último trabajo. El resultado fue fabuloso y los temas del disco sonaron más poderosos, más compactos y mucho más lucidos que en su versión enlatada. Temas como "My father's eyes" o "River of tears" tuvieron unos momentos preciosos y se notaba que estábamos ante una noche de ésas para recordar. Desde el primer momento se pudo apreciar esa capacidad de Clapton para ligar los fraseos, para improvisar con ligereza sin entrar en complicaciones, para hacer música suave en contrapunto directo con su segunda guitarra una delicia. En acústico La segunda parte del concierto fue un set acústico. En principio, yo no estaba muy por la labor de bajar mi ritmo vital. Los primeros temas me habían colocado en un estado en el que no recibí con agrado el "Driftin'" que el guitarrista se marcó en solitario con la acústica y sentado. Lo cierto es que fue solamente esa canción la que me dio el bajón, porque a continuación, con la banda y con las coristas también sentadas, se hizo un "Tears in heaven" que le quedó precioso. También se hizo "Layla" (nunca le perdonaré que la toque en acústico. Ese riff es una cosa de las más maravillosas que ha parido este hombre) y "Change the world" en el mismo formato. El set en acústico tuvo detalles bonitos, algunos realmente líricos, pero, en conjunto, habría que valorarlo como un intermedio entre dos bombas rítmicas. Lo que no se puede negar es que la elección de piezas que realizó Clapton para esta parte fue la más adecuada. Excepto "Layla", claro. Y comenzaba el tercer set mientras el público ya estaba rendido a la evidencia. Fue en la parte acústica fue cuando Clapton empezó a ganarse a la gente. Esta parecía estar más por la labor de valorar los grandes éxitos del inglés antes que las piezas de su último disco y así resultó curioso que levantara más palmas y se viera a más gente bailando con su guitarra acústica que cuando soltó energía por kilos en la primera parte del show. Encaminado como estaba todo, debidamente y según lo estudiado, ya sólo quedaba lanzar la artillería pesada para ganar la batalla con contundencia. De ese modo, Eric comenzó con el "One love" para descargar después un "Crossroads" que puso el pabellón boca abajo. Mientras la banda interpretaba ese tema se pudo ver a Bonnie Raitt bailando como una posesa detrás de las columnas de sonido. Si había alguna fan en el Sant Jordi ésa era, desde luego, Bonnie. Tras el temazo llegarían "Have you ever loved a woman" y una extraordinaria versión (buenísima) de "I shot the sheriff" para seguir con "Wonderful tonight" y la esperadísima "Cocaine", con lo que el show no tuvo demasiadas diferencias con lo que Clapton había presentado en sus anteriores conciertos dentro de esta gira europea. Como bis sonó el "Sunshine of your love", aunque a mí ya me pilló saliendo por la puerta escuchando los primeros compases. Me habría gustado ver cómo se hace actualmente Clapton un tema tan emblemático de su época en Cream pero ya había prisa. Cogí un taxi para la estación de autobuses y aún iba recordando los mejores momentos del show. Hacía tiempo que no disfrutaba de un guitarrista de tanta altura. Desde luego, no se puede negar que este hombre dibuja con la guitarra y que aporta en directo un enorme abrigo emocional a sus piezas. El papel de la banda me pareció excelente, ofreciendo siempre dos melodías complementarias y un juego rítmico que no dejaba hueco por ninguna parte. Pensé inmediatamente que había merecido la pena la paliza que mi cuerpo ya empezaba a notar y que aún crecería con el viaje de vuelta. Mientras estaba yo en estos devaneos, el taxista, con su acento catalán, me preguntó que quién tocaba esa noche en el Sant Jordi. "Eric Clapton", le dije. "¿Y es famoso? "--me preguntó el conductor--" Porque si han hecho el concierto aquí debe ser importante". Según le escuchaba, me daba la impresión de escuchar a los políticos madrileños. ¿Cómo alguien puede darse cuenta de la necesidad que tiene Madrid de recintos para albergar estos eventos si ni siquiera saben quiénes son los personajes históricos del siglo XX? Llegué a la conclusión de que quien gestiona el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid podría ser, perfectamente, taxista en Barcelona. E.P.
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