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Boikot + Caskärrabias + Vantroi Canciller. 13 de marzo de 1998. Algunos lo llaman "pachanga kombativa" y otros "calimocho rock". Sea como sea, cualquiera de los dos términos viene a identificar a un estilo al alza que cuenta con un enorme número de seguidores en los alrededores de Madrid y cuya seña de identidad es utilizar el rock como vehículo transmisor de consignas ideológicas. Boikot y Vantroi son ya dos baluartes del género: los primeros con una amplia carrera que eleva la autogestión hasta las cotas más altas y los segundos con un único disco en el mercado y a la búsqueda de compañía que edite su siguiente proyecto. Juntos, se presentaban en Madrid al lado de Caskärrabias, una banda con menos contenido ideológico y más cercana al rock urbano natural cargado de verdadera poesía madrileña. Si bien no llegué a ver a Vantroi por asuntos de curro, la mayoría del personal consultado se mostraba conforme con sus nuevos temas y argumentó que los mexicanos se lo hicieron francamente bien encima del escenario. Veremos si tenemos pronto noticias del grupo que con su primer No pasarán conquistó a una buena parte del público que exige más en las letras que en la música. Tras ellos aparecieron Caskärrabias, quienes interrumpieron la grabación de su segundo trabajo para estar en este concierto. Caskärrabias es una banda con un futuro de lo más prometedor. Su primer álbum era simplemente magnífico y los temas mostrados de lo que será su siguiente trabajo dejaron una sensación de empaque y conjunción tremenda. El grupo, además, ha aprendido pronto eso de que no puedes presentarte igual ante doscientas personas que ante mil y cubrió el escenario con telones representantes de su logotipo sacando partido a la luminotecnia y a las máquinas de humo. Piezas ya conocidas por el público, como Señor Caskärrabias, Calles rotas, Me da igual, Por gritar o su popular La Petra, dieron paso a canciones aún no escuchadas (El viejo y el mar, Como vas, Las hijas, Volcán) que no decayeron en el nivel expuesto. Su rock es directo, sencillo, con base guitarrera que cada día se depura con más gusto y con un concepto de banda que mejora continuamente. Su base rítmica funciona con criterio mientras guitarra y vocalista van desgranando algunas de las mejores canciones que se pueden escuchar ahora en la calle madrileña. Con todo, se agradecería que Caque, cantante y autor de los temas, afinara más su vocalización para no perder la gracia irónica y sensible de unos textos que aportan aspectos sutiles envueltos en terrenos rítmicos. Y, si Caskärrabias lo hicieron bien, la gente de Boikot no dejó que desear. Sus formas son ya conocidas, cuentan con el hándicap de la monotonía rítmica y sin embargo, son capaces de presentarse en cada ocasión con novedades y sorpresas. En esta ocasión, su concierto lo abrió el Avance videoinformativo que ilustra lo que será la cinta final de La ruta del Che, el documento visual que culminará el enorme proyecto que ahora tiene entre manos el cuarteto. Tras ello, y con el público ya encrespado esperando su presencia, un nutrido arsenal de temas que se centra, básicamente, en los dos primeros discos de su trilogía. Tanto No mirar como No escuchar tuvieron una nutrida representación que fue recibida por el público con agrado y con una buena ración de pogo. Boikot han llegado ya al momento en el que agrupan el punk con la pachanga ofreciendo a la gente mensajes ideológicos la mar de concretos con melodías conocidas que se bailan a base de sudor. Entre los temas exponen pinchazos directos a lo más molesto de la sociedad con una comunión completa hacia los movimientos de liberación sudamericanos o la población marginal de todo el mundo. Isabel o Mentiras son piezas que recogen las músicas populares en base a levantar la audiencia, mientras que Sacrificame, Poder del hambre o Pueblos enervan al público en base a una concepción totalmente combativa del rock. Nuevas propuestas, como una "narcorranchera", coinciden en los conciertos de Boikot con la adaptación del Hasta siempre, de Carlos Puebla, en clave de punk. El grupo ha ido creciendo hasta hacerse con un repertorio que puede mantener a su público durante hora y media sin cansarlo. Más bien al contrario, su popularidad sigue creciendo cada día y cualquier día nos encontraremos a los madrileños entre los grandes del género. Ya es sólo cuestión de esperar. En Madrid, todos cumplieron y dejaron un buen sabor de boca. E.P. Salvador La Sala. 14 de marzo de 1998. Varias cosas quedaron claras en la reaparición de Salvador en Madrid. Si su álbum Psicópatas urbanos le ha presentado en una muy buena forma y con un concepto muy moderno dentro de su música, su presencia en vivo deberá aún ajustarse un tanto si quiere contactar con un público amplio. Salva se presenta en escena con su nueva banda, bautizada como el título de su disco: un segundo guitarra de apoyo, bajista y batería, todos con un nivel nada desdeñable y conscientes de su labor detrás del "guitar-hero". Por su parte, el guitarra-vocalista dejó claro que lo suyo no es cantar y que para disfrutar de sus actuaciones será necesario que el público se acostumbre a su voz como antes lo hizo a la de otros cantantes que, en esto, no tienen su baza más fuerte (Rosendo puede ser un buen ejemplo). Con éstas, Salva se remitió en ocasiones a su carrera discográfica rescatando temas que ha reconvertido en su último trabajo (Get on your kness, Banzai, Es una broma ), reconstruyó sus piezas nuevas con vigor palpitante (Clit piercing, Yo no vivo en el mundo real), dejó constancia de su calidad de guitarrista acercándose a tiempos tranquilos (Caracas Hilton blues) y dio gusto al personal con versiones de clásicos de esencia guitarrística (Manic depression, Good times ), todo ello con un ritmo que hizo el show agradable y que reivindica la faceta más valerosa de Salvador: la de artista de las seis cuerdas. Porque ésta es, sin duda, la parte en la que el concierto tuvo sus mejores momentos. Como guitarrista, Salvador es un músico abierto que, probablemente, acabará en la música de fusión y, por ello, es menos comprensible que un artista de tal validez caiga tantas veces en los clichés más tópicos de los "guitarra-hacha" con poses estereotipadas, escalas rapidísimas fuera de contexto y sonidos agudos en la honda más heavy. Cuando se olvida del público, Salvador toca mucho mejor, con un universo acorde a los tiempos que corren (Clit piercing es toda una muestra), un uso más consecuente del sonido y un concepto musical en el que sus músicos tienen una razón de ser. En las piezas que versionea de Hendrix, por ejemplo, se le ve mucho más cómodo que en sus canciones antiguas. Mucho tiene que tocar aún Salvador para convencer al público de lo válido de su propuesta; pero, con un carisma como el suyo y con la capacidad de trabajo que ha atesorado, esperamos que no le resulte difícil. De momento, ahí tiene un disco que pone las cosas en su sitio. E.P.
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