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Bill Evans San Juan Evangelista. 22 de marzo de 1998 Y el destino quiso que Bill Evans volviera a pasar por Madrid. Este Bill no es el pianista del que hablábamos en nuestro número pasado, sino el extraordinario saxofonista que, entre jazz y fusión, está firmando en los últimos años unos discos que no se los salta un gitano. Volvió a nuestra ciudad acompañado por un monstruo del calibre de Victor Bailey, un bajista de ésos que parece que no está y que, sin embargo, dirige como nadie desde un rincón del escenario. Con él, y con el guitarrista Adam Rogers, un hombre que ha aprendido igual de John McLaughlin que de Carlos Santana, el concierto cogió ritmo desde el primer momento. Henry Hey a los teclados y Lionel Cordew en la batería fueron acompañantes solventes que dieron forma a la propuesta ecléctica de Evans, un universo musical que va desde lo más lírico a lo más experimental, y todo con una base jazzística que no encuentra fronteras: igual recuerda a su etapa con Miles Davis que se concentra en su última oferta discográfica (Starfish & the moon), en la cual brilla lo tranquilo y lo bucólico. No fue el último álbum de Evans el núcleo central del concierto. El tema que da título al disco, junto con otras piezas como Red dog o I'll miss you, sí estuvieron presentes, pero el saxofonista prefirió mostrar todas sus facetas como compositor antes que limitarse a ofrecer únicamente su más reciente propuesta. Así, Bill tocó tanto el tenor como el soprano, recuperó cosas de sus anteriores The gambler o Escape y terminó el concierto con una sesión de funk partiendo de Push, uno de sus temas más conocidos. Del mismo modo, aprovechó para introducir nuevas composiciones (I know what you mean o Ode to you always) en las que daba libertad a sus músicos y el escenario se teñía de jazz rock aprovechando el gusto por los efectos que demostró Rogers o las habilidades del propio Evans con un manipulador de voz. Todo ello lo aderezó con gusto y criterio, añadiendo swing y ritmo a las demostraciones de calidad técnica y alternando muy acertadamente el protagonismo de las diferentes partes del grupo. En conjunto, el saxofonista demostró su gran nivel como compositor y como artista en directo, sabiendo dirigir a unos músicos elegidos conforme a lo ofrecido y ordenándolos con acierto entre un torrente sonoro que siempre mantuvo una linealidad de calibre y que nunca bajó el tono. Casi dos horas que se hicieron cortas y en las que, a través de doce temas, Evans mostró su facilidad para acercarse a diferentes corrientes estéticas sabiendo estar correcto en cada una de ellas. Mi chica quedó finalmente convencida, aunque era un tanto reticente: "Prefiero a los saxofonistas negros, pero en fin. Está muy bien". E.P.
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