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B. B. King

Las Ventas. 22 de julio de 1998

Era llamativo que un concierto de B. B. King se celebrara en Las Ventas. Demasiado recinto, podría pensarse. Sin embargo, lo primero que llamaba la atención al entrar en el coso era la enorme cantidad de público que había en él. Puede que hubiera truco (el área reservada para invitados ocupaba casi un tercio de las gradas y estaba tan saturado que una enorme cantidad de personas se tuvieron que acoplar por otros lados), pero no es menos cierto que la cosa lucía mucho y que el "abuelo del blues" pudo gozar así de una cantidad de público a la que no está acostumbrado por estos pagos.

Antes que King tomara el escenario se asistió a la grabación del próximo disco de Raimundo Amador. Para grabarlo (con televisión incluida, que estas cosas hay que cuidarlas) el guitarrista recurrió a un montón de amigos que le acompañaron a interpretar sus canciones. Kiko Veneno, Juan Perro, Remedios Amaya y otros echaron una manita poniendo cositas aquí y allá y consiguiendo que aquello pareciera una fiesta lolailo a la que la gente respondió de diferente manera: mientras que algunos disfrutaban con el jolgorio animándose a dar palmitas la mayoría llevaba aquello con resignación dando a entender que su interés estaba más en la actuación principal que en el proyecto de Raimundo. Y hasta la actuación principal tocó esperar. B. B. King ofreció un aperitivo en el bis que Amador interpretó (su Bolleré) y que presentó al público lo que, en teoría, era el plato fuerte de la noche: el duelo de guitarras entre los dos protagonistas. Lo cierto es que ni hubo duelo ni nada: King tuvo problemas con su ampli y se limitó a hacer su papel de padrino en un dúo que quedó francamente desacertado. Afortunadamente, esas cosas no le pasan en solitario. Después de más de media hora de espera para que se recogiera toda la parafernalia televisiva que servirá de apoyo al próximo disco de Raimundo, apareció el grupo del maestro con su oferta habitual: dos temitas de introducción para caldear el ambiente antes de que saliera B. B. Y cuando salió lo hizo sin su habitual chaqueta brillante, con un toque más veraniego y con su Lucille colgada a la altura de su barrigota. No es que la diera mucha marcha en esta noche, pero la acarició lo suficiente como para dejar nota de su impronta, su carisma y su nivel como guitarrista. Para este hombre, pese a lo bueno que es, sí están empezando a pasar los años. Su concierto no fue, ni mucho menos, tan brillante como a los que estamos acostumbrados, ya que a King se le ha podido ver tantas veces en España que casi es inevitable la comparación. Sí apareció, como siempre, acompañado de una formación solvente, plagada de instrumentistas sobrios, capaces y conscientes de quién es el rey del escenario. Está muy bien eso de poder exhibirse ante el público del patrón, pero siempre hay que guardar las formas y dejar las partes más brillantes para aquél a quien el público quiere ver. B. B. abusó en exceso de su costumbre de colocarse a Lucille en el sobaquillo, cantando alguna que otra vez, golpeando con su puño izquierdo sobre la mano derecha extendida y presentando a los miembros de su banda mientras éstos hacinaban un solo encima del otro. En conjunto, el concierto tuvo lo habitual: buenos temas, piezas clásicas de un repertorio consagrado, solos brillantes en los que King sigue demostrando que tiene el blues instalado hasta en las uñas de los pies y una riqueza musical de ésas que se agradecen por poco frecuentes. Metales, teclados, una batería justa y funcional, un sonido excelente que facilitaba disfrutar con matices y con virguerías que marcan un estilo inconfundible. Puede que se disfrutara más con B. B. King en un sitio en el que para tomar una copa no hiciera falta esperar una hora y en el que los asientos no estén hechos para escuchimizados, pero, ¿para qué negarlo?, un concierto de este hombre siempre es una fiesta, reivindica un género que en España no es mayoritario y hace disfrutar con un concepto musical y de banda que tiene una calidad evidente.

E.P.

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