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Albert Pla

Palacio de Congresos. 29 de noviembre de 1997

Una cosa hay que aclarar. Si vas a ver a Alber Pla creyendo que vas a un concierto, o una de dos: o cambias tu imagen de lo que es un concierto o te sentirás tremendamente decepcionado. Pla no es un personaje al uso y eso, en cierta manera, desintoxica un poco a los que vamos a ver conciertos un día sí y otro también. Su espectáculo está muy lejos de lo que entendemos por un recital de canciones con mayor o menor acompañamiento, de un surtidor de energía capaz de hacer moverse al público o de un espectáculo de escenario capaz de ser disfrutado igual por la primera que por la última fila. Lo de Pla es propio, para él, algo en lo que muestra su esencia infantil y sus ganas de expresar pensamientos políticamente incorrectos. Y lo adorna con un espectáculo mínimo, con luces alógenas en vez de focos, con un retrato del cuarto de estar de su casa y con cintas pregrabadas en lugar de banda.

Con estas, o conectas o te puedes aburrir durante hora y media. Si conectas te puedes divertir mucho. Bromas, una actitud ingenua y unas canciones en las que la música es lo de menos es lo que se presenta en el escenario. Un repertorio que comienza con Marcelino Arroyo del Charco (una mujer va al servicio y da a luz sin querer) y que tiene momentos brillantes en Majestad (Albert, republicano, pide al rey la mano de su hija), El gallo Eduardo Montenegro (un gallo deja de cantar una mañana y se queda perplejo porque el sol sigue saliendo), La dejo o no la dejo (tu novia es terrorista y convives con ella sin tener claro que lo que hace es tan malo) o Mañana lo dejo (cualquier día dejaremos de consumir mierda) va desgranándose por el escenario mientras que Pla evoluciona en un espacio mínimo que no llegará a los veinte metros cuadrados. Mi chica no conocía a Pla y salió contenta mientras otros que le conocían quedaron defraudados. Personalmente me agradó y me sorprendió. Talvez lo habría agradecido más en un local más pequeño, pudiendo fumar y tomarme una copa, disfrutando más de las muecas que este showman ofrece sin que puedan verse más allá de las primeras filas pero, en cualquier caso, disfruté con la novedad, con ese concierto sencillo que siempre te apetece ver de vez en cuando y con la lucidez de unas letras que casi sonaban mejor recitadas que cantadas. También hubo invitados, como queriéndonos recordar la esencia del último disco del catalán, grabado en directo en compañía de amigos. Pi de la Serra, Oriol Tranvía y Alvaro Galera colaboraron con sus guitarras en algunos temas (El camión de la basura, Pepe Botika, Alboraya…) y volvieron a aparecer en los bises. En conjunto, un espectáculo agradable, que desintoxica y que deja poco claro el terreno natural de este cantautor, más propio para la comunicación real que para un público amplio ante el que se pierde. Una sorpresa vestida de monje y botas enormes.

E.P.

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