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Jean Michel Jarre. Febrero 1997

El mago que perdió el sombrero

A un hombre como Jarre ya le quedaba poco por hacer. Es el artista francés que más ha vendido en la historia, sus conciertos han sido contemplados por millones de personas, ha desarrollado prototipos instrumentales que han influido decisivamente en muchos de los modelos que actualmente utilizan los teclistas, ha llevado la música electrónica a un público al que nunca le había sonado bien algo más contemporáneo que las rumbas... y se cansó.

Ahora, Jarre no quiere hacer conciertos para un millón de personas (como los que ofreció en París, Houston o Londres hace años), evita ser el hombre enigmático que se escondía detrás de unas gafas horteras asemejándose a un marciano, ha cambiado de compañía discográfica y huye de las multitudes. El 17 de febrero se pondrá a la venta su último trabajo, Oxigene 7-13, un disco con el que quiere mostrar lo evidente: su deseo es volver a 1976, año en que saltó a la fama después de haber grabado dos discos que solamente satisficieron a los más vanguardistas críticos franceses: The cage (69) y Deserted palace (72). Oxigene fue su primer gran éxito comercial, una ruptura total con la música de la época que comenzaba a bailar en base de techno y a sacar la tecnología fuera del rock sinfónico.

Ahora, veintiún años después, Jarre parece cansado de una evolución que le convirtió a lo más parecido al "hombre elefante". Su equipo de directo necesitaba para transportarse más camiones que los que formaron la barrera de la huelga de camioneros que, a finales del año pasado, bloquearon las carreteras francesas; sus discos comenzaban a parecerse a un disparadero de señales electroacústicas, solamente reproducibles en su integridad en los más modernos equipos de sonido; hasta su presencia tenía un halo de magnificencia que ha terminado por cansarle y aburrirle. Ahora, Jean Michel Jarre quiere volver a ser sencillo, algo difícil para quien ha hecho de la música un continuo examen a los fabricantes de teclados. Oxigene 7-13 quiere recuperar el espíritu de su álbum del 76, recogiéndolo allá donde lo dejó. El disco no es una nueva versión de aquél que le proporcionó el salto a la fama, pero sí contiene pasajes en los que algunas melodías son reconocibles. Con todo, el mayor cambio de Jarre viene solamente de la mano de la tecnología: ha grabado con los mismos sintetizadores con los que trabajó por primera vez con el Music research group en el París de los primeros sesenta. Su nuevo concepto musical, sin embargo, lejos está de lo que ofrecía en 1976. Las piezas que cubren este nuevo Oxigene son plenamente contemporáneas y habrá quien vea en ellas un estudio del minimalismo serial de fin de siglo. Los efectos sonoros se repiten por doquier y las melodías, que sí estaban presentes en el primer Oxigene, dan paso aquí a experiencias mucho más difusas en las que el sonido es más importante que la música. Escuchándolo recuerda más aún a los dos primeros discos de Jarre que a su lanzamiento del 76, un disco que supuso un salto en su carrera al destacar el efecto rítmico de las programaciones. Jarre ha cambiado, eso es obvio, pero este disco, precisamente, no demuestra que lo haya hecho necesariamente a mejor.

E.P.

Jean Michel Jarre. Oxigene 7-13. Epic

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