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Enrique Morente. Julio 1997

Cuando el flamenco crece

El flamenco tiene tras de sí serios defectos para calar en el público joven. Uno de ellos es el inmovilismo, el querer mantener las cosas como se hicieron hace cien años defendiendo que sólo lo antiguo está bien hecho. Otra es la cerrazón, olvidar que la música es la cultura popular y que, por tanto, evoluciona con la gente. Cuando la gente se mueve, el arte no puede, por definición, quedarse quieto, ya que contradice su propio sentido.

De vez en cuando, entre tanto flamencólogo, estudioso e historiador, aparece una mente sagaz y un espíritu abierto y es, entonces, cuando el flamenco vuelve a conectar con la sociedad. No con la que le vio nacer (obvio), sino con la que le hace perdurar y crecer. Muchos artistas flamencos defienden la ortodoxia del cante como la biblia sobre la que trabajar cuando, en buena lógica, ésta no debe ser otra cosa que el principio de un camino que debe cambiar día a día según cambia el entorno en el que nace y se hace un género tan antiguo y tan variado como es el flamenco.

Hay quien, tomando el camino fácil, únicamente fusiona el flamenco con géneros asequibles. Esa posibilidad, que también puede ser un buen punto de partida, se ahoga en sí misma cuando se entiende como un fin. El flamenco puede fusionarse con cualquier estilo de música, pero, al mismo tiempo, sus especiales circunstancias hacen que esta fusión tenga que partir del propio flamenco y no del elemento externo, sea el pop, el rock o el jazz, por poner ejemplos. Por lo demostrado hasta el momento, es mejor el resultado que se obtiene al hacer flamenco con la ayuda del rock que el obtenido al hacer rock con la ayuda del flamenco, y eso es extensible a todos los géneros con los que se ha intentado fusionar.

Enrique Morente junta, en su persona, todo el conocimiento que exige el cantar flamenco y, al mismo tiempo, la amplitud de miras de quienes van un paso por delante de los demás. Morente significa en la actualidad lo que la figura de Camarón supuso hace diez años. No es que tengan mucho que ver, excepto en el hecho de que son abiertos y viven el flamenco, como todo, día a día: lo que se hizo en el pasado es el punto de arranque para seguir evolucionando, creciendo y, sobre todo, creando. Si Camarón revolucionó el flamenco por reinventarlo, Morente está en la misma línea aun cuando su estilo, forma y visión del asunto pueda ser totalmente diferente.

Eso hace, al mismo tiempo, que la gente joven, alejada de la tradición y sin ninguna gana de estudiar cómo hacía las seguidillas D. Fulano de tal, se fije en una música tan nuestra como es ésta. Como en cualquier otro estilo musical, es la obra y no la historia la que tiene que llegar al público. Si fuera necesario ser conocedor de un terreno musical para poder apreciarlo, lo más posible es que la música no evolucionase nada y que, como el género sinfónico, se convirtiera en una diversión elitista sin ningún contacto con la sociedad.

Omega

La última obra de Enrique Morente es "Omega", un disco del que tuviste referencia hace algunos meses en estas mismas páginas. Como ya se dijo en su día, en "Omega" participaba un gran elenco de músicos, entre los que se encontraba el grupo Lagartija Nick. En este álbum, Morente da un paso más sobre lo ya ofrecido en sus discos anteriores y aborda otros sonidos, habitualmente unidos al rock, desde su propio entendimiento de lo que es la música. El resultado, innovador, vuelve a poner de manifiesto que el flamenco es un género tan abierto como abierto sea el artista que lo utiliza como vehículo de expresión y que las reglas establecidas están hechas, precisamente, para que venga alguien con talento y criterio y ponga otras nuevas hasta que éstas tengan, otra vez, que ser cambiadas.

"Omega" se presentó en directo como apertura del último Festimad Poética. En La Riviera no quedaron entradas sin vender y pudo comprobarse cómo el poder de convocatoria de Morente llega por igual a los gitanos amantes de la tradición, a los payos defensores de la ortodoxia y a los jóvenes que no entienden de razas, reglas o colores. Ese día podía respirarse la convivencia entre las chupas de cuero y los cuellos de camisa amplios. Lo que mandaba allí era el poder de la música bien hecha y la esperanza era que el espectáculo ofrecido sobre el escenario hiciera honor a una creación que se ha mostrado, en disco, superior a lo normal.

Morente no defraudó en ningún aspecto. Se arropó de todo lo necesario para ofrecer al público el flamenco del siglo que viene. No una fusión ni un invento pasajero, sino una música de raíz que tiene esa raíz en el mundo contemporáneo y no en los libros de textos. Cante, baile y toque se dieron la mano sin despreciar nada de lo que han traído consigo los últimos veinte años. Las guitarras eléctricas convivieron con las flamencas, el baile tradicional adoptó formas contemporáneas y los esquemas formales del pasado se unieron con la escenografía del presente y con las ideas del futuro. En "Omega" también estuvieron presentes, como debía de ser tratándose de la apertura de Poética, los versos ya hechos y los que se hacen en el momento de la improvisación, el poema mudo de una guitarra y el verso crecido de un quejío. El espectáculo no solamente sorprendió, sino que convenció al más cavernícola tradicionalista y le enseñó, claramente, que lo que estaba viendo y escuchando no era ninguna contaminación del flamenco, sino el respiro natural y creador de los tiempos que nos toca vivir.

Morente

Enrique Morente es granadino, nacido en la tierra de la Alhambra en 1942. El cantar, como a todos los maestros, le viene de joven y sus primeras actuaciones ante el público las realizó en el grupo de seises de la Catedral de Granada, una formación que siempre presumió de tener las voces de los más ricos ruiseñores que dio aquella tierra. El flamenco le entró por todos lados: por el oído, por la vista y por el tacto. En su tierra conocería a Aurelio de Cádiz, quien, viéndole con ilusión, gusto y talento, enseñó a Enrique todas esas cosas que los expertos ponen en los libros ocupando páginas y páginas sin que se pueda explicar mejor que con el propio cante. Morente aprendió con él una amplia gama de estilos que le mostró la enorme diversidad del flamenco y sus amplias posibilidades.

A los dieciocho años se vino a Madrid, donde trabajó de todo y se hizo, en verdad, cantaor. Le llamaban, por entonces, Enrique el granaíno y con ese nombre conoció a otro de sus maestros fundamentales: Pepe el de la Matrona. Debutó en la Peña flamenca Charlot y, poco a poco, fue ganándose un nombre en el ambiente con actuaciones en la Casa de Málaga o con la pareja de baile Gloria y Camborio, con quienes actuó en numerosas salas de fiestas. Su primer gran salto lo obtuvo al ser contratado por el ballet de Mariemma para actuar en el Pabellón español de la Feria Mundial de Nueva York y en la embajada de España en Washington. Ese mismo año, el 64, nos presentó a Morente actuando junto al mismísimo Antonio Mairena en Córdoba. El año siguiente ya realizó su primera gira europea con el elenco de Susana y José y, posteriormente, también actuaría en la India y Japón con el grupo de Pepita Sarazena y José Luis Rodríguez.

En 1967 comenzó a ganar premios y, lo más importante, a grabar discos. "Cante flamenco", "Cantes antiguos del flamenco", "Homenaje flamenco a Miguel Hernández" o "Morente en vivo", un disco pirata editado en Holanda, mostraban a Enrique como un cantaor hecho, con estilo, capaz de aproximarse a cualquier estilo y siempre cuidadoso con los textos de sus obras. En el 75 graba "Se hace camino al andar", un álbum que le consolida como una figura del flamenco y, al mismo tiempo, con criterio suficiente como para musicar textos de Hernández, Machado, Lorca o San Juan de la Cruz. En esta época, Morente ya es un innovador y, como tal, empieza a tener admiradores y detractores.

Los ochenta

A la hora de grabar "Homenaje a Don Antonio Chacón", Morente poseía ya un currículum que podía callar la boca a cualquiera. En 1970 se convirtió en el primer cantaor que actuaba en el Ateneo de Madrid. Su guitarrista fue, en aquella ocasión, Manolo Sanlúcar. Un año más tarde realizó una gira por México que tuvo como colofón su actuación en el Auditorio de la Universidad de las Américas. En el 72 fue reconocido por la Cátedra de Flamencología de Jerez con el Premio Nacional y actuó en la sede parisina de la UNESCO. En 1973 volvió a América para cantar en el Lincoln Center neoyorquino y así… hasta recorrerse el mundo y convencer a todos de que este hombre no era un cantaor normal. Con su "Homenaje…", obtuvo el Premio nacional de Música Popular otorgado por el Ministerio de Cultura.

Después vendría la edición de "Despegando", el inicio de la década de los ochenta cantando con Camarón en el Frontón Madrid, su espectáculo "Andalucía hoy" (con el que comenzaba a extender sus actividades), su introducción en la música griega y bizantina con el montaje de "El mito de Edipo Rey", su participación en la "Fantasía de cante jondo para voz flamenca y orquesta" de Antonio Robledo y, en el 87, su participación en el Festival de Jazz de Madrid. Sus discos ("Sacromonte", "Cruz y luna" y "Esencias") le habían consolidado como un extraordinario artista, tanto en el escenario como en el estudio, pero aún habrían de venir más innovaciones.

En 1988 estrenó "El loco romántico" (inspirada en el "Quijote"); estrenó también su "Misa flamenca", con textos de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Lope de Vega y Juan del Encina; grabó "En la Casa", con textos de Lorca, y entró en la década de los noventa homenajeando a Sabicas con su primer álbum para Ariola. Absolutamente todo lo que ofrecía Morente era sorpresivo y sorprendente, partía del flamenco y descansaba en la modernidad, actualizaba sin dejar de sentir la raíz y enseñaba, al mismo tiempo, que continuaba aprendiendo.

Con "Negra si tú supieras" grabó para Nuevos Medios en el 93, aunque enseguida tomó forma la idea de crear su propio sello discográfico, Discos Probeticos (no probéticos, sino probeticos, de "probe"). "Omega" no es sino un punto y seguido en una trayectoria que acepta la vida como viene y la música como vehículo de expresión de vivencias y sentimientos. Los noventa no pueden ser como los sesenta y Morente lo sabe, lo siente y lo canta. Con él, el flamenco llega a su máxima expresión, aun cuando los puristas no entiendan su postura.

Al fin y al cabo, los puristas son eso, puristas, y los amantes de la música son otra cosa. Cuando los flamencólogos se aclaren los oídos, tal vez empiecen a conocer un arte tan rico como es éste que nos ocupa. De momento, debemos felicitarnos de tener en España un talento y un genio tan espectacular como el de Morente, un artista que es capaz de poner la música más tradicional en la punta de lanza que supone el futuro.

E.P.

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