Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

Indice

El rock a los cincuenta. Julio 1997

¿Sexo, poder o dinero?

Ya no valen los chistes sobre dinosaurios: los grupos y solistas que triunfaron en los años setenta siguen llenando grandes recintos cuando nos acercamos al final del siglo. Ellos se aprovechan de la debilidad de las nuevas estrellas, pero también necesitan estar en activo: entre otras razones, urge ahorrar para los años invernales.

Una investigación de Diego A. Manrique

Repasa la programación de grandes conciertos en el verano de 1997. Kiss, Aerosmith, Supertramp, David Bowie, Neil Young (ya, ya, pero estaba anunciado), U2… Con excepción de estos últimos, todos podían habernos visitado hace veinte años. Y, con la excepción de Bowie, ofreciendo básicamente lo mismo que ahora.

España pasaba en 1977 por circunstancias delicadas, así que esta modesta observación no debe entenderse como un ataque a los promotores de entonces o de ahora. Tampoco debe servir como munición de apoyo de argumentos carcas tipo "no ha salido nada interesante en los últimos veinte años y eso explica el éxito de estos veteranos."

No. Si Aerosmith tiene ahora más tirón que entonces se debe a que han acumulado más éxitos, a que su imagen se ha grabado en nuestras retinas debido a sus vistosos vídeos, a que tienen el carisma añadido de los supervivientes de pantagruélicos excesos de drogas y alcohol y sexo. Por no hablar del contrato implícito entre artistas –sobre todo estadounidenses– y públicos: sabemos que esos grupos son demasiado profesionales para segregar pasión desnuda, rock en estado puro, pero aceptamos la pantomima ya que, a cambio, nos ofrecen gloriosos espectáculos que sacian nuestros ojos.

Este trueque –emoción genuina por montaje hipersofisticado– no siempre funciona, como recordarán los frustrados asistentes a la penúltima visita de ZZ Top. Habrá alguien que plantee si no es posible crear música viva en medio de un show complejo. Recordemos lo obvio: la programación de luces y efectos exige fidelidad al guión, a la interpretación milimétrica, mientras que la (secreta) abundancia de pregrabados conspira contra tentaciones de espontaneidad.

Volvamos al cartel del verano, que también pone en evidencia alguna "Ley del rock". Por ejemplo, que un nombre establecido, por muy desgastado que esté, vale más que los satélites que saltaron de la Marca Registrada.

Varios miembros de Aerosmith, Kiss y Supertramp iniciaron carreras en solitario, pero tuvieron que volver al redil. Puede incluso que sea el mismísimo cabecilla del grupo el que abandone el barco, seguro de que tiene todos los ases en la manga, olvidando que el consumidor prefiere lo conocido a lo por conocer.

El fan ha comprometido sus sentimientos con un nombre clásico y su paciencia disminuye a la hora de seguir al desertor: mira al amargado Roger Waters, olvidado tras abandonar un Pink Floyd que él creía exangüe y moribundo…

Presente alucinante

Otro axioma del rock: nadie que haya triunfado se retira si lo puede evitar. N-A-D-I-E. Los que lo hacen cuentan con la red de seguridad de empleos y/o empresas en la industria de la música o afines. Sí, puedes encontrar toneladas de casos de gente que tira la toalla, pero sucede simplemente que los obstáculos han sido más fuertes que su voluntad. Además, todavía no hay suficiente experiencia asimilada para comprender que lo-que-baja-vuelve-a-subir. Los ciclos se aceleran y la nostalgia recupera y da esplendor a artistas y movimientos caídos en el mayor de los desprecios.

Frente a los faltos de fe, son más elocuentes los casos de históricos que resisten más allá de la fecha de caducidad. Impresiona escuchar el último disco de John Lee Hooker y encontrarse con el "boogie man" en piloto automático, un viejecillo cascadete que se contenta con hacer de eco a las frases de su productor, Van Morrison. Impresiona… y apena.

¿El motivo de tanta insalubre tenacidad? Ah, ya sabes la respuesta, aunque no hayas leído tratados sobre la psicología de los artistas. La necesidad de hacer algo, el deseo de competir con coetáneos y jóvenes aspirantes al título, el ansia de cosechar aplausos y reconocimiento (¡droga dura es el escenario!).

Y el dinero, idiota, el dinero. Nos gusta elevar a nuestros héroes al cielo del arte y sus motivaciones más pedestres ensucian nuestra admiración. A Gene Simmons, de Kiss, le preguntaron qué elegiría de la "triada básica" (sexo, poder, dinero). No se lo pensó: "¡Dinero! El dinero te da poder. El poder te da sexo."

Simmons sabe de lo que habla. El antiguo aspirante a rabino presume de haber, uh, "intimado" con unas tres mil seiscientas mujeres y tiene, asegura, las fotos que lo demuestran. Ahora insiste en que se ha moderado: lleva doce años con Shannon Tweed, actriz y estrella de "Playboy", y el resultado son dos niños. Pero Simmons se niega a casarse: "el matrimonio degrada una relación amorosa y despierta la avaricia en muchas consortes."

Pasado manirroto

Anteriormente, Simmons no fue tan precavido con el dinero: es sabido que solía alquilar un jet para llevarle a Nueva York a cenar con Cher o Diana Ross. Sus compañeros eran igualmente despilfarradores; Ace Frehley ignoró consejos y se empeñó en construir un estudio en su casa con un coste total de dos millones de dólares. Pero las ordenanzas municipales prohibían estudios de grabación en aquel barrio residencial y se le impidió usarlo.

La historia financiera de Kiss es la más vieja del rock: cuando el dinero entra a espuertas, el artista no se ocupa de controlarlo. Las anécdotas al respecto son abundantes: enfrentados a una urgencia, se abrió la caja fuerte de la oficina de Kiss… y ni rastro de los ciento cincuenta mil dólares en metálico que estaban almacenados allí para estas situaciones. Tampoco era raro que los balances de fin de año revelaran cantidades –tan altas como setecientos mil dólares– que se evaporaron misteriosamente.

Estas cifras eran minucias a finales de los setenta, cuando el grupo ingresaba alrededor de cien millones de dólares anuales. Al menos, eso es lo que creían ellos. Hasta que, en 1995, ¡alarma!: Simmons y Paul Stanley descubrieron que cada uno tenía unos seis millones de dólares a su disposición, mucho menos de lo que necesitan para enfrentarse a la vejez manteniendo el estilo de vida al que están habituados.

Los otros dos miembros originales, Peter Criss y Ace Frehley, no eran ejemplos a imitar. Hace quince años que se desengancharon contractualmente del grupo, vendiendo sus participaciones por cantidades importantes que gastaron con alegría. Hoy, ambos están a sueldo de Simmons y Stanley, que son los únicos propietarios de Kiss. Y no protestan: recuerdan que Eric Carr, que ejerció de batería de Kiss durante los años ochenta, falleció en 1991 después de pasar temporadas como alcohólico sin techo.

¿Qué ocurrió? Nuevamente, lo de siempre en estas alturas de la aristocracia del rock. Es decir: managers voraces y asesores financieros incapaces o venales. Kiss estuvo representado, al principio, por un tal William Aucoin, que se llevaba el veinticinco por ciento de sus ingresos brutos por discos, conciertos y merchandising (por aquellos tiempos, lo habitual era que el manager se quedara con un quince por ciento tras descontar gastos). Aucoin ganaba mucho más que cualquiera de los miembros del grupo habida cuenta de que también era el propietario del cincuenta por ciento de los derechos editoriales de las canciones. Pero aguantaron esos abusos hasta que se enfrentaron con él: Aucoin se negaba a que Kiss abandonara los maquillajes. Y tenía razón: Kiss a cara descubierta (1983) no fascinó a su público.

Los siguientes responsables de su carrera tampoco se cubrieron de gloria. Invirtieron en arriesgados negocios libres de impuestos que fracasaron, se acostumbraron a truquitos como comisiones bajo cuerda de las empresas que alquilaban luz y sonido a Kiss. El colmo del disparate fue ponerse en manos de su psicoterapeuta, un tipo sin experiencia en la industria de la música con el que establecieron una relación de dependencia: el doctor exigía el pago por anticipado antes de sentarlos en el diván. Y aunque como encargado de sus asuntos disfrutaba de un sueldo base de ciento cincuenta mil dólares, hubo años en que ingresó cinco veces esa cantidad. Ese detalle se supo cuando se divorció de su esposa y ésta exhibió papeles que revelaban su larga mano. Curiosamente, Kiss no guarda rencor al buen doctor (que lleva años en paradero desconocido) empeñado en ignorar la sentencia de divorcio que le condenaba a pagar un par de millones.

Alto: que nadie piense que Kiss está formado por zoquetes. Sus deslices económicos no son algo raro en los anales del rock. Elvis Presley tenía como manager a un viejo pirata que se quedaba con el cincuenta por ciento de lo que producía. Los Beatles contaban con Brian Epstein, un tipo honesto pero ineficaz a la hora de negociar a cara de perro. Tiempos (y artistas) ingenuos. De eso nada: incluso perros viejos como Sting, Pink Floyd o Billy Joel se han visto obligados a pasar por el trago de acudir a los tribunales para reconocer que sí, que fueron desplumados.

Futuro confortable

Son los riesgos de estar en la industria nueva de evolución rápida. Elvis Presley, Chuck Berry, Buddy Holly y muchos de los pioneros creían que el rock era moda fugaz y se preparaban para refugiarse en los clubs nocturnos para adultos. Por el contrario, el rock fue creciendo en volumen de negocio y nadie podía prever las nuevas áreas de explotación. Con el CD, las discográficas consiguieron la hazaña de volver a vender música antigua a un precio superior; grupos resabiados como Dire straits acabaron aceptando royalties reducidos porque "el sonido digital es una nueva tecnología…" y la cláusula del recorte se institucionalizó, aparte de otras que eximían a las compañías del pago de un cierto porcentaje de la tirada alegando que las copias se rompían (pensaban en discos de vinilo, que gracia).

Igual ocurrió con los derechos editoriales de los viejos éxitos. Canciones que se suponían olvidadas se revelaron como minas de oro gracias a su inclusión en bandas sonoras, spots publicitarios, nuevas versiones… el canibalismo de la era del sampler.

Escocidos por tantas imprevisiones, los grandes grupos del pasado intentan resarcirse con contratos feroces que, frecuentemente, no son tan generosos como parecen: preguntad a Prince por su "contrato-del-siglo" con Warner. De todos modos, los artistas se aprovechan de la necesidad de las discográficas de contar con nombres rutilantes, aunque no vendan lo deseable: Virgin y los Rolling stones, Warner y R.E.M., Dreamworks y George Michael, Island y U2, Sony y Aerosmith… Nombres de platino que tranquilizan a los accionistas, que hacen más apetecible un catálogo si otra empresa quiere absorberle.

Así que tendremos a los Stones y Aerosmith confeccionando discos cuando sus miembros fundadores sean ya sexagenarios. Y, muy posiblemente, también a Kiss, aunque sus ingresos principales procedan de los directos. Para la presente gira, los contables calculan unos ingresos de ciento veinte millones de dólares. Descontando los sueldos a sus compañeros y el porcentaje del manager (ahora limitado a un cinco por ciento) y demás gastos, Simmons y Stanley confían en embolsarse unos treinta millones de dólares por cabeza. Un negocio seguro: Simmons tiene casas en Nueva York y Los Angeles, pero ya está pensando en construirse un rancho en unos terrenitos que posee en Colorado; Stanley reside en Manhattan, pero está construyendo una mansión en Beverly Hills.

Seguramente, sus pensamientos estén volando hacia esas y otras inversiones antes ¿durante? y después de sus acrobacias en directo. Mejor vomitar sangre, escupir fuego y disparar cohetes con la guitarra que terminar en un albergue para vagabundos.

Arriba

Indice