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Cremalleras para las bocas del rock. Diciembre 1997

Los principios del marketing

No es una acusación, sino una constatación: la industria de la música está cada vez más regida por los principios del marketing, algo que se hace especialmente asfixiante en los asuntos de la promoción. Diego A. Manrique cuenta cómo el acceso a las estrellas del rock se parece cada vez más a los sistemas de Hollywood: "la 'star' hablará cuando nos interese a nosotros y dirá lo que nosotros queremos que diga".

Colgué el teléfono y no sabía si estaba más indignado que alucinado. El director de una discográfica multinacional en persona había llamado para A-ME-NA-ZAR-ME. Por primera vez en todos mis años de profesional y por un motivo asombroso: quería que NO publicara un artículo comentando el contenido del próximo disco de su grupo estelar. "¿Qué no quieres que se hable de tu lanzamiento principal para 1997?". No; no se debía hablar del disco hasta la semana anterior a su salida. No importaba que yo hubiera conseguido un adelanto del disco por mis propios contactos londinenses, nada que ver con la sucursal española. Olvídalo: si yo adelantaba de qué iba el disco les fastidiaba el guión de la campaña y "somos buenos amigos de nuestros amigos, pero malos enemigos de quienes se portan mal con nosotros."

Cuando se me pasó el disgusto, reflexioné y comprendí la magnitud de mi "osadía". Los lanzamientos se programan con minuciosidad militar. El plan de promoción es inflexible. El single se estrena en tal cadena de radio tal día. El disco completo, equis días después. La entrevista en profundidad está reservada para el dominical o el suplemento juvenil de tal fecha. En las páginas de Cultura y Espectáculo sólo se puede hablar del disco unos días después de que sus protagonistas hayan salido en colorines. Cualquier artículo previo no programado rompe los esquemas, es delito grave y vas al paredón de quienes no reciben novedades ni entradas ni información.

¿Es broma?

No es una broma, amiguito. La irritación ante alguna crítica negativa ha hecho que determinada multinacional rescinda relaciones, por ejemplo, con el poderoso suplemento "Tentaciones" de "El País". El veto llegaba a situaciones tan absurdas como que la encargada de prensa te entregara una copia de un disco con el ferviente ruego –"no me metas en problemas"– de que no se escribiera sobre tal disco en "Tentaciones". Si no fuera tan delirante, hasta tendría gracia.

Tan pintorescas anécdotas son sólo episodios de una batalla secreta: las discográficas aspiran a convertir a los medios en sus colaboradores, sin más. Cuando yo explicaba al directivo de marras que consideraba que adelantarme con la descripción del disco de su grupo triunfal era una de mis obligaciones periodísticas el tipo aseguraba que estaba dispuesto a que el periodismo no saboteara sus objetivos.

Una perogrullada: en el mundo del disco manda la mercadotecnia. Las compañías pagan cursos intensivos de marketing a sus empleados más musicales para que se imbuyan de esas leyes. Cuando contratan a nuevo personal, cualquiera que lleva un título de experto en marketing tiene todas las ventajas respecto a alguien que sólo sabe de música. No exagero: hay "label manager" de sello internacional que ha reconocido que nunca había comprado un disco (y sigue sin hacerlo). De todos modos, vender música es como vender electrodomésticos, aseguran los chicos listos.

Los mercadotécnicos de la música quieren imponer en la promoción las mismas reglas que imperan en Hollywood. En el cine, todo está calculado para que la información sobre la película se publique o se emita coincidiendo con su estreno. Por contrato, actores y directores están disponibles para conceder entrevistas en las fechas precisas. Las entrevistas están rigurosamente controladas: tiempo escaso, encargada de prensa vigilando para que no se entre en zonas prohibidas y para que la conversación no se desvíe del producto a vender… Sólo los medios más potentes tienen acceso al rodaje o pueden solicitar una entrevista más relajada, informal y reveladora.

Ese es el ideal al que aspira hoy la industria del disco, que incluso ya juguetea con los peores hábitos de Hollywood: la portada garantizada por contrato, el derecho a revisar los textos, la amenaza de retirar las inversiones publicitarias si no bailas a su son (el son de sus prioridades)… El resultado es la degradación de esa institución que es la entrevista persona a persona cuando ésta se concede, ya que también se ha puesto de moda contentar a los medios con una rueda de prensa multitudinaria donde un moderador permite o quita el uso de la palabra en un ambiente de adoración babosa hacia el artista, como pude ver recientemente en la presentación de la "Sinfonía" de Paul McCartney. Los artistas más astutos intentan humanizar ese proceso: David Bowie pide prolongar la entrevista como si estuviera infinitamente feliz de poder dialogar unos minutos más contigo, pero luego, en un descuido, ves que el horario que maneja su encargada de prensa ya lleva programadas esas propinas.

La paradoja

La paradoja es que ha ido subiendo el valor de mercado de las entrevistas con estrellas del rock –ya no son materia exclusiva de revistas musicales– a la vez que ha ido disminuyendo el valor puramente periodístico de esas entrevistas, cada vez más mediatizadas por el control de los aparatos promocionales de las compañías o de los propios artistas. Así, ya resulta habitual que los cancerberos del artista pongan sus exigencias.

¡Otra historia personal! En octubre tuve la oportunidad de entrevistar a Bob Dylan. Era una oportunidad única, ya que nunca había hablado con la prensa española (que yo recuerde), aunque tampoco se trataba de un "tête-à-tête": compartiría la reunión con media docena de representantes de otros tantos diarios europeos, uno por país. Las peticiones previas de Sony Europe eran asombrosas: desde el teléfono de casa del periodista (¡y su móvil!) hasta su biografía profesional, lista de artistas entrevistados, muestras de sus trabajos (incluyendo un artículo traducido al inglés)… Todo bastante absurdo, dado que la "group interview" había sido convocada con tal premura que no había tiempo literal para revisar/rechazar al periodista seleccionado por la filial de cada país y buscar otro plumilla más del gusto de los cortesanos de "S.M." Dylan.

Luego aparecen una rastra de prohibiciones: nada de fotografías informales con el artista, nada de publicar los resultados de la entrevista en otro medio que no fuera el originalmente previsto, la sugerencia de no tratar asuntos de religión, política y familia hasta el final de la conversación… Para reforzar esas reglas, la entrevista se desarrolló bajo la vigilancia de una directiva de Sony Europe y de Larry Jenkins, publicista estadounidense de Bob. Este último también grabó la conversación ("es para mi archivo personal"). Durante un momento, el "intimidador" paró la charla como si fuera el descanso de un encuentro deportivo y se llevó fuera al artista, imagino que para revisar privadamente cómo se había desarrollado la primera parte del "encuentro". A su vez, la "mandamás" de Sony saltaba y nos recriminaba que no nos estábamos centrando en "Time out of mind", su nuevo disco, como si hubiera muchas ocasiones de entrevistar a Dylan sobre "otros asuntos no tan de actualidad".

Afortunadamente, Bob estaba más suelto, más sincero y más libre de lo que hubieran deseado sus guardianes. Habló y dijo cosas que pusieron nerviosos a sus supervisores. Para la próxima vez éstos han maquinado una solución limpia y moderna: entrevistas por Internet (ya se están haciendo). Preguntas y respuestas breves, sin complicaciones, y ni siquiera tienen que molestar al artista: un listillo de su oficina puede suplantarle y nunca te enterarás.

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