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B. B. King. Diciembre 1997

De nuevo en dúos

De B. B. King aparecen discos a puñados. Es raro el año en que no aparezcan recopilatorios sobre su obra, algún concierto inédito o, como en este caso, un álbum oficial con material nuevo. Siempre que se anuncia un próximo lanzamiento de King se espera lo mismo: demasiados años para hacer cosas nuevas. Sin embargo, él se encarga de tapar la boca a todos en cada ocasión. Cuando entra en un estudio o se sube a un escenario, B. B. sigue siendo el rey del blues.

Lo llamativo del caso es que esta acepción, la de rey, ya la tenía desde los años cincuenta. Ahora, cuatro décadas después, aparece en "Deuces wild", un disco en el que toca diecisiete clásicos con algunos de sus compañeros de carretera. La nómina es impresionante, pero, pese a todo, no muestra más que una mínima parte de los artistas que adoran a B. B.: Van Morrison, Eric Clapton, los Rolling Stones, Joe Cocker, Willie Nelson, Zucchero, Paul Carrack, Dionne Warwick, Dr. John, Bonnie Raitt, Tracy Chapman… Y lo mejor de todo es que todos cantan y tocan como se supone que lo harían cuando están al lado del maestro. Este no es un disco de compromiso, ya que todos los artistas que participan en él reconocen su admiración y su deuda hacia B. B. King.

B. B. King abrió dieciocho conciertos para los Stones en la gira que éstos realizaron por Estados Unidos en 1969. Según ha pasado el tiempo, el maestro ha seguido en su pedestal: treinta años después era el invitado especial de la gira de U2 que llegó a Australia, Japón, Francia, Alemania o Irlanda. Incluso participaba con ellos en el "When love comes to town" del álbum "Rattle and hum". Hablando de otro artista se podría pensar que la actitud de Bono y los suyos no era más que una muestra de respeto a los mayores, pero en este caso era mucho más: U2 y el propio King estuvieron nominados al Grammy por esa canción en el apartado de mejor colaboración vocal de rock. Para U2 podía ser algo importante, pero B. B. tenía otra nominación en el apartado de blues contemporáneo por "King of the blues". Para él solamente era una más, algo pintoresco. Por otro lado, ni Bono ni nadie de U2 participa en "Deuces wild": son uno más de los grupos que se ha tenido que quedar fuera.

Riley B. King nació en una plantación de Itta Bena, en la ciudad de Indianola, al lado del delta del Mississippi. Era el 16 de septiembre de 1925 y nadie pensó que había nacido un rey. En el 47 tomó la determinación más importante de su vida: cogió su guitarra y, con algo menos de tres dólares en el bolsillo, se largó a Memphis para que su primo Bukka White le enseñara el arte del blues. Su talento fue apreciado enseguida y pronto empezarían a nacer leyendas a su alrededor.

Una de ellas es su cambio de nombre. Riley comenzó su carrera tocando en la radio junto a Sonny Boy Williamson en 1948, pero no tardó nada en tener su propio espacio patrocinado; además, los oyentes querían cada vez más y más tiempo de ese llamado

Beale Street Blues Boy. Con éstas, a los responsable de la KWEM no se les ocurrió otra cosa que bautizar al muchachito como Blues Boy King, lo que no tardó en convertirse en B. B. King. La "B" que King tiene en su nombre de pila no es ninguna abreviatura de nada. Los americanos son muy dados a bautizar a sus hijos con letras.

Otra leyenda que siempre va con B. B. es Lucille, su guitarra. Lo cierto es que King no tiene una guitarra llamada Lucille, sino que a todas sus guitarras las llama así. A mediados de los cincuenta, el rey estaba tocando en Arkansas y una pelea durante el concierto derivó en un incendio. Cuando King salió del local, se dio cuenta de que había dejado su guitarra de treinta dólares dentro del club y, ni corto ni perezoso, volvió a por ella sin darse cuenta de que se jugaba la vida. Cuando consiguió recuperarla y volvió a la calle medio ahogado, le atendió una mujer llamada Lucille. Desde aquel momento, la guitarra de B. B. pasó a llamarse siempre así.

Legendarias son también las anécdotas que cuentan cómo escuchó por primera vez una guitarra eléctrica fuera de una iglesia mientras cumplía el servicio militar oyendo a T-Bone Walker en la radio. O aquella no menos curiosa y comprobable en la que se afirma que B. B. llegó a dar 342 conciertos en el año 1956.

"El blues es lo que sé hacer mejor "–decía en el 69–". Si Frank Sinatra puede ser el mejor en su terreno, Nat King Cole en el suyo o Bach y Beethoven en el suyo, ¿por qué no puedo ser grande y conocido por lo mío, por el blues?" Decir hoy que King es "conocido" es una tontería. Eric Clapton, Mike Bloomfield, Albert Collins, Buddy Guy, Freddie King, Jimi Hendrix, Otis Rush, Johnny Winter, Albert King y otro montón de guitarristas le han reconocido como su mayor influencia; ha ganado siete Grammies en cuatro categorías distintas y es una institución dentro de la vida americana. Sus actuaciones benéficas son tan trascendentes que en 1970 el Departamento de Estado estadounidense patrocinó su gira por Africa. Hoy en día, King está en todos los Halls of fame del blues y en un buen montón de los de rock.

Un disco de B. B. King no es nuevo, ya que ha grabado más de cincuenta. Un disco de dúos tampoco, ya que lo realizó anteriormente con "Blues summit" en el 93 y se llevó un Grammy. Independientemente de eso, "Deuces wild" es un nuevo y maravilloso trabajo en el que la guitarra del rey hace pareja con algunos de los músicos más trascendentes de los últimos treinta años. Canta poco ("Aprendí a cantar tocando a Lucille", dice con frecuencia) y deja que sean los invitados quienes den la réplica a su compañera. El disco es una verdadera belleza, algo que, como siempre, vuelve a callar la boca a quien no esperaba nada del septuagenario rey del blues.

E.P.

B. B. King. "Deuces wild". MCA 11722

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