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Alan Jackson. Marzo 1997 Uno de los magnates del country El country es de esas músicas que, en España, gusta a todo el mundo, aunque nadie compre discos. Ello hace que los artistas más representativos del género sean aquí unos desconocidos excepto para los más acérrimos aficionados. Nombrar en Estados Unidos a Alan Jackson es como nombrar aquí a Miguel Bosé. Jackson es una de las máximas figuras del género, ya que lo tiene todo para triunfar. Si el country es la música tradicional estadounidense, Jackson es la viva imagen del American way of life. Este no es de los artistas que nació con una guitarra debajo del brazo. Ni siquiera es de los que gozaron con la música desde críos jugando a montar un grupo en el garaje de sus padres. Alan Jackson no fue a un concierto de country hasta que había cumplido los veinte años. En aquellos días de 1978, Jackson fue con su chica a la gala que los Kendalls daban en su ciudad natal, Newman, una pequeña villa de Georgia de la que este hombre no había salido nunca. Se ganaba la vida de la manera más típica: vendiendo coches usados, pintando, vendiendo zapatos o aderezando hamburguesas en una barbacoa. Un día le dio el punto y decidió probar en esto de la música. Al fin y al cabo no debía ser tan difícil. Sin pensárselo dos veces, se largó a Nashville con Denise, que ya se había convertido en su mujer, y allí conoció lo difícil que era entrar en este negocio: cuando salió del hotel vio que en Nashville todo el mundo quiere ser cantante country y aspirar a que te reciban en una compañía es hacer colas de horas y horas. Mientras recibía palos de mil y una maneras, se ganaba la vida como cartero confiando en que, algún día, alguien se fijara en él. La oportunidad llegó de la manera más tonta. Arista decidió montar un departamento de country en la compañía y se puso a buscar nuevos talentos. Jackson tenía uno importantísimo: era un bombón que hacía suspirar a cada chica con la que conversaba. En Estados Unidos son pocos los artistas que triunfan por el físico, pero, cuando se cogen varios artistas de golpe, no se puede despreciar una cara guapa. Además, aunque triunfan pocos, el que llega... se pone las botas. Y eso fue lo que sucedió con Alan Jackson. Cuando grabó Here in the real world y comenzó la promoción del disco los ejecutivos de otras compañías que le habían despreciado decían eso tan manido de "un éxito y nada más". La cuestión es que este rubio por el que suspiran los publicistas de Winston tiene, a sus treinta y nueve años, veinticinco millones de discos vendidos y cincuenta y cinco premios de la industria musical americana. Le hicieron miembro del Grand Ole Opry (es la sala de conciertos más famosa de Nashville y una especie de Hall of fame para la música country) en 1991 y, desde entonces, se ha convertido en uno de los nombres de oro del country junto a Reba McEntire y Garth Brooks. El año pasado apareció su primer volumen de Grandes éxitos y ahora vuelve con Everything I love, una gran oportunidad para comprobar que, aunque tenga una cara guapa, Jackson es también un intérprete de gran categoría. E.P. Alan Jackson. Everything I love. Arista 782218813
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